La oposición despedazada de Nicaragua

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Como si no fuese suficiente desgracias tener una dictadura en Nicaragua, los opositores nos hemos empantanado en una brutal y simbólica guerra civil donde el odio y la mala fe desbordan. Los descarnados e irracionales ataques entre los grupos que deberíamos estar unidos han acabado con cualquier esperanza de unidad. Los vigores dispersos que deberíamos juntarnos en un solo bloque para combatir a los tiranos del Carmen, nos lanzamos en disputas fratricidas, descalificaciones y demoliciones interna brutales, desgastantes, nocivas y despiadadas.

El frente más destructivo de esta contienda lo encabeza quienes con espíritus destructivos no construyen alternativas y aniquilando reputaciones han neutralizado todo intento de unidad, convirtiéndose en los estúpidos útiles del autoritarismo que ellos dicen combatir.

Cada vez que surge un liderazgo con perfil, ya sea por trayectoria, moral o intelecto, es devorado por aquellos que deberían ser sus aliados. Esto ha ocurrido con Félix Maradiaga, símbolo de resistencia; Miguel Mora, referente del periodismo independiente; Medardo Mairena, voz campesina que articula las luchas territoriales; la familia Chamorro, herederos de un histórico legado de luchas cívicas; y agrupaciones como el MAS (antes MRS), donde existen verdaderos opositores con visión de país, pero que son sistemáticamente desmantelados por los ataques gratuitos. Incluso intelectuales y figuras históricas como Luis Galeano, Sergio Ramírez o Dora María Téllez han sido convertidos en moneda de cambio en estas luchas intestinas, reducidos a caricaturas o relegados por el resentimiento y el oportunismo. Para peor desgracia de los resentidos, todos los antes mencionados son figuras presidenciables.

La única manera de calmarlos es que todos los antes mencionados y desde luego las bases, cerremos fila en torno a la figura del atacante y lo nombremos, por aclamación, como el único timonel de la oposición. Entonces él diría que todos los señalados son dignos merecedores de una segunda oportunidad y que errar es de humanos. Así de hipócritas y falaces son.

El problema no es solo moral, sino estratégico, sin unidad mínima, la oposición carece de legitimidad y capacidad de gobernar. Ningún actor internacional apuesta por un vacío; todos apoyan proyectos claros, liderazgos definidos y estructuras capaces de garantizar estabilidad. Mientras los opositores nos dediquemos a destruirnos entre sí, no podremos ofrecer ninguna garantía de transición ordenada.

Hoy hablar de unidad se vuelve un tema tabú y herético que implica renuncias, acuerdos y visión de largo plazo, virtudes escasas en un ambiente movido por resentimiento y las ansias desesperadas de protagonismo.

Sabemos que la unidad no significa uniformidad ni sumisión a un solo líder, significa construir un piso común, una columna vertebral que sostenga la posibilidad de asumir con capacidad y legitimidad un cercano cambio de gobierno.

Mientras la oposición siga destruyéndose desde adentro, el régimen no necesita hacer nada. La victoria le llega por omisión, desgaste interno y autofagia ajena.

Nicaragua todavía tiene capacidad, talento y gente para escribir ese capítulo, pero requiere un acto de madurez política y moral, dejar de destruir al posible aliado para enfrentar, con fuerza y coraje, al adversario.

La construcción de consensos, la tolerancia al desacuerdo y la capacidad de anteponer el interés nacional al personal son imperativos históricos. La juventud y los ciudadanos de a pie, que soñamos con democracia merecemos que la oposición sea una fuerza de cohesión, no un campo de batalla donde se aniquilan los mejores talentos.

El autor es escritor nicaragüense exiliado en España

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