En la vida de los grandes hombres hay momentos cruciales. Son aquellos en los que tiene que bregar con los grandes acontecimientos, cuando debe tomar muy importantes decisiones y cuando el “yo soy yo y las circunstancias” de Ortega y Gasset lo pone frente al destino inexorable, que habrá de señalarle el camino hacia la gloria o hacia la desgracia, por el veredicto inapelable de la historia. Es el dilema shakesperiano del ser o no ser, que nosotros los nicaragüenses hemos transformado en la bella expresión popular de “o se la bebe o la derrama”.
En la historia universal no hay ningún gran hombre o gran mujer, que no haya tenido que arrostrar esos momentos cruciales. Pero, para no seguir cavilando y para que todos sepamos de lo que estamos hablando, me voy a permitir presentarles el paradigma de un gran hombre que tuvo que enfrentar esa difícil situación.
Me refiero a Julio César, político y militar romano que nació 100 años antes de Cristo y murió a los 55 años víctima de una conspiración que urdieron sus más cercanos amigos del Senado: Marco Bruto y Cayo Casio. A Julio César el Senado le había prohibido pasar con sus tropas el río Rubicón y entrar a Roma. Si lo hacía, seria juzgado y condenado irremisiblemente al exilio perpetuo.
No obstante lo anterior, Julio César después de pensarlo un rato (momento crucial) decidió junto a sus tropas atravesar el Rubicón y marchar hacia Roma. Fue cuando pronunció la famosa frase: Alea Iacta est (la suerte está echada). Ya en Roma se hizo nombrar cónsul y dictador perpetuo. Fue asesinado frente a la estatua de su rival Pompeyo acusado de querer destruir la República para restaurar la monarquía. La pregunta es: ¿Qué hubiera pasado si Julio César, en vez de marchar hacia Roma hubiera ordenado a sus tropas dar marcha atrás? Seguramente que hoy no estuviéramos hablando o escribiendo de Julio César.
He querido traer a colación este episodio histórico, porque a veces me parece que el gobierno que presiden desde la Casa Blanca, Donald Trump y Marco Rubio, está en ese momento crucial del que les hablaba y no se deciden, si van a poner fin a la narco-dictadura venezolana que encabezan los capos: Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino o van a pactar con ellos.
Ha transcurrido más de un año desde aquel glorioso 28 de julio del 2024, cuando el bravo pueblo venezolano encabezado por Edmundo Gonzáles Urrutia y María Corina Machado, derrotaron en forma aplastante —mediante sus votos en las urnas electorales— a la narco-dictadura del Cártel de los Soles.
Los demócratas del mundo entero estamos estupefactos al ver como la mafia del chavismo, que usurpa el poder desde hace 25 años, sigue tan campante, no solo exportando la droga que envenena los cuerpos y las almas de nuestros jóvenes americanos, sino que continúa en su tarea ingrata de seguir violando los derechos humanos del noble pueblo venezolano. Prueba de ello lo constituye, sin duda alguna, el último Informe presentado la semana pasada por el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
El dilema que enfrenta hoy el presidente Trump y su gobierno en Venezuela se puede resumir en dos proposiciones. La primera, es si va a hacer uso del enorme poder de que dispone, para ponerle punto final al narco Estado que no solo viola los derechos humanos del pueblo venezolano, sino que también atenta contra la seguridad nacional de los Estados Unidos, y segundo: buscar una negociación con el régimen de Maduro que le permita a la gran nación del norte, explotar ventajosamente los recursos minerales de la patria de Bolívar, el inmediato retiro de las tropas que tienen rodeada a Venezuela y la reanudación de las relaciones diplomáticas tradicionales entre las dos naciones.
Considero que esta segunda proposición de llevarse a efecto sería de catastróficas consecuencias para la política interior y exterior de los EE. UU., ya que perderían todo el prestigio internacional que como potencia mundial ahora tienen. En lo personal tanto Trump como Rubio, si se decidieran por esta última opción tendrían que retirarse de la política, porque se habrían ganado el repudio de casi el mundo entero.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).