La gran apuesta por el agua de Eurasia

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Durante décadas, la idea de redirigir una pequeña parte de los vastos recursos de agua dulce de Siberia hacia Asia Central se ha considerado una reliquia de la ambición soviética. Sin embargo, recientemente, la propuesta ha cobrado renovado interés, ya que las realidades subyacentes han cambiado: la crisis hídrica de Asia Central se está volviendo rápidamente existencial, mientras que el excedente hídrico de Rusia ha aumentado hasta tal punto que ahora plantea sus propios riesgos ambientales.

La convergencia de las crisis climática, económica y geopolítica, junto con los recientes avances tecnológicos, ha transformado esta propuesta, antes impracticable, en una prioridad política urgente. La División de Ciencias de la Tierra de la Academia Rusa de Ciencias anunció recientemente planes para evaluar la viabilidad de redirigir entre el 1 por ciento y el 2 por ciento del caudal anual del río Obi hacia Asia Central.

Esta cifra es deliberadamente modesta. Los ríos siberianos vierten aproximadamente 3,000 kilómetros cúbicos (792 billones de galones) de agua dulce en el océano Ártico, y la desviación propuesta (entre 20 y 70 kilómetros cúbicos) prácticamente no tendría ningún impacto en las vastas reservas de agua de Rusia. Sin embargo, para países como Kazajistán y Uzbekistán, podría ser transformadora.

La justificación científica de un proyecto de este tipo es sencilla. El cambio climático ha incrementado de forma constante la escorrentía de los ríos siberianos en aproximadamente seis kilómetros cúbicos al año, acelerando así el deshielo del Ártico, la erosión costera y el descongelamiento del permafrost. En consecuencia, Rusia se encuentra en una situación paradójica: una sobreabundancia de agua en el norte, mientras que sus regiones meridionales, en particular la cuenca del Volga, se están volviendo cada vez más secas.

Mientras tanto, Asia Central se acerca a un punto de inflexión ecológica. Los glaciares de las cordilleras de Pamir y Tian Shan, responsables de hasta el 80 por ciento del caudal fluvial de la región, se están derritiendo a un ritmo sin precedentes. Para 2050, el agua de deshielo glaciar podría disminuir entre un 30 por ciento y un 40 por ciento, lo que afectaría la agricultura, la generación de energía hidroeléctrica y el suministro de agua potable.

Uzbekistán ya pierde anualmente un 1,5 por ciento de su PIB debido a la escasez de agua, y el sector agrícola de Kazajistán se enfrenta a pérdidas crecientes como consecuencia de la sequía y la degradación del suelo. Más de diez millones de hectáreas de tierras de cultivo irrigadas en toda la región dependen en gran medida de ríos que se han vuelto cada vez más impredecibles.

El problema se ve agravado por el crecimiento demográfico, que se espera que incremente significativamente la demanda de electricidad para 2030. Sin soluciones estructurales a la creciente crisis del agua, la inestabilidad económica y política no es un riesgo hipotético: es una inevitabilidad estadística.

Los científicos rusos argumentan ahora que los obstáculos técnicos que condenaron al fracaso propuestas soviéticas similares en las décadas de 1970 y 1980 ya no existen. En lugar de enormes canales abiertos propensos a la evaporación, la salinización y la contaminación, los planes actuales prevén tuberías de presión de circuito cerrado hechas de polietileno de alto diámetro o materiales compuestos.

Estos sistemas podrían limitar la pérdida de agua a aproximadamente un 3 por ciento y mitigar los riesgos ambientales. En su fase inicial, una red de siete tuberías, cada una de aproximadamente 2,100 kilómetros (1,305 millas) de longitud, podría transportar hasta 5,500 millones de metros cúbicos de agua al año. Si se amplía, el sistema podría transportar entre 15,000 y 20,000 millones de metros cúbicos al año, lo que representa menos del 1.6 por ciento del caudal total del río Obi.

Los precedentes globales demuestran que los megaacueductos, aunque costosos, son totalmente viables. El Gran Río Artificial de Libia, por ejemplo, transporta 6.5 millones de metros cúbicos al día en condiciones desérticas extremas. Los acueductos de California transportan más de 2,500 millones de litros al día a través de cordilleras que requieren un bombeo continuo, mientras que Arabia Saudita utiliza tuberías de larga distancia para abastecer a ciudades del interior ubicadas a cientos de kilómetros del Golfo. Estos sistemas tuvieron que superar no solo importantes desafíos de ingeniería, sino también enormes necesidades energéticas, que Rusia y los países de Asia Central también tendrán que afrontar.

Sin duda, los costos financieros serán sustanciales. Las primeras estimaciones sitúan los costos de capital del proyecto en 100,000 millones de dólares, aunque las limitaciones geopolíticas, los desafíos de construcción y los requisitos de materiales podrían elevar considerablemente el precio final. Se espera que los costos operativos anuales asciendan a entre 700 y 1,500 millones de dólares, impulsados principalmente por la electricidad necesaria para abastecer a docenas de estaciones de bombeo.

Con tarifas para el usuario final de entre 0.30 y 1 dólar por metro cúbico, el proyecto podría recuperar sus costos en 35 años, un plazo largo para los estándares del sector privado, pero razonable para un activo estratégico intergeneracional que atiende a más de 70 millones de personas. Aun así, movilizar el capital necesario requerirá una combinación de compromisos soberanos, préstamos de bancos de desarrollo, financiación para la transición climática y, posiblemente, la creación de un mecanismo de financiación euroasiático específico.

Dada la diversidad geográfica de Asia Central, asegurar una fuente de energía estable mejoraría significativamente la viabilidad económica del proyecto. Una opción sería construir una central nuclear dedicada a satisfacer la creciente demanda energética. Los reactores modernos de Generación III+ producen entre 1.2 y 1.6 gigavatios de electricidad, suficiente para reducir drásticamente los costos operativos y brindar seguridad energética a largo plazo.

Un modelo energético basado en la energía nuclear es técnicamente plausible y económicamente atractivo. Rusia ya es el mayor exportador mundial de centrales nucleares, mientras que Uzbekistán ha firmado acuerdos preliminares de cooperación nuclear civil. Kazajistán, en cambio, aún está considerando la adopción de la energía nuclear.

Pero el mayor obstáculo no es tecnológico ni financiero, sino político. La historia euroasiática está plagada de iniciativas de infraestructura fallidas. Un proyecto de esta envergadura requeriría un liderazgo coordinado, acuerdos integrales de gestión del agua, garantías ambientales y acuerdos tarifarios a largo plazo. Rusia tendría que comprometerse con una asociación hidrológica de varias décadas, mientras que Asia Central tendría que articular una postura regional unificada, algo poco común en su historia moderna.

Si se implementa con éxito, el proyecto del río Obi podría marcar el comienzo de una nueva era de integración euroasiática basada en infraestructura hídrica compartida e intereses estratégicos. Sin dicha intervención, Asia Central corre el riesgo de caer en una crisis hídrica que socavaría su estabilidad económica, social y política durante décadas. La pregunta ahora no es si el proyecto es técnicamente viable, sino si los líderes actuarán a tiempo para evitar que la región sufra una catástrofe que ella misma ha provocado.

El autor es exprimer ministro de Kirguistán, autor de El renacimiento económico de Asia central a la sombra del nuevo gran juego (Routledge, 2023).

Derechos de autor: Project Syndicate, 2025.
www.project-syndicate.org

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