¿Por qué tanta hostilidad contra Cristo?

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Apenas el 25 de diciembre celebrábamos alegre la venida de Jesús a la Tierra, y ayer, 28, recordábamos la masacre de los inocentes. Alegría y dolor. Gloria y cruz. Ha sido una constante en la historia de la cristiandad. Para recordárnoslo el ritual católico conmemoraba antier la muerte a pedradas del primer mártir, Esteban.

La cristiandad nace con la sangre de los inocentes y del redentor. Una de sus constantes han sido las persecuciones. Abiertas a veces; como en el caso del Imperio Romano, los musulmanes siglos más tarde, los liberales con la revolución francesa, los comunistas a partir del siglo XX. Otras veces, y más recientemente, ha sufrido persecuciones solapadas, como los mil prejuicios anticristianos modernos, e innumerables y sutiles formas de discriminación.

Esta realidad es causa de perplejidad. Uno podría preguntarse por qué un hombre manso como Jesús, que predicó incesantemente amor y perdón, absolutamente pacífico, y que incluso admitió la legitimidad de dar lo que correspondía al César, fuera condenado a una muerte terrible por una multitud enfurecida puesta a escoger entre Él y un criminal. Igual podría preguntarse por qué esa pequeña secta de sus seguidores, respetuosos de las autoridades y con el mismo mensaje de paz y amor, encontrara desde su arranque la hostilidad letal de los judíos y luego las sangrientas persecuciones ya conocidas.

Pueden considerarse dos explicaciones para entender el fenómeno; una sociológica y otra espiritual. Herodes puede servir de punto de partida: él sabía que entre los judíos había la expectación de un mesías que vendría a gobernar el pueblo de Israel. Al sospechar que el niño nacido en Belén podría ser ese, se llenó del miedo típico de los déspotas que tiemblan antes quienes piensan que pueden amenazar su poder. O sea, había detrás de él una motivación política.

Igual que Herodes, los emperadores romanos, al igual que los césares o jefes absolutos de todos los tiempos, han compartido ese celo obsesivo contra todo aquello que no se arrodille ante ellos. Más aún cuando se trata de déspotas alimentados por un narcisismo rayano en el endiosamiento, o de regímenes políticos, como los totalitarios, alimentados por ideologías que crean vanguardias con complejo de mesías salvadores. No es extraño, por tanto, que exijan que todo debe subordinarse a ellos, incluyendo hasta los sentimientos y los afectos. El cristianismo, al poner la soberanía de Dios por delante de toda autoridad, y demandar de sus seguidores el amor y servicio a Cristo por encima de toda otra lealtad, ha sido visto como un rival intolerable.

Pero al lado de las motivaciones políticas los enemigos del cristianismo han mostrado, frecuentemente, furias y violencias cuya virulencia desafía las explicaciones meramente sociológicas. En la primera persecución, la de Herodes, fue manifiesta una crueldad o ensañamiento desproporcionado: matar a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores. Debió de ser macabro el espectáculo de sus soldados degollando docenas de criaturas ante los gritos desgarradores de sus madres.

Otros ejemplos contemporáneos abundan. Charles Dickens, hablando de la Revolución Francesa en su libro Historia de dos ciudades, describe como en las turbas anti religiosas —causantes de la muerte de innumerables clérigos— muchas mujeres, desenfrenadas por la pasión, exhibían convulsiones y gritos típicos de las posesas. Al estallar la guerra civil española en 1936 los comunistas quemaban todos los templos católicos, ametrallaban las imágenes, y mataban sin juicio ni preámbulo a cuanto sacerdote, monja o seminarista, que encontraban a su paso. Más recientemente, en el estallido social de Chile de 2019, grupos de manifestantes se dieron a la tarea de incendiar iglesias y capillas y destruir a golpes crucifijos e imágenes en las calles.

Quienes así actúan racionalizarán siempre sus acciones atribuyéndolas a la injusticia o maldad de sus adversarios. Iguales explicaciones sociopolíticas darán quienes no creen en la existencia de fuerzas espirituales invisibles. El creyente, sin embargo, sabe que están allí; que son legiones jefeadas por satanás; el principal odiador de Cristo y padre de las mentiras. Él sopla en el oído de los perseguidores todo tipo de acusaciones contra los cristianos, y para el resto usa su mejor estrategia: convencer al mundo que él no existe.

El autor es sociólogo y exministro de Educación.

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