¿Cola de león o cabeza de ratón?

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Son muchos en Nicaragua los que, puestos a escoger entre ser segundo o tercero en una organización fuerte, como un león, o ser el primero en una mediana y aún en una pequeña, como ratón, prefieren esto último. Lo vemos en numerosas organizaciones opositoras. Sus líderes prefieran montar tienda aparte antes que unirse a una organización donde no sean el jefe.

Hasta cierto punto es entendible. Ser cabeza de organización, grande o pequeña, es siempre atractivo. No tener a nadie encima de uno, y ser el principal del grupo, por insignificante que sea, da mayor placer al ego que tener al lado alguien con un estatus igual o superior. Se experimenta además mayor autonomía; el placer de tener el volante en sus manos. Esto lleva a que muchas cabezas, o líderes, tiendan a justificar su sed de independencia pensando que los jefes de las otras organizaciones no son tan sabios y puros como ellos. Sus comportamientos se asemejan al actuado por el escriba orgulloso del evangelio que, de pie en la sinagoga, decía en voz alta: “Yo te doy gracias, Señor, porque no soy como los demás”. Y es sobre los demás sobre quienes los aspirantes a cabeza suelen proyectar sus propios defectos.

Quisieran unirse con ellos, dicen, pero no lo hacen porque sus líderes no son confiables, sólo buscan su interés personal, son vanidosos, no tienen pueblo, tiene el techo de cristal, etc., etc. Nadie les cuadra. Nadie es digno de recibir sus servicios. Son hipercríticos de todos menos de ellos. Quisieran unidad. Pero no quieren unirse a nadie, sino que los otros se les unan. Ellos no piensan en unámonos sino en únanseme.

Si usted quiere entender por qué en tan difícil la unión opositora esta es una de las razones. Priva en muchos el síndrome de preferir ser cabeza de ratón o de cualquier cosa, antes que ser miembro —ya sea brazo, pierna o cola— de un león. Póngale nombre a las distintas equis: X1 preside un grupo campesino y no quiere cederle el liderazgo a nadie. X2 preside un grupo de obreros e igual. X3preside un grupo estudiantil e igual. X4 preside un grupo de autoconvocados e igual. X5 preside una plataforma de grupúsculos e igual. X5 preside un partido e igual.

El divisionismo producto de este síndrome desgraciado está alimentado por una profunda falta de humildad y una fuerte dosis de envidia. Si se hurga un poco la literatura cristiana, desde el evangelio hasta los escritos de los santos, se encontrarán numerosas exhortaciones que resultarían tabú para quienes sufren dicho síndrome. Como: “No busquéis los primeros lugares”, “no busques ser servido sino servir”, “No menosprecies a nadie. Considera a los demás superiores a ti”. “Trata de pasar desapercibido”, “olvídate de ti mismo”.

La ausencia de estas virtudes dificulta la unidad. Porque esta exige humildad. Implica siempre tener que oír y conciliar las propias aspiraciones con otras voces, bajarse del pedestal, ya no ser el único que decide, aceptar diferencias personales y, a veces, de ideas. Para el orgulloso es incómodo.

La soberbia y la envidia, antítesis de la humildad, son precisamente los espíritus malignos que conspiran contra la unidad opositora y la dupla que más favorece a la dictadura. Son también fallas (teológicamente pecados) incompatibles con el patriotismo. Pues este es una virtud que se caracteriza por colocar el bien de la nación por encima del propio, al punto de estar dispuesto a perderlo o sacrificarlo todo; desde su orgullo hasta la vida. La ironía es que hay muchos que se creen dispuestos a sacrificar su vida en la batalla, pero son incapaces de sacrificar su ego; de renunciar a los primeros lugares. ¿Podrá derrotar el patriotismo al egoísmo? Ojalá. Porque Nicaragua será verdaderamente libre hasta que tenga hijos que lo merezcan.

El autor es sociólogo, exministro de educación.

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