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Las primeras bandas marciales en Nicaragua eran de uso estrictamente militar, pero con el tiempo se incorporaron a la vida civil. El Benemérito Cuerpo de Bomberos se fundó el 15 de septiembre de 1936 y desde entonces contó con su propia banda marcial, que acompañaba tanto las fiestas patrias como las celebraciones religiosas, entre ellas la procesión de la Sangre de Cristo en Managua.
Estas bandas marciales evolucionaron en Bandas de Guerra y se integraron a los institutos públicos y privados del país. El cambio se dio a finales de los años cincuenta, cuando el presidente Luis Somoza Debayle decretó la Semana de la Patria en todo el territorio nacional. Hasta entonces solo la banda marcial del Ejército ejecutaba la música para el desfile y presentación de los cadetes, pero el nuevo decreto abrió paso a que algunos institutos contaran con sus propias bandas marciales en los desfiles escolares.
Durante esa época, únicamente tres colegios contaban con su propia Banda de Guerra. El resto desfilaba acompañado por la banda marcial de la Guardia Nacional. Reinaba un profundo respeto a la bandera, a los símbolos patrios y a los próceres de la historia. La solemnidad era parte esencial de cada desfile.
En las primeras bandas marciales no existían las palillonas, sino un palillón, quien en realidad fungía como el jefe encargado de dirigir la marcha y el desfile. Para desempeñar ese papel era indispensable tener buen porte y altura. A este personaje se le conocía como Tambor Mayor.
La misión del Tambor Mayor consistía en marcar el paso y el ritmo de los desfiles, además de ejecutar maniobras muy hábiles con su bastón.
En esa época, el Tambor Mayor era comparable a un jefe de compañía en el ejército. Las bandas estaban conformadas por alrededor de 60 alumnos, quienes ejecutaban tambores, redobles, bombos, platillos, clarines y liras. El Tambor Mayor marchaba al frente, seguido por la banda marcial, mientras que detrás desfilaban los estudiantes con sus uniformes nítidos y una alineación de estilo militar.
En Managua, el acto central se realizaba en la Plaza de la República. Allí, los colegios capitalinos desfilaban y juraban fidelidad a la bandera antes de recorrer la Avenida Roosevelt. La Academia Militar realizaba presentaciones muy esperadas por la calidad de sus maniobras. Entre los colegios que destacaban en la avenida estaban el Ramírez Goyena, el Calasanz, el Pedagógico y el Primero de Febrero.
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Con la llegada de los sandinistas al poder, las celebraciones adquirieron tintes políticos. El azul y blanco de la bandera nacional quedó opacado por el rojo y negro del Frente Sandinista. La solemnidad se perdió y las festividades se convirtieron más en un homenaje a la revolución que en una conmemoración patria. Los estandartes fueron sustituidos por fusiles y los estudiantes uniformados por milicianos vestidos de verde olivo.
En 1996 las Bandas de Guerra comenzaron a llamarse “bandas rítmicas” o “escolares”, con el fin de eliminar el lenguaje belicista. Sin embargo, también se perdió parte de la cultura cívica y la solemnidad. El porte marcial de los desfiles dio paso a trajes carnavalescos, y los ritmos militares fueron reemplazados por melodías cadenciosas y provocativas, asemejándose más a una fiesta patronal que a un desfile patrio.
Con el actual régimen, la historia volvió a repetirse: las fiestas patrias dejaron de rendir homenaje a los próceres y símbolos nacionales, para convertirse en escenarios de culto político.





















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