La voz suprema de Nicaragua

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El poder en Nicaragua tiene voz de mujer, Rosario Murillo, es un poder absoluto, total y envolvente. Nada ni nadie está por encima de esa voz aceitosa, nada. Los poderes del Estado le obedecen desde el pánico y el horror. El ejército y la Policía, desde el servilismo y la adulación, se extienden como alfombras ante su presencia. Nada escapa a su poder, ni la Iglesia y ni siquiera el soberano que es el pueblo. Daniel Ortega, más que marido, es un socio político que, ante su decrepitud, con impotencia ha visto cómo esa voz poderosa le ha arrebatado el poder limitándole únicamente a ejercer el papel de un tótem que oscila entre lo grotesco y lo ridículo y que, únicamente sale al público si la voz, toda poderosa, lo estima pertinente o conveniente a sus intereses.

Rosario Murillo, la voz suprema, está por encima de Dios pues cuando una orden se ejecuta desde el absolutismo se vuelve destino. Murillo es presencia total. Omnipresente. Está en la mañana “victoriosa”, en la tarde “bendecida”, en la noche “llena de luz”. Su palabra ocupa el espacio público como una niebla espesa donde ya no se distingue el contorno de las cosas. No hay silencio posible, porque el silencio permite pensar. Y pensar, en los regímenes absolutos, es una forma de traición.

Como toda figura de poder total, Murillo entiende que quien nombra, crea. Por eso su discurso no describe la realidad: la sustituye. La pobreza se convierte en “dificultad pasajera”, la represión en “defensa del amor”, la muerte en “tránsito luminoso”. El país real —herido, exiliado, temeroso— queda relegado a la penumbra, mientras el país narrado sonríe bajo una luz artificial.

Pero el rasgo más inquietante de su dominio no es solo la omnipresencia, sino la apropiación moral del bien. Murillo habla como madre simbólica de la nación, como intermediaria entre lo divino y lo político. Así, la obediencia deja de ser cívica y se vuelve moral; disentir no es solo un error político, sino un pecado. El poder ya no castiga solo con cárceles, sino con culpa.

En esta dimensión, Murillo dialoga con otras mujeres que encarnaron el poder absoluto desde registros distintos. Eva Perón gobernó desde el afecto: su voz era caricia y mandato, amor y ley. Indira Gandhi convirtió el Estado en una extensión de su voluntad, suspendiendo la democracia en nombre del orden. Catalina de Medici ejerció el poder desde la sombra, entendiendo que gobernar no siempre es mostrarse, sino decidir.

Rosario Murillo reúne y radicaliza estos modelos: habla como Evita, concentra como Indira y controla como Catalina, pero añade una capa nueva: la estetización del poder. Colores, símbolos, rituales, árboles luminosos. El poder se vuelve decorado. La violencia se cubre de ornamento para no resultar obscena. No se elimina el dolor: se lo maquilla.

Hay en Murillo un eco de las grandes figuras trágicas: aquellas que, al confundirse con el destino de una nación, dejan de ver a los individuos. No habla a los ciudadanos: habla por ellos. Les arrebata la voz para devolverla transformada, corregida, obediente. En ese gesto se consuma la omnipotencia.

Rosario Murillo no es solo una mujer poderosa. Es el relato mismo del poder. Una voz que todo lo nombra, todo lo justifica y todo lo ocupa. Y como en toda tragedia donde el poder se vuelve absoluto, la pregunta no es cuánto tiempo durará la voz, sino cuánto silencio ha dejado detrás. 

Entre la voz suprema y la libertad de un pueblo hay una mujer de distancia que nunca será eterna.

El autor es nicaragüense exiliado en España.

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