Corrupción gubernamental y capitalismo de compinches

LA PRENSA ha publicado en esta semana, los días martes 9 y miércoles 10 de septiembre, dos artículos informativos iluminadores sobre el caso del general sandinista en retiro Álvaro Baltodano Cantarero y su hijo, el empresario Álvaro Baltodano Monroy. Como es sabido, ambos personajes están en la cárcel acusados de corrupción. Incluso el primero ya fue condenado por la dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo a 20 años de prisión, por el delito prefabricado de “traición a la patria”, evidenciando que su caso tiene una connotación política.

El primero de los artículos fue titulado Baltodano Inc: Momotombo power, un negocio redondo creado a la sombra de Ortega; el segundo Los Baltodano, de las mieles del poder a la prisión y al exilio,  y ambos demuestran la sórdida mezcla de corrupción y purgas políticas en la dictadura sandinista, que se estaría preparando para el inminente relevo de Daniel Ortega, ineluctable por su avanzada edad y la ley biológica.

La acusación de corruptos a los Baltodano suena extraña, por cuanto la dictadura sandinista de Ortega y Murillo es calificada pública e internacionalmente como extremadamente corrupta. De manera que lo que en realidad indica esa acusación es que los dictadores  no permiten que nadie se aproveche del Estado para enriquecerse desmedidamente, si no está autorizado por ellos mismos. Como sea, el caso de los Baltodano ha puesto en evidencia al “capitalismo de compinches” que existe en Nicaragua.

Los codictadores aseguran que su régimen es “socialista”, así lo han inscrito en su Constitución de tipo totalitario. Sin embargo, lo que indica la realidad es que la economía de Nicaragua es básicamente capitalista, solo que deformada por la manipulación política de quienes detentan el poder, con el fin de aprovecharse exclusivamente de la creación colectiva de riqueza, y compartirla solo con sus camaradas y amigos empresarios, o más bien dicho, con sus compinches capitalistas.

Por definición, el capitalismo de compinches, también conocido como de “amiguetes”, es un sistema económico en el que el éxito no se debe al esfuerzo y el mérito empresarial. Es debido a “las relaciones personales y clientelistas con funcionarios públicos que otorgan y autorizan favores y ventajas, como permisos, exenciones fiscales y contratos públicos, perjudicando así el libre mercado y debilitando el Estado”.

Sin embargo, hay que aclarar que el debilitamiento del Estado que causa el capitalismo de compinches es en cuanto a su función social, porque en lo que se refiere a su capacidad de represión más bien la fortalece y extralimita.

El capitalismo de compinches no es lo mismo que el capitalismo de Estado, aunque de algún modo se parezcan. El capitalismo de Estado es un sistema económico en el que el poder estatal controla la economía y particularmente los recursos y sectores estratégicos. Dirige la economía mediante la planificación central y juega un papel económico dominante, supuestamente en función y provecho de toda la nación. Su pretendida justificación es que impide a personas particulares aprovecharse del esfuerzo común y apropiarse de los beneficios de la economía, y que garantiza su distribución equitativa entre toda la población.

Pero eso es mentira. Lo que ocurre en realidad es que al eliminar a la iniciativa privada y el incentivo del interés personal, el capitalismo de Estado limita el desarrollo económico, genera corrupción, causa ineficiencia y escasez y termina dañando a la gente tanto personal como socialmente.

Pero más dañino es aún el capitalismo de compinches, porque en este el único control es el que impone la dictadura, personalmente los dictadores, que se reservan la potestad de repartir premios y castigos según sea su conveniencia política, su estado de ánimo y hasta sus caprichos personales.

Esta es una situación abominable para la sociedad y degradante para las víctimas de la dictadura, incluso aquellas que fueron sus obsecuentes servidores, como se ha visto claramente con el caso de Álvaro Baltodano Cantarero y Álvaro Baltodano Monroy.

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