Mis 5 maestros de la escritura

Hoy en día en los colegios, la tecnología va reemplazando el aprendizaje convencional y el esfuerzo genuino de redactar es reemplazado por el Chat GPT o Gemini. Ya no se escribe, se chatea; ya no se forman oraciones, se sintetizan palabras con abreviaturas (muchas veces indescifrables) y expresiones de emociones, llamados emojis.

En mis tiempos no era así, y yo particularmente tuve la suerte de tener en mi vida a cinco grandes maestros que moldearon mi escritura para convertirla en algo que me sale tan natural, como el habla.

En homenaje y agradecimiento a estos cinco grandes maestros que tuvieron un impacto en mi vida escribo este artículo resaltando la contribución que cada uno me dio en mi formación en mis diferentes etapas.

Cronológicamente ellos fueron: el padre Carlos Caballero, recordado sacerdote jesuita y profesor de Gramática en la secundaria del Colegio Centro América de Granada; mi padre, Pedro Joaquín Chamorro Cardenal; el Dr. Julio Sergio Ramírez Arango, profesor de Incae en la clase de Análisis Escrito de Casos (ANEC); el recordado y brillante periodista Horacio Ruiz Solís, exdirector de LA PRENSA, y el renombrado poeta y exdirector de LA PRENSA, Pablo Antonio Cuadra.

Carlos Caballero S.J. Profesor de Gramática y Literatura en mi secundaria del Colegio Centro América durante mi internado en Granada. Su personalidad era arrolladora, tenía un don único para enseñar y transmitir ideas. Tenía una capacidad de oratoria extraordinaria, en sus clases se podía escuchar el zumbido de una mosca. Así era la atención que demandaba mientras nos enseñaba cómo conjugar los verbos y formar las oraciones. Era metódico, superpuntual y su presencia inspiraba más respeto que temor.

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Mi padre no me indujo al periodismo, pero sí a la escritura. En una vacación, ya en mi segundo año de la universidad de McGill en Montreal, Canadá, mi padre leyó mis ensayos que le había llevado escritos a mano y en inglés. Él no hablaba inglés, pero leía porque lo había aprendido con un diccionario en sus años de cárcel.

Cuando me felicitó en su oficina de LA PRENSA, mientras hacía una pausa en su máquina de escribir que tecleaba frenéticamente con sus dos dedos índices, me pidió “un favor” que cambiaría mi vida: “Quiero que te metás en estas vacaciones a la escuela de mecanografía de Silviano Matamoros porque un hombre que no sabe escribir a máquina no puede ser exitoso en este mundo moderno”, me dijo.

Así fue que me metí en mis vacaciones de verano en 1972 a una escuela de mecanografía donde aprendí a escribir con los 10 dedos y sin ver al teclado. No llegué a concluir el curso y recibir un diploma porque tuve que regresar a McGill y cuando fui a LA PRENSA a despedirme de mi padre, me hizo la siguiente pregunta: “Ajá hombre, ¿aprendiste a escribir a máquina?” Mi respuesta fue que sí, aunque no había tomado más que 6 o 7 lecciones… Entonces mi padre me hizo un regalo inesperado: se agachó y tomó del suelo una pequeña máquina de escribir Olivetti portátil que él usaba y al dármela me dijo: “Ahora que ya aprendiste a escribir a máquina, te voy a regalar mi máquina de escribir”.

La máquina tenía su estuche con zipper y era muy compacta; era como la Apple McBook Air de nuestros tiempos, me sentí muy halagado.

Desde entonces, me hice la promesa que no volvería a escribir a mano y hasta las cartas a mis padres desde la universidad, ya no digamos los ensayos, todo lo redactaba a máquina por lo que con la práctica logré escribir con una gran velocidad y estructurar mejor las oraciones. Escribir a máquina ayuda a ordenar las ideas.

