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El mosquito Aedes aegypti puede transmitir el dengue, chikungunya, zika y fiebre amarilla. Foto: Archivo

Especialistas señalan que Nicaragua no enfrenta riesgo inmediato por fiebre amarilla, pero debe mantenerse alerta

En Nicaragua, el Minsa informó que ha aplicado 125,000 dosis como parte de su campaña nacional de vacunación contra la fiebre amarilla

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Después de alrededor de 30 años, el pasado 8 de octubre se registró el primer caso de fiebre amarilla en Centroamérica. Se trató de una ciudadana estadounidense de 29 años que ingresó a Costa Rica sin la vacuna contra la enfermedad, según informaron las autoridades del vecino país del sur. Especialistas consultados consideran que el caso no representa una amenaza para la región, aunque señalan que los sistemas sanitarios centroamericanos deben mantenerse atentos por si se reportan otros contagios.

Según la Organización Panamericana de la Salud (OPS), la fiebre amarilla es una enfermedad viral hemorrágica aguda endémica en áreas tropicales de África, Centroamérica y Sudamérica. Los mosquitos infectados de la especie Aedes aegypti transmiten el virus de persona a persona.

El Ministerio de Salud de Costa Rica informó que la paciente presentó signos de la enfermedad y actualmente permanece internada en un hospital de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS). Su compañera de viaje resultó negativa en los exámenes de laboratorio y sí contaba con la vacuna.

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En el caso de Nicaragua, el Ministerio de Salud (Minsa), aparentemente en respuesta al caso registrado en Costa Rica, aseveró el pasado 13 de octubre que se han aplicado 125,000 dosis contra la fiebre amarilla, acercándose a la meta de 200,000 vacunas previstas para octubre.

La campaña se lanzó oficialmente el 18 de agosto con el objetivo de inmunizar a trabajadores de los puntos fronterizos, lugares turísticos, conductores de transporte internacional, guardabosques, miembros del Ejército, la Policía y el Ministerio del Interior, entre otros.

No afecta a Nicaragua

A criterio de la doctora Anely Pérez, especialista en salud pública, es muy difícil que a partir de este caso se desate una epidemia en Costa Rica que afecte a Nicaragua, debido a que se necesita la presencia del vector, el mosquito Aedes aegypti.

“Mientras Costa Rica no presente casos autónomos de fiebre amarilla, Nicaragua no debería estar en mayor riesgo, que sigue siendo el mismo: que alguien proveniente de países donde la enfermedad es endémica y hay transmisión activa la porte”, explicó la especialista.

Anely Pérez Molina habla sobre la fiebre amarilla
Anely Pérez Molina. Foto: Archivo.

Caso en Costa Rica: alerta pero no amenaza

Un especialista en salud pública consultado bajo condición de anonimato consideró que, si bien el caso reportado en Costa Rica no representa un riesgo inmediato para la salud pública, podría ser un llamado de atención para los sistemas sanitarios de toda Centroamérica, incluido el de Nicaragua, a fin de estar atentos ante posibles casos.

“En caso de que se reporte otro y no se tomen medidas rápidas, en teoría podría presentarse un brote local y potencialmente exportarse a países vecinos si alguien infectado viaja y encuentra un ambiente favorable”, señaló el experto.

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“Si alguien que viajó a un país con fiebre amarilla endémica llega enfermo o infectado a países como Nicaragua o Costa Rica, donde no es endémica, existe el riesgo de que un mosquito Aedes lo pique, se infecte y luego pique a otra persona, transmitiendo el virus. Allí comienza el mayor riesgo de transmisión dentro del país, y no por alguien que viajó”, explicó Pérez.

Por su parte, Pérez recordó que en los países centroamericanos la fiebre amarilla no se considera endémica, por lo que la población no está en alerta, algo que, a su criterio, puede ser una debilidad si no se actúa con rapidez.

Es necesaria la comunicación entre ministerios

El especialista anónimo subrayó que en casos como este es fundamental que los ministerios de Salud de Centroamérica se comuniquen entre sí, intercambien información epidemiológica y monitoreen los movimientos de personas entre los países.

Sin embargo, advirtió que, dado que el régimen de Ortega y Murillo no comparte información con instancias internacionales, es dudoso que lo haga con otros ministerios de la región, lo cual constituye una debilidad al momento de ejecutar acciones coordinadas.

“Casos como el del gusano barrenador demuestran cómo la falta de coordinación puede contribuir a la expansión de una enfermedad o incidente en toda la región”, señaló.

El mosquito Aedes aegypti es el transmisor de la fiebre amarilla
Fotografía cedida por el Instituto de Ciencias Agrícolas y Alimentarias de la Universidad de Florida (UF/IFAS) donde se muestra una hembra adulta de un Aedes aegypti, el mosquito transmisor de la fiebre amarilla. EFE/ UF/IFAS

No sería el primer rebrote

En 1919, tras varias décadas sin brotes mayores, la fiebre amarilla resurgió en Nicaragua y otros países centroamericanos, pero gracias a las campañas de control del mosquito, la epidemia fue controlada. Ante un rebrote en 1920, Nicaragua adoptó medidas pioneras de control vectorial. Una de ellas fue la introducción de peces larvívoros en depósitos de agua para devorar las larvas de mosquitos y reducir la población del vector.

Después de décadas sin brotes urbanos, una epizootia selvática de fiebre amarilla atravesó Centroamérica. El virus, procedente de un foco en las selvas de Panamá, invadió Costa Rica en 1951 y alcanzó Nicaragua en 1952. En el país, el último caso humano de este brote se registró hacia mediados de 1953 en la comarca de Cabo Gracias a Dios, en la frontera nororiental.

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Fiebre amarilla: síntomas

Según la OPS, una vez contraído, el virus de la fiebre amarilla incuba en el cuerpo durante tres a seis días. Muchas personas no presentan síntomas, pero cuando estos aparecen, los más comunes son fiebre, dolor muscular (especialmente de espalda), dolor de cabeza, pérdida de apetito, náuseas y vómitos. En la mayoría de los casos, los síntomas desaparecen después de tres o cuatro días.

No obstante, un pequeño porcentaje de pacientes entra en una fase tóxica que afecta el hígado y los riñones.

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