El 10 de septiembre corriente se vivió quizás uno de los crímenes políticos más alarmantes de los últimos tiempos en los Estados Unidos. Asesinaron al líder e influenciador político Charlie Kirk, quien se había convertido en un verdadero referente no solo político, sino también social.
¿Quién era Charlie Kirk? Era un afamado activista de orientación ideológica de derecha conservadora, conocido por su estilo confrontativo al acudir a universidades y otras instituciones, donde sostenía acalorados debates con alumnos y adultos sobre la importancia de la familia, los valores cristianos y las sanas costumbres. Es decir, todas aquellas ideas que los que somos de derecha defendemos y promovemos y que, bajo el prisma de lo correcto, natural y moral, representan la senda apropiada. Kirk era un personaje profundamente conocido en redes sociales y contaba con más de 4 millones de seguidores en su canal de YouTube.
Ahora replanteo la pregunta con la que titulé este artículo: ¿es casualidad el asesinato de Charlie Kirk? Definitivamente no. Podemos observar cuál es la verdadera tendencia de la izquierda en nuestro continente americano. Basta recordar que el año pasado intentaron asesinar a Donald Trump, hoy presidente de los Estados Unidos; lo mismo sucedió con Jair Bolsonaro en Brasil, cuando intentaron apuñalarlo en una concentración. De igual forma, acabamos de presenciar el asesinato del más fuerte candidato presidencial de Colombia, Miguel Uribe. Hace apenas unos días vimos también cómo intentaron causar daño mortal al presidente de Argentina, Javier Milei, lanzándole una enorme piedra durante una concentración de cierre de campaña en Buenos Aires.
En todo esto podemos notar un patrón de comportamiento perfectamente alineado en contra de todos aquellos que no son de izquierda y cuyas voces resultan incómodas para los izquierdistas. Para ellos, el simple hecho de pensar diferente no solo es incómodo, sino intolerable. Por ello, según su cavernaria forma de pensar, deben eliminar a quienes los confrontan. Pero aquí confluye el absurdo de estas mentes perversas: pueden matar al mensajero, pero jamás podrán matar el mensaje.
Como hemos visto los nicaragüenses, con el asesinato de líderes que no se alinean a ideas que traicionan los ideales correctos de un pueblo como lo fue con el asesinato del Héroe Nacional Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, el mensaje jamás se calla, aunque el mensajero ya no esté físicamente entre nosotros.
Es decir, la izquierda sabe hacer esto: exterminar a todo aquel que les resulte incómodo a sus lineamientos políticos absurdos. Siempre acaban con lo bueno, porque son incapaces de enfrentar las ideas con ideas. Al final, las ideas parecen ser su verdadero enemigo, pues no saben producirlas. De ahí surge una especie de parálisis mental, política y social. Según su propia lógica, no les queda más que acabar con la vida de quienes resultamos incómodos por pensar y por ser librepensadores.
Pero aquí surge la paradoja. Aunque la muerte de alguien nunca será necesaria ni justa, muchas veces lo que logra es avivar más la llama del amor por la libertad y, en consecuencia, del libre pensamiento. Un mundo mejor es aquel en el que quepamos todos, incluso aquellos que no comparten nuestra afinidad en ningún aspecto ni forma de pensar.
Es clave hacer notar que este comportamiento, el de matar, es la expresión más extrema de lo que verdaderamente habita en este tipo de personas: el odio, el rencor y el resentimiento. Estos son los venenos más letales que puede albergar un ser humano destruido por dentro y lleno de miserias.
El autor es consultor y catedrático universitario.