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Hace justo un año, más o menos por estas fechas, fui a mi dentista habitual para tratar un dolor en una muela cordal. Bastó un rápido diagnóstico con imágenes radiográficas para identificar una caries común, pero ubicada en un punto de imposible reparación con instrumental externo. Así que la doctora anunció su conclusión inapelable: había que extraer la pieza sin más demora. No esperé a otra visita, y estirado en la silla reclinable me sometí al tratamiento ágil, indoloro y limpio.
Por deformación profesional pongo siempre mucha atención al nombre de las cosas. Nunca suele ser inocente el uso de las palabras, y siempre hay un porqué etimológico sobre su origen que incluso puede ser a veces divertido. En la actual coyuntura política recordé mis minutos de atención en la consulta odontológica cuando escuchaba y leía el operativo norteamericano sobre Caracas, centrado en apresar a Nicolás Maduro y llevarlo ante un tribunal en Estados Unidos. Resulta que una extracción también puede aplicarse a un cuerpo entero, y no solo a una de sus partes. Quizá “secuestro” o “rapto” resultan demasiado duros para estos eventos, así que se puede extraer a un presidente de su residencia como quien extrae una muela, limpiamente y con el mínimo dolor dadas las circunstancias.
Entre los distintos escenarios posibles para Venezuela en este cambio de año, este era sin duda el más verosímil, tomando en cuenta el número de tropas instalado en las costas caribeñas, las amenazas nada veladas de Donald Trump hacia Maduro y un contexto internacional proclive al uso de la fuerza sin avales de Naciones Unidas. Nada hacía presagiar invasiones terrestres ni guerras abiertas, pues la opinión pública norteamericana no aceptaría incursiones costosas en dinero y en vidas, y tampoco era ya tolerable la inacción o el regreso de los soldados a su país sin ningún objetivo conquistado. El asalto era cuestión de tiempo.
Atendiendo a los criterios puramente militares, la operación ha sido un éxito rotundo: bastaron unos limitados bombardeos y un asalto a la casa donde dormía el presidente (ilegítimo desde su última derrota electoral, no lo olvidemos) para “extraerlo” y someterlo a la justicia. Pero a partir de aquí se abre todo el espectro de preguntas y dudas que genera un hecho de inusitadas proporciones, que afecta al futuro de un país, de una región latinoamericana muy influida por su devenir desde la irrupción de Hugo Chávez y de un mundo cada vez más propenso a las decisiones unilaterales de las potencias dominantes y de su voluntad de establecer áreas de influencia bajo su propio control.
Dicho esto, que es lo que cualquier analista con criterio expondría, me atrevo a ir un poco más allá e intentar esclarecer el guion de esta secuencia en base a las declaraciones oídas en las horas posteriores. Lo primero que sorprendió a muchos fue el desprecio expresado por Trump hacia María Corina Machado, e indirectamente hacia Edmundo González, a la hora de tener algún papel en la transición que se abre ahora. Aun habiendo ganado las últimas elecciones, esta displicencia indica dos cosas: el deseo de evitar una acción ciudadana liderada por la oposición que no controlaría Estados Unidos, y la prueba de que ha habido algún tipo negociación previa entre ambos países para establecer una hoja de ruta ordenada sin Maduro.
La gestión del caos es siempre el peor marco para cualquier dirigente y para los intereses económicos de las élites, léase en este caso para las empresas petrolíferas. Lo vimos en 2018 en Managua: los llamados desde un sector opositor a bajar el gas de las protestas para, supuestamente, facilitar unas negociaciones con el régimen, implicaban también la desbandada y desmovilización de las bases que ejercían su poder desde la protesta callejera, cortando todos los flujos comerciales del país con los famosos tranques. ¿Alguien cree que después de gastar miles de millones de dólares en un operativo militar no se va a tener un plan para comandar el día después? Lo que menos interesa al ejecutor y tesorero es un levantamiento popular de indefinido desenlace, un conflicto interno de peor pronóstico o incluso una guerra civil entre bandos hasta ahora irreconciliables.
Tampoco habría que desdeñar, aunque parezca anecdótico, algo que con el paso de los días se ha hecho más relevante. Un personaje como Trump, tan interesado en su propio ego y en los efectos mediáticos de sus palabras y actos, mantiene un pulso soterrado de prestigio con la líder venezolana por los efectos y los destellos del Premio Nobel de la Paz. Las facilidades ofrecidas a Machado para salir de Venezuela a recoger el galardón en Oslo, vistas ahora con perspectiva, implican también la sospecha de que no solo le hacían un favor, sino que dejaban el camino despejado para que no hubiera interferencias internas ante el inminente ataque.
