Mujeres que engrandecen el periodismo 

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Ejercer el periodismo en Nicaragua, más allá de ser una forma digna de servicio público es un acto de valentía y de gran coraje cívico tan caro y valioso que lo puedes pagar con tu vida. El periodismo practicado en un país como Costa Rica no pasa la frontera de informar con rigor, de la denuncia valiente y de la narración de la verdad que incomoda, pero nada más eso. La confiscación de las instalaciones del Diario LA PRENSA, la cárcel, el destierro y la desnacionalización, es el tributo que han cobrado la bicéfala dictadura en turno a la honorable familia Chamorro por ejercer el periodismo independiente y el pecado capital de ser todos ellos presidenciables.  

Dentro de este ejército de periodistas patriotas y militares cívicos que empuñan el micrófono como arma letal en contra de la tiranía, sobresale la agraciada figura de Jenifer Ortiz quien en su loable labor ha debe enfrentar un doble reto, abrirse paso en una profesión históricamente dominada por hombres y, al mismo tiempo, resistir la violencia, la censura y la invisibilización de su voz. Tan exitosa es la trayectoria que está construyendo esta valiente periodista que ha recibido palo tanto de los tiranos nicaragüenses como de los mismos supuestos opositores. Para esperanzas de la verdadera oposición el periodismo de Jennifer ha emergido como sinónimo de dignidad, fuerza y coraje.  

Jennifer Ortiz, desde el exilio en Costa Rica, nos demuestra que ni el destierro ni la represión transfronteriza pueden silenciar a quienes han hecho de la verdad un compromiso irrenunciable e impostergable. 

Jennifer representa a la nueva generación de mujeres periodistas latinoamericanas: jóvenes, críticas, capaces de narrar la realidad con sensibilidad y firmeza. Su voz es eco de un pueblo que no puede expresarse libremente, y su exilio es prueba del alto costo de ejercer un periodismo honesto en contextos autoritarios. Ella no solo informa, sino que inspira a quienes creen que la palabra tiene el poder de abrir grietas en los muros del silencio que nos han impuestos los verdugos del Carmen. 

Pero Jennifer no está sola en este camino ni anda a tientas en esta tarea, antes que ella, otras mujeres marcaron el rumbo del periodismo con su valentía y determinación, como la también periodista nicaragüense Cristiana Chamorro Barrios, galardonada con el premio internacional Primera Enmienda que le otorgó la Eisenhower Fellowships por su “profunda defensa de la libertad de expresión”, sin duda otro gran orgullo nicaragüense.  

Anna Politkóvskaya, periodista rusa asesinada en 2006, se atrevió a denunciar los abusos de la guerra en Chechenia y el autoritarismo en su país. Oriana Fallaci, italiana, desafió al poder político con entrevistas directas y agudas que se convirtieron en referencia mundial de periodismo crítico. En América Latina, Jineth Bedoya Lima, colombiana, sobrevivió a secuestro y violencia sexual como represalia por sus investigaciones sobre el conflicto armado, y aún hoy sigue siendo defensora de la libertad de prensa y de las mujeres víctimas de violencia. También la mexicana Miroslava Breach, asesinada en 2017 por exponer vínculos del narcotráfico con la política, dejó un legado de integridad que trasciende su muerte. Lucía Pineda Ubau, encarcelada, torturada y desterrada.  

La calidad del periodismo de Jennifer se certifica en cada ataque que lanzan tanto operadores políticos de la dictadura como Moisés Absalón Pastora y un vergonzoso reducto de la oposición que ven en cada promesa destacable una latente amenaza.  

Por ello Jennifer Ortiz, junto a otras feroces guerreras, construyen un linaje de mujeres periodistas que engrandecen la profesión. Son testimonio vivo de que el periodismo no es solo narrar hechos, sino encarnar la resistencia frente a la mentira y el miedo. En cada una se refleja el valor de aquellas que hacen del periodismo un acto de amor a la verdad y a la libertad. 

Honrar a Jennifer Ortiz es también honrar a todas esas mujeres que, desde distintas geografías y generaciones, recordaron al mundo que la palabra puede ser más fuerte que las balas, y la verdad más duradera que la censura. 

El autor es escritor nicaragüense exiliado en España 
cesar [email protected] 

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