La hora de la repatriación

Como producto del fin del plazo que gobiernos de Estados Unidos dieron a migrantes de Honduras, Nicaragua, Nepal y otros países de la región y el mundo, quienes han vivido y trabajado aquí gracias a la nobleza y empatía de esta gran nación, desde el paso de los huracanes “Iota” y “Mitch” pero también por deficiencias sociales como el desempleo y la inseguridad ciudadana y política, están ya retornando sobre todo hermanos centroamericanos, en medio de severos problemas familiares (dolorosas separaciones),  económicos y hasta delictivos por parte de aquellos que han incurrido en actos de violencia y crimen organizado, quienes están retornando a sus países sin iniciativas potables para reacomodar e iniciar sus vidas de parte de los regímenes de turno. Otros están cayendo presos como en Nicaragua.

Esta cruda realidad me recuerda los años de inicios de los 90 en Nicaragua, después de la derrota electoral de los sandinistas y ya con la señora Violeta Barrios de Chamorro iniciando una difícil administración de postguerra y transición. En ese año, el nuevo gobierno creó el Instituto Nicaragüense de Repatriación (Inire), para atender los muchos problemas y demandas no solo de los desplazados de guerra, sino de miles de ciudadanos que regresaban del exilio a vivir la escasa democracia que se logró alcanzar en medio de las amenazas y bravuconadas de los sandinistas, quienes no aptos para el civismo y respeto electoral, no aceptaban del todo a la nueva administración.

Ese instituto —al cual me incorporé como portavoz y que tuvo una existencia efímera de 2 años— jugó un papel fundamental en esa tarea de atención a los repatriados y desmovilizados de guerra, contando con el apoyo económico y logístico de la Organización de Estados Americanos y la Comisión Internacional de Apoyo y Verificación (CIAV-OEA).

Eran días intensos, de reciente herencia guerrerista y de alegría cívica, con olor a humo y a pólvora de fusiles dispersos en las noches armadas por tantos sandinistas quienes aún no superaban la certera derrota que el mismo pueblo les asestó, pero entre quemas a la propia Alcaldía de Managua, fogatas subversivas en las calles con llantas incendiadas, adoquines levantados y otros hechos delictivos, la naciente democracia venía imponiéndose, y que, con todo y sus errores, heredaron al país un modelo de vida en el que se dieron garantías constitucionales, desde ese mismo año hasta inicios del 2007 cuando Daniel Ortega, luego de trampas volvió a imponer su dictadura.

En esos dos años que he mencionado, miles de nicaragüenses lograron obtener la documentación para su menaje de casa, introducción de hasta dos vehículos libres de impuestos, esfuerzos por mantener la paz y la creación de métodos de convivencia pacífica entre campesinos de uno y otro bando quienes  antes se habían volado balas y ahora, gracias a la CIAV-OEA y al gobierno  de don Violeta, transaban la paz construyendo viviendas en el campo, recibiendo tierras y otros beneficios que nunca fueron suficientes para tantas demandas.

Ahora nadie espera en este caso a los hondureños y nicaragüenses, ninguno de los cabecillas de ambos regímenes ha movido un dedo en pro de esta iniciativa.

Es más, ni siquiera dedicaron ni un solo minuto de sus agendas en cabildear con la administración estadounidense una extensión del permiso de trabajo conocido en español como TPS. Y esto acarreará aún más problemas para el retorno de estas personas, pues este desexilio involucra no solo a Estados Unidos en la fase final de su programa sino también a las autoridades migratorias de México y Guatemala, como a cada país una vez repatriados.  Se trata de gente que en su mayoría no tienen donde vivir, ni seguros médicos ni trabajos dignos que los esperen para una inserción más estable.

Como es de esperarse, corresponderá a nuevos gobiernos en la era post socialismo del siglo XXI, crear gobiernos austeros y democráticos, limitados, antinarcos,  abiertos al trabajo y a las inversiones, que esperen, atiendan y den cobertura social a sus miles de ciudadanos que retornarán tras el fin de sus exilios, a la hermosa expectativa de iniciar sus vidas en sus propias naciones y en libertad, como ya lo vivimos los nicaragüenses en 1990 y como volveremos muy pronto a vivir nuevamente en libertad.

El autor es escritor y periodista nicaragüense exiliado en Estados Unidos. Columnista internacional y fundador del Partido de Derecha OPA.

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