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En la vasta y extensa llanura de la historia, donde los pueblos escriben sus memorias a costa de sangre y muerte, glorias y derrotas, existe una sombra que oscurece, con descarada injusticia, el verdadero rostro de la España nuestra, la Leyenda Negra. Apenas hoy empezamos a darnos cuenta que esa sombra no está adherida al cordón umbilical de la verdad, sino al de la envidia, al de la pluma malintencionada, a la del ojo extranjero que mira, convenientemente, sin comprender. Así, la historia de España fue desfigurada, convertida en un tapiz de horrores selectivos, una sinfonía de burdas y manipuladas exageraciones, una condena escrita por quienes, hasta nuestros días, se proponen su ruina.
En mi modesto entender los historiadores están llamados a narrar hechos históricos reales y los envidiosos a escribir la leyenda negra. Gustavo Bueno sostiene que “la historia no es lo que sucedió, sino lo que se cuenta que sucedió”. Con estas dos sentencias se desenmascara el corazón envenenado de esta leyenda que, a mi juicio, mella nuestra dignidad como especie. El sistema educativo en América se ha apurado en ocultarnos que España construyó universidades, escuelas, hospitales, etc., solo nos enseña que España fue una bestia sedienta de sangre y riquezas.
Entonces, ¿dónde está la verdad? ¿Quién la enterró bajo el barro de la propaganda protestante y anglosajona? Mientras los ingleses devastaban a los nativos norteamericanos hasta borrarlos del mapa bajo el lema, “el mejor indio es el indio muerto”, España integraba, enseñaba, edificaba y culturizaba. Desde luego, no sin errores —¿o acaso existe imperio sin sombras?—, pero también con luces que hoy apenas se mencionan, cegadas por el resplandor del escándalo intencionalmente fabricado.
Pero antes que la dictadora del Carmen me tilde de tipo sin clase, fascista y huele rabo de España, cito al general Augusto C. Sandino quien escribió: “Yo veía antes con protesta la obra colonizadora de España, pero hoy la veo con profunda admiración. España nos dio la lengua, su civilización y su sangre, nosotros más bien nos consideramos como españoles indios de América”. Quizás estas palabras inspiraron al monstruo criminal del Caribe, Fidel Castro Ruz, a decir: “Queremos seguir siendo esa mezcla de españoles, indios y africanos, nos sentimos privilegiados por eso. Eso fue lo que nos dio historia, nos dio Dios, es lo que nos dio Santiago hace más de dos mil años y eso queremos seguir siendo, parte del alma pura de España”.
Estas contundentes afirmaciones rescatan y reivindican a España haciendo notar que no fue únicamente verdugo, sino que también madre, en una relación compleja, a veces cruel, pero también creadora y formadora, contrario a la Leyenda Negra que no admite tonalidades. Por ello la leyenda en cuestión es una pintura al óleo de un solo color: el rojo de la sangre y el negro del luto. Ajena y enajenada de la historia verdadera que tiene matices, claroscuros y ambigüedades.
Julián Juderías, el primero en llamar “Leyenda Negra” a esta construcción ideológica, denunció a principios del siglo XX el cúmulo de exageraciones, mentiras y deformaciones que fueron tomadas como verdades absolutas. Dijo: “Todo lo español es malo, atrasado, cruel, fanático y tiránico”. Esa fue la imagen exportada y adoptada, incluso, por los propios españoles, quienes bebieron el veneno preparado por sus enemigos.
¿Acaso no escribió Cervantes al final del Quijote, que la verdad adelgaza y no quiebra, y siempre anda sobre la mentira como el aceite sobre el agua? La verdad, como el aceite, flota, resiste, pero necesita tiempo y oídos atentos. Y mientras se recupera, debemos recordar que no toda espada fue látigo, que no todo fraile fue inquisidor. Que también hubo quienes enseñaron el alfabeto, construyeron caminos y cultivaron poesía.
Bartolomé de las Casas, con su voz de denuncia, fue utilizado como piedra de escándalo por quienes nunca tuvieron intención de corregir injusticias, sino de desacreditar a España. El testigo se volvió arma. Y así, el imperio más vasto del mundo fue descrito no por sus hechos, sino por los rumores de sus enemigos.
A los pueblos hispanoamericanos, herederos de esa contradicción, les queda la ardua tarea de mirar hacia atrás sin los lentes rotos del prejuicio. “Sólo el que no tiene memoria repite la historia”, dijo Eduardo Galeano. Y la memoria debe ser completa, honesta, sin espejismos ajenos ni autoflagelaciones vacías.
El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.