La patria de los apátridas


Septiembre es el Mes de la Patria en Nicaragua. Así se ha celebrado desde hace tiempo y hay motivos para hacerlo. Tres, para ser exactos.

El primero es la conmemoración del Pacto Providencial del 12 de septiembre de 1856, acordado por los partidos Liberal y Conservador (los únicos que había entonces en Nicaragua), que dejaron a un lado sus diferencias para luchar juntos contra la fuerza invasora de los filibusteros yanquis encabezados por William Walker.     

El segundo es la conmemoración de la Batalla de San Jacinto, del 14 de septiembre del mismo año 1856. Ese día un puñado de patriotas nicaragüenses derrotó a los filibusteros y cambió el curso de la Guerra Nacional, que con el apoyo de los demás ejércitos de Centroamérica terminó con la expulsión de Walker del territorio nacional, el 1 de mayo de 1857.

Y el tercero, la celebración de la Independencia Nacional proclamada en Guatemala el 15 de septiembre de 1821, cuando representantes legítimos de las cinco provincias de Centroamérica decidieron poner fin a la dominación imperial y colonial de España.    

Sin embargo, la celebración de las Fiestas Patrias ha sido falsificada por la dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo (o al revés, como sea el gusto de cada quien). La dictadura ha convertido las Fiestas Patrias en un jolgorio partidista y una manipulación de la historia para vaciar de sentimientos patrióticos la conciencia de los nicaragüenses, en particular los niños y jóvenes estudiantes, a los que envenena con una oprobiosa ideología totalitaria.    

Pero estamos seguros de que la mayoría de los nicaragüenses preservan su conciencia patriótica. Los que están en Nicaragua celebran calladamente las Fiestas Patrias con su verdadero sentido de amor a la libertad; mientras que los nicaragüenses de la diáspora, el destierro y el exilio las celebran abiertamente mostrando al mundo su orgullo de ser nicaragüenses. Lo hacen con devoción aunque están lejos de su tierra patria y a pesar de que muchos fueron despojados por la dictadura de su nacionalidad nicaragüense.

Apátrida significa no tener patria, de manera que decir “la patria de los apátridas” como titulamos este editorial, podría parecer un oxímoron o sea una contradicción de las palabras.

Pero no es una contradicción, porque los nicaragüenses que de manera directa o indirecta han sido despojados de su nacionalidad, no son apátridas en realidad. Las leyes que impuso la dictadura para quitarles la nacionalidad son arbitrarias y antijurídicas, no tienen validez ante la jurisprudencia histórica nicaragüense ni ante el derecho internacional.

Su patria es Nicaragua y nada ni nadie se las puede quitar. Y además son verdaderos patriotas, pues los han reprimido porque aman la libertad y la democracia que constituyen precisamente la esencia del patriotismo nicaragüense. ¿Acaso no fue para que Nicaragua fuese libre, independiente y democrática, que se declaró la Independencia Nacional en 1821 y se derrotó a los filibusteros en la Batalla de San Jacinto de 1856?

Juristas democráticos, sociólogos e historiadores, explican que así como la vida es el derecho humano individual fundamental, el primer derecho de una colectividad es tener patria. En ese sentido, la familia y la patria son dos instituciones sociales sin las cuales la persona humana no puede desarrollarse plenamente.

“Una nación es un alma, un principio espiritual”, cita el periodista francés Edgar Cherubini al historiador Ernest Renan, en un artículo de opinión que publicamos este mismo día en LA PRENSA y que nos permitimos recomendar su lectura.

Esa alma, ese principio espiritual, la dictadura no puede ni podrá arrancarlos de la conciencia de los nicaragüenses desterrados y exiliados. Ha pretendido convertirlos en apátridas, pero ellos siguen y seguirán teniendo en el corazón y su conciencia la patria hermosa, querida y añorada que es Nicaragua.

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