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Cerca de cuatro meses lleva el presidente Trump metido en su propio laberinto en Venezuela, sin que al parecer tenga todavía una idea clara de cómo salir de él. El régimen de Maduro sigue ahí, y si Trump no lo tumba saldrá aún más fortalecido. El voluntarismo, la impulsividad y, sobre todo, la falta de estrategia, se hacen otra vez evidentes en el accionar internacional de Trump. Su objetivo de sacar al tirano y criminal Maduro del poder es loable, pero su forma de hacerlo es demasiado confusa.
En un principio la administración Trump creyó que con elevar a 50 millones de dólares la recompensa por la captura y entrega de Maduro, señalarlo como cabecilla del Cártel de los Soles, cómplice del Tren de Aragua, calificar a estos grupos de narcotraficantes como organizaciones terroristas, mientras ubicaba una enorme fuerza militar cerca de las costas de Venezuela con reiteradas amenazas de usarla si Maduro no se iba, todo esto sería suficiente para provocar una rebelión militar interna que produjera la caída del régimen chavista y la salida de Maduro del poder. Vana ilusión.
La docena de lanchas sospechosas de narcotráfico y sus decenas de tripulantes muertos en operaciones de la fuerza estadounidense desplegada frente al litoral venezolano no han afectado ni afectarán la existencia de la tiranía de Maduro. La amenaza de realizar operaciones secretas de la CIA dentro de Venezuela o el cierre de su espacio aéreo puede poner nerviosos a los tiranos, pero tampoco los tumba.
Los sondeos señalan que la mayoría de los norteamericanos no están de acuerdo con una intervención militar en Venezuela.
Trump no puede devolver a sus bases la portentosa fuerza militar que ha desplegado frente a Venezuela, sin antes haber acabado con la tiranía chavista, narcotraficante y criminal. Quedaría muy desprestigiado. Pero sus frenos internos para utilizar de manera decidida y eficaz la fuerza armada son enormes. En sus tres campañas electorales Trump ha prometido a sus electores retirar a EE. UU. de todas las guerras, en cualquier parte del mundo. Asimismo, ha prometido no iniciar ninguna nueva guerra. En adición, aspira fervientemente al premio Nobel de Paz. Por si fuera poco, los sondeos señalan que la mayoría de los norteamericanos no están de acuerdo con una intervención militar en Venezuela. Y, además, la popularidad interna de Trump va en declive, como lo demuestran los graves fracasos republicanos en las recientes elecciones, que podrían ser un temible anticipo de una posible debacle en las elecciones del año entrante, cuando podrían perder sus cómodas mayorías en el Congreso.
Todo esto, obviamente, lo habrá valorado la dirigencia chavista, así como sus influyentes asesores cubanos, iraníes, rusos y chinos. Por eso su decisión parece ser aguantar y aguantar, y no comer cuento de las amenazas incumplidas de Trump, conscientes de que el tiempo político corre a su favor.
A todas estas, es increíble que solo cuatro meses después, los norteamericanos se hayan dado cuenta de que la captura de buques petroleros “fantasma” y su valiosa carga, eso sí podría debilitar definitiva y gravemente a la dictadura venezolana –—y, de paso, a la cubana—, y obligarla a dejar el poder. Pero tendrían que capturar al menos un buque diariamente, porque si lo hacen solamente cada mes, eso no serviría de nada.
Mientras tanto, las opciones militares son sabidas y están servidas sobre la mesa: operación comando sorpresa de sustracción de la cúpula chavista; bombardeos quirúrgicos contra los centros de comando y control de esa cúpula; o una intervención terrestre masiva, que sería la más costosa e indeseable. La justificación no es solo la seguridad nacional de E. UU: También es “la responsabilidad de proteger” —consagrada por las Naciones Unidas— a millones de venezolanos que en su tierra son víctimas de una tiranía criminal, cleptocrática y narcotraficante que les viola sistemática y masivamente sus derechos humanos, y a otros millones de venezolanos que han tenido que salir de su país huyendo de la miseria y de la tiranía, pero que anhelan regresar a reencontrarse con los suyos. La decisión es de Trump, el indeciso.
El autor es escritor y analista político colombiano. Fue embajador de Colombia en Nicaragua.
Este artículo fue publicado originalmente en el diario El Tiempo, de Bogotá, Colombia.