¿Odian a Dios los gobernantes?

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Un gobierno, o cualquier autoridad, prohíbe lo que considera perjudicial, impropio o inmoral. Se prohíben las drogas, por ejemplo, porque se consideran dañinas para la salud. Detrás de toda prohibición hay una declaración, expresa o implícita, de que lo prohibido es de alguna forma malo. Uno no prohíbe lo que ve con simpatía o considera bueno. Los gobernantes de Nicaragua, al prohibir la introducción de Biblias, han hecho una declaración clara de su filosofía o creencias: la consideran mala, negativa, un libro contrario al bien común, y, por tanto, digno de ser rechazado y alejado de las manos de los hombres.

Las implicaciones de esta prohibición son tremendas. Porque, ¿qué es la Biblia? Para los creyentes es nada menos la palabra de Dios; un conjunto de libros inspirados por el Espíritu Santo, coronado por el Nuevo Testamento, es decir, la vida y enseñanzas de Cristo, del Dios hecho hombre. Prohibirla es, por tanto, un signo inequívoco de desdén, o incluso de hostilidad, hacia Dios mismo y hacia Cristo.

Para los ateos y los no cristianos la Biblia no es de inspiración divina, pero están lejos de considerarla una obra que fomente el egoísmo, los vicios o la inmoralidad. Todo lo contrario. Difícilmente podrá encontrarse quien dude de su valor didáctico; de la profundidad, humanidad y moralidad de sus enseñanzas. la inmensa mayoría la reconocen como una de las obras maestras de la sabiduría humana. No hay libro en la literatura universal que pueda comparársele. Suele más bien considerársela como un verdadero patrimonio de la humanidad.

Dentro de la Biblia el Nuevo Testamento, en particular, brilla como la obra más sublime en favor de la paz, la reconciliación y el amor incondicional entre los hombres. Nada la puede superar en humanidad. Ni el Corán, tan plagado de llamados a la violencia, ni obra religiosa alguna. Muchos menos, digamos, obras como El Capital, de Marx o de cualquier hombre. Infinidad de hombres y mujeres, de sociedades y naciones, han visto cambiar sus vidas gracias a las enseñanzas de este libro maravilloso. Su influencia civilizó y humanizó al mundo antiguo, y sus enseñanzas han sido los cimientos de la ética occidental hasta nuestros días.

Prohibir la Biblia es por tanto desconcertante. Peor, es sumamente alarmante por cuando revela intenciones y sentimientos muy oscuros de los gobernantes. Porque no es totalmente cierto, como tantas veces se ha sugerido, que su hostilidad a la Iglesia católica y a otras denominaciones sea producto de su cólera ante la defensa que muchos clérigos hicieron de la población levantada en masa en 2018. Es cierto que aquel hecho los irritó, pero no explica, ni mucho menos, lo ancho, hondo e indiscriminado, de su persecución.

Porque el blanco de sus ataques no fueron solamente sacerdotes o seminaristas católicos, sino también congregaciones protestantes que nunca había manifestado la más mínima oposición al gobierno, como fue el caso de los pastores asociados al ministerio Puerta de la Montaña. Igualmente fueron producto de su saña centenares de oenegés totalmente apolíticas, tanto católicas como protestantes, que hacían una gran labor de caridad. Su hostilidad fue tal que no repararon en que cerrándolas y robándoles sus bienes privaban a millares de ciudadanos humildes de sus desinteresados servicios. Similar ensañamiento —expulsiones y confiscaciones— mostró la dictadura contra congregaciones religiosas de monjas, como las Hermanas de la Caridad de Madre Teresa de Calcuta, las clarisas y otras órdenes contemplativas. ¿Acaso estas monjitas atentaban contra la paz o el Estado?

La prohibición de la Biblia es sólo el caso más reciente de toda una escalada de agresiones antirreligiosas que obligan a una conclusión inescapable: que, en el fondo, y en contradicción con las alusiones religiosas con que quieren tapizar sus discursos, lo que la pareja quisiera es prohibir el cristianismo en Nicaragua. Y no tanto porque les sea políticamente conveniente —porque en realidad hacerlo les perjudica— sino porque en los recovecos de su corazón lo odian. La razón es espiritual. Invisible pero real. ¿Habrá detrás de ello olor de azufre?

El autor es sociólogo, exministro de Educación.

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