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Seguramente, Dios con su infinita sabiduría estaba oyendo desde el cielo el clamor que el pastor protestante y líder pacifista norteamericano, Martin Luther King (1929-1968) hizo el 28 de agosto de 1963 frente al monumento de Abraham Lincoln en Washington, durante la manifestación de 200 mil personas en pro de los derechos civiles para los negros, en los Estados Unidos de Norteamérica.
Digo que estaba oyendo, porque a pesar de que Luther King fue asesinado 5 años después, algunas de sus demandas fueron atendidas mediante leyes, que mejoraron notablemente las condiciones de vida de aquella minoría étnica.
En su celebre discurso Yo tengo un sueño, King expresó: “No busquemos satisfacer nuestra sed de libertad bebiendo en la copa de la amargura y el odio”, para luego agregar: “Sueño cuando todos los hijos de Dios, negros y blancos, judíos y cristianos, protestantes y católicos puedan unir sus manos y cantar las palabras del ruego espiritual negro: ¡Libres al fin! ¡Libres al fin! ¡Gracias a Dios omnipotente! ¡Somos libres al fin!
He traído esto a colación, porque la verdad es que casi todos los americanos del norte, centro, sur y países caribeños a pesar de nuestras diferencias ancestrales tenemos en común el sueño de ver a nuestras naciones unidas y en libertad. Y porque, por primera vez en mucho tiempo, se vislumbra en el horizonte de las tierras americanas que descubrió Colon, bajo la administración en los EE. UU., de Donald Trump, James D. Vance y Marco Rubio, la posibilidad real de que nuestros pueblos en su totalidad puedan gozar de las ventajas de la democracia, respirando aires de progreso y respeto por los derechos humanos.
Si se lograra concretar el sueño de las Américas totalmente democráticas, sin déspotas que demencialmente asaltan el poder y lanzan al destierro a sus compatriotas por pensar diferente a ellos, se podría pensar no solo en impulsar una verdadera fraternidad americana mediante intercambios culturales sino también en la construcción de una serie de megaproyectos que contribuyan a la bienandanza de nuestros pueblos. Por ejemplo: ¿Qué les parece un tren eléctrico que partiendo de Canadá atraviese todos los países del continente hasta llegar a la Patagonia en Chile y Argentina?
Es verdad de Perogrullo, si analizamos los anales de la historia, que ese sueño por la independencia y la libertad de nuestros países ha sido abonado no con flores sino con sangre, sudor y lágrimas. El precio que pagaron nuestros antepasados por nuestra independencia fue muy caro. Miles de ellos quedaron tendidos en los campos de batalla o insepultos para ser pasto de las aves de rapiña. ¿Y todo para qué? El laureado poeta nicaragüense, Salomón de la Selva, en su Canto a la Independencia de México nos responde: “La Independencia fue para que hubiera pueblo, no mugrosa plebe; hombres, no borregos de desfile”.
Hay algunos de nuestros héroes que consagraron sus vidas para que sus descendientes —que somos nosotros— fuéramos hombres y mujeres libres. Uno de esos próceres lo fue sin duda alguna, Simón Bolívar (1783-1830) que enfermo y sufriendo intensos dolores, nunca dejó que su gloriosa y refulgente espada cesara de luchar, hasta alcanzar la independencia de 5 naciones suramericanas que estaban prácticamente esclavizadas.
Ese gran venezolano, cuyo pueblo hoy sigue luchando, bajo el liderazgo del presidente electo Edmundo González Urrutia y la vicepresidenta, María Corina Machado, en contra de la narco-dictadura de Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, no solo nos legó su gesta inmortal, sino que nos dejó también su egregio pensamiento que hoy más que nunca se reviste de actualidad sorprendente al proclamar que: “La libertad del Nuevo Mundo es la esperanza del universo”.
Por los vientos de libertad que soplan sobre las Américas, hay indicios bien fundamentados que después de la liberación de Venezuela seguirán Cuba y Nicaragua. Es un proceso natural que el escritor español, Benito Pérez Galdós lo resume de esta manera: “Así como de la noche nace el día, después de la opresión viene la libertad”. Confío en Dios y en nuestro pueblo que así será, porque no hay nada más hermoso en este mundo, que ver salir el sol sobre la tierra que a uno lo vio nacer.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).