Este 12 de septiembre de 2025 se conmemora el 169 aniversario del acuerdo que en 1856 suscribieron los partidos Liberal y Conservador. Sus líderes hicieron a un lado sus diferencias ideológicas y pleitos por el poder y unieron sus fuerzas para combatir juntos a los filibusteros de William Walker.
Aquel acuerdo fue clave para lograr la derrota y expulsión de los filibusteros del territorio nacional, en abril de 1857. Lo que, también hay que decirlo, fue posible por la participación de los ejércitos de los demás países centroamericanos.
Los historiadores llamaron “Pacto Providencial” aquel acuerdo de los liberales con los conservadores, pues era tanto el odio que se profesaban unos a otros que en la mentalidad nicaragüense de aquellos tiempos se creyó que solo pudieron entenderse porque habían sido iluminados por la Divina Providencia.
Pero la política no tiene nada de divino. La verdad es que los liberales, que en la firma del Pacto Providencial fueron representados por Máximo Jerez, Fernando Guzmán y el cura Apolonio Orozco; y los conservadores por Tomás Martínez, Ramón Belloso y Mariano Paredes, lo hicieron presionados por los representantes de los ejércitos centroamericanos.
Es importante mencionar que en el primer punto del Pacto Providencial los partidos políticos se comprometieron a que “ocho días después de arrojados los filibusteros del territorio nicaragüense, deberá convocarse a elecciones de supremas autoridades con arreglo a la constitución de 1838”. O sea, la carta constitucional que adoptó Nicaragua cuando se separó de la Federación Centroamericana y se constituyó como Estado independiente y democrático.
Es que, por encima de los pleitos de los partidos políticos, el ideal democrático estaba presente en Nicaragua desde la Independencia Nacional de 1821; y la lucha contra los filibusteros fue precisamente para recuperar la independencia nacional y vivir en democracia.
Pero porque la gente es así, el hilo conductor de la democracia en la historia nacional fue roto en 1893 por la Revolución Liberal, que a cambio de impulsar la modernización nacional impuso la dictadura de José Santos Zelaya que duró hasta 1909.
Años después vendría la dictadura también liberal de la familia Somoza, que fue derrocada por la Revolución Sandinista, que a su vez impuso la dictadura de los nueve comandantes. Pero la lucha por la democracia siempre se mantuvo viva y activa.
En 1989, catorce partidos políticos democráticos se inspiraron en el espíritu del Pacto Providencial, formaron la Unión Nacional Opositora (UNO) y en febrero de 1990 derrotaron en las urnas electorales a la dictadura sandinista.
Lamentablemente, después del interregno democrático de 1990 a 2006, por culpa de la división de las fuerzas democráticas la dictadura sandinista fue restaurada con la modalidad del régimen dinástico de Ortega y Murillo.
Ahora la oposición democrática dentro de Nicaragua no existe o está completamente silenciada. Mientras que la del destierro y el exilio se debate en estériles e interminables disputas, más que todo por resentimientos y agravios antiguos, reales o percibidos.
Y así estarán, mientras no aprendan las lecciones de la historia como la del Pacto Providencial del 12 de septiembre de 1856 que hizo posible el triunfo nicaragüense en la Guerra Nacional.