Aparte de la máquina de escribir aprendí de mi padre la devoción por la verdad, que es la base del periodismo, pero él no me enseñó periodismo como tal, más que con su ejemplo.

Julio Sergio Ramírez Arango. Doctor de Harvard, profesor del Incae donde ingresé en 1975 a hacer mi maestría. De origen colombiano el Dr. Ramírez Arango nos daba la cátedra de Análisis Escrito de Casos (Anec) que consistía en redactar un breve ensayo después de haber leído y analizado un caso empresarial del Incae.

La redacción tenía que tener estas características que se dan en el mundo real: un límite estricto de palabras y de tiempo para entrega siguiendo una estructura en donde se debía descartar las diferentes alternativas de solución del problema. Después de identificarlo, describir el medioambiente que afecta el problema y proponer y argumentar la solución tomando en cuenta todos los elementos que afectan el problema.

En sus correcciones de Anec el profesor Ramírez solía contar los párrafos y palabras para poner al margen sus comentarios y uno de los que más usaba era la palabra “sobra”, es decir, buscando siempre la síntesis y lo relevante. Los que lo entregaban muy tarde o con exceso de palabras a menudo salían reprobados y las notas de los Anec las entregaba públicamente en el aula para escarnio público.

Nunca sobresalí en Anec, pero me fue bien y aprendí mucho en mi escritura, gracias al doctor Ramírez Arango.

Horacio Ruiz Solís. Brillante periodista autodidacta que hizo carrera en LA PRENSA y como corresponsal de la agencia AFP. En mayo 1980 cuando se produce el cisma en LA PRENSA que da origen al surgimiento de El Nuevo Diario, Horacio Ruiz se convirtió en un profesor de periodismo para los que quedamos en LA PRENSA y los nuevos periodistas que fueron reclutados.

Horacio nos enseñó lo que es noticia, los componentes esenciales de la noticia: lo nuevo, lo trascendente y lo oportuno; así como la estructura piramidal de cómo redactar una noticia contestando una serie de preguntas en párrafos cortos: ¿qué pasó?, ¿cuándo ocurrió?, ¿a quién afecta?, y si es posible, ¿por qué ocurrió? Al final, los antecedentes o detalles complementarios y de menos importancia que puede recortar la tijera del editor, en caso necesario.

Horacio tenía una velocidad pasmosa para redactar utilizando los 10 dedos, lo recuerdo escribiendo sus notas periodísticas, sus cables internacionales y sus impactantes titulares de LA PRENSA con una máquina eléctrica IBM de bolita giratoria.

Pablo Antonio Cuadra. En 1979 y a partir de los años 80, después que se produce la escisión de LA PRENSA que da lugar a El Nuevo Diario, yo estaba muy joven y en la era “revolucionaria” siempre fui crítico la Revolución para salvaguardar la independencia de LA PRENSA y el legado de mi padre.

Así las cosas, habiendo sido nombrado codirector del Diario en enero de 1981, la Junta Directiva me pidió que cada artículo de Opinión que fuera a publicar pasara siempre bajo la sabia tutela de mi querido tío Pablo Antonio Cuadra (PAC), quien era el director de LA PRENSA. Para mí siempre fue un honor, a pesar de que muchas veces tenía que viajar desde LA PRENSA hasta su casa en Las Colinas para que me diera el visto bueno.

En la biblioteca de su casa en Las Colinas, o en su despacho en LA PRENSA, PAC leía cuidadosamente mis escritos para que “no se me pasara la mano” por mi fogosidad juvenil. Así que algunas veces me hacía pensar las cosas dos veces o cambiar alguna palabra, aprendiendo de él la ponderación y balance que deben llevar siempre los escritos para ser firmes, pero sin resultar ofensivos. Es decir: el uso cuidadoso de las palabras.

Con PAC aprendí que se puede decir lo mismo de muchas formas.

El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, ex preso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos heredados” y “Un cauce hacia la democracia”. Fue codirector de LA PRENSA de 1981 a 1984.

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