Las declaraciones de la vicepresidenta Delcy Rodríguez han pasado del discurso inflamado del primer día, destinado al consumo de su militancia, a “extender la invitación al gobierno de Estados Unidos a trabajar conjuntamente en una agenda de cooperación” apenas 48 horas después. Estos milagros solo se manifiestan cuando se ha preparado el terreno con mucha anticipación. No excluyo que un misil apuntando sobre tu cabeza también es una buena razón para cambiar de opinión, pero el consentimiento de todo el staff político y militar ante estas palabras evidencian un acuerdo al máximo nivel para salvar el pellejo y aceptar por ahora un madurismo liviano sin Maduro.
De hecho, el ya expresidente ha pasado de libertador bolivariano a pelele prescindible en lo que tarda el sol en salir. Para Trump, que sigue con sus fijaciones personalistas y un punto volátiles según soplen los vientos de su maltrecha base electoral, era su pieza de caza mayor. Ya una vez con la codiciada presa en su poder, se pone en marcha el plan de transición gatopardiana: que todo cambie para que todo siga igual. De todos modos, el futuro que les espera a unos y a otros no es nada halagüeño: el partido republicano perderá las elecciones de medio término en noviembre, y Venezuela, tarde o temprano, se verá abocada a un proceso electoral en el que podrá competir el movimiento de María Corina Machado, cuya popularidad es bastante más alta de la que le otorga el celoso Trump. No es posible hablar seriamente de transición sin unos comicios que reemplacen el fraude de 2024, si es que acaso se ha dado por amortizado a Edmundo González.
El gran problema ante los guiones bien elaborados son los flecos o puntos débiles que no siempre se pueden prever. De entrada, no es posible todavía asegurar si en las filas chavistas puede haber una escisión ante el menosprecio evidente hacia su líder, a quien han aprendido a agasajar hasta lo indecible y al que ahora deberán olvidar, redirigiendo sus halagos hacia la menos efusiva Delcy. Las calles, llamativamente vacías de los supuestos ejércitos populares armados en defensa de la revolución, también pueden ser un termómetro de hasta qué punto se acatará un control de la crisis y del petróleo por parte del eterno enemigo imperialista. Cuando te dedicas durante años a martillear consignas y frases huecas para capturar la lealtad de tus adeptos, el cambio brusco de mensaje no siempre puede ser bien acogido.
Esta y no otra es precisamente la mejor enseñanza para Nicaragua. No hay que hacer caso a estas alturas de los sueños húmedos de quienes suspiran por otra extracción similar en El Carmen. Hay que evitar a toda costa que la lacra del irrespeto por el derecho internacional permee en nuestros pensamientos. En cambio, es muy oportuno establecer similitudes entre los liderazgos de ambos países y patentizar cuál es el final que les espera a los tiranos. El ejemplo de Maduro es sintomático del terreno resbaladizo que pisan: su aura de intocables se desvanece en cuanto los intereses de sus fieles lamebotas se pone en entredicho. Han preferido dejar caer a su líder supremo antes de que la ola de rabia les alcance a ellos.
También es cierto que la negociación con amenazas da frutos más rápidos, y lo sabe bien Trump. Pero Nicaragua no duerme sobre ninguna bolsa de petróleo, y más allá de sus playas de cierto interés inmobiliario no hay un factor que mueva el mapa internacional a su favor. Pero igualmente hay que contar con la posibilidad de ofrecer contrapartidas razonables a quienes favorezcan un cambio de régimen, que pasaría por el descabezamiento de la pareja Ortega-Murillo y la salvación de parte de su entorno. ¿Orteguismo sin Ortega? No necesariamente: con pocos intereses externos, toda negociación pasará por algunas claves como el mantenimiento de bienes y cierta inmunidad personal para quienes ejerzan de bisagra entre regímenes, pero la condición de unas elecciones libres es imprescindible para certificar un cambio real y profundo a medio plazo.
Sé que el pragmatismo no vende tanto como la fogosa agitación que clama por soluciones radicales, pero en este mundo que estamos construyendo habrá que aprender a usar todos los resortes si se trata de pensar en salir de una dictadura. Hasta que no se entienda que el juego de utilidades y ganancias puede abrir opciones de futuro, el inmovilismo seguirá campando en Nicaragua, porque sigue siendo la opción más cómoda para sus protagonistas. No lo es, claro, para los cientos de miles de exiliados, las decenas de presos políticos y las víctimas de todo tipo que han sufrido la persecución del régimen. Quizá la nueva coyuntura venezolana nos ayude a entender un poco más cómo funciona el poder en nuestro recio presente, o nos arriesgamos a seguir sufriendo esta pesadilla como si fuera un inacabable y punzante dolor de muelas sin ninguna posibilidad de extracción.
El autor es cooperante español en Centroamérica.