La destrucción creativa no debería perdonar a los bancos comerciales

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El dinero es un enigma. Pero si algo sabemos con certeza, es que el dinero genera dinero. La mejor manera de generar más dinero es controlar la maquinaria generadora de dinero, como lo han hecho los bancos tradicionales durante siglos. Al crear dinero de crédito denominado en moneda oficial de la nada, los bancos comerciales deciden quién lo recibe y en qué condiciones. Y mejor aún, su creación de dinero está respaldada por bancos centrales que esperan que les den liquidez en tiempos normales y que los rescaten en tiempos malos.

Pero este modelo de negocio se ve ahora amenazado desde dos frentes, debido al auge de las criptomonedas emitidas por entidades privadas y las monedas digitales emitidas por bancos centrales. De estas, las CBDC son posiblemente el mayor competidor. Al fin y al cabo, los bancos pueden defenderse de la competencia de la industria de las criptomonedas creando o invirtiendo en ellas (aunque dentro de las restricciones regulatorias); pero no pueden producir el dinero que todos desean en tiempos de crisis: la moneda emitida por el Estado. Los bancos saben bien que si los Estados entran en el negocio de las monedas digitales, pueden, en teoría, prescindir de los intermediarios.

Durante siglos, los Estados han dependido y apoyado sistemas de pago privados, desde letras de cambio transferibles hasta dinero creado por los bancos. Esto era conveniente y contribuía a impulsar el crecimiento económico. Pero esta conveniencia ha tenido un precio. El papel destacado de los bancos en el sistema de pagos y ahorro les ha permitido mantener a la economía bajo control en tiempos de crisis, lo que a su vez los ha impulsado a expandir el crédito y asumir mayores riesgos con el tiempo.

Los Estados no han sido ajenos a esto. Consideremos la Ley Glass- Steagall estadounidense, promulgada en respuesta a la crisis financiera que precedió a la Gran Depresión. La Ley Glass-Steagall separó la banca de inversión de la banca comercial. Quienes participaban en la primera podían asumir tanto riesgo como sus clientes e inversores toleraran, mientras que quienes pertenecían a la segunda estaban estrechamente regulados y supervisados para garantizar la protección de los ahorradores y del sistema de pagos frente a dichos riesgos. Sin embargo, bajo la presión del sector financiero, el Congreso y la administración Clinton desmantelaron la Ley Glass-Steagall en 1999, sentando las bases para la crisis financiera de 2008.

Ahora, sin embargo, las CBDC tienen el potencial de proteger el sistema de pagos de las empresas bancarias que maximizan las ganancias y toleran el riesgo. Los bancos centrales podrían ofrecer custodiar las billeteras digitales de los ciudadanos y realizar pagos instantáneos directamente con ellos, mientras que los bancos podrían seguir ofreciendo préstamos y otros servicios financieros, aunque su base de depósitos podría reducirse, lo que los obligaría a depender más de sus propios recursos.

Se podría pensar que los bancos centrales aprovecharían la oportunidad de crear finalmente un sistema monetario que sirva a la ciudadanía en lugar de a los bancos. Pero la mayoría de los bancos centrales han eludido el asunto con cautela. Solo unos pocos han desarrollado planes serios para introducir las CBDC y se han esforzado por asegurar a los bancos comerciales que no representan una amenaza. En Europa, por ejemplo, una propuesta limitaría la cantidad de euros digitales que un cliente puede tener, aunque no existen límites similares para los depósitos bancarios.

La razón aparente de la cautela de los bancos centrales es que no quieren destruir el modelo de negocio de los bancos comerciales, por temor a que ello genere incertidumbre financiera o incluso desencadene una crisis que repercuta en sus propios balances. Sin embargo, estas preocupaciones son infundadas, ya que, con un sistema de pagos digitales en funcionamiento, los bancos centrales no tendrían necesariamente que rescatar a los bancos privados.

Dicho esto, algunos bancos centrales han sido más audaces, quizás porque su sector bancario nacional no es tan potente y porque las CBDC ofrecen una forma de asegurar su soberanía monetaria. El banco central brasileño, por ejemplo, creó Pix, un sistema de pago instantáneo para todos los ciudadanos, empresas y funcionarios gubernamentales; y el Banco Central Europeo avanza con sus planes para introducir un euro digital para 2029.

La reacción a estas iniciativas ha sido reveladora. Bajo la presidencia de Donald Trump, Estados Unidos ha iniciado una investigación sobre Pix, argumentando que constituye una práctica comercial desleal (la creación de barreras arancelarias o no arancelarias a la entrada). Pero esto es bastante exagerado viniendo de una administración que ha demolido el sistema comercial internacional al imponer aranceles unilaterales a países de todo el mundo.

En Europa, los bancos denuncian el euro digital minorista como una amenaza para su modelo de negocio y para sus propios esfuerzos por introducir una tarjeta de crédito en la eurozona. Sin embargo, esto no resulta convincente, considerando que los bancos han tenido tiempo de sobra para desarrollar una tarjeta de crédito en euros (de la cual Wero es solo un ejemplo). Si bien existen buenas razones para promover la competencia con los principales proveedores de pagos estadounidenses, esto no significa que las alternativas deban ser privadas.

Las nuevas tecnologías ofrecen nuevas oportunidades para modernizar los sistemas de pago y crédito. Sería una lástima que se perdieran porque los bancos creen tener derecho a un modelo de negocio heredado de compromisos políticos alcanzados hace siglos. La destrucción creativa es una fuerza importante para el progreso social y económico, y no hay razón para que los gobiernos y sus bancos centrales no lideren la creación del mejor modelo posible para el siglo XXI. Su deber es con los ciudadanos, no con los bancos.

La autora es profesora de Derecho Comparado en la Facultad de Derecho de Columbia, es autora de El código del capital: cómo la ley crea riqueza y desigualdad (Princeton University Press, 2019). 

Derechos de autor: Project Syndicate, 2025.  
www.project-syndicate.org 

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