Todos los medios independientes nicaragüenses, los que por la férrea represión de la dictadura sólo pueden informar en línea y desde el exterior, han reportado que el abogado Carlos Cárdenas Zepeda murió en la cárcel, dos semanas después de haber sido secuestrado por la fuerza policial de la dictadura sandinista de Daniel Ortega y Rosario Murillo.
Cárdenas Zepeda fue uno de los asesores de la Conferencia Episcopal de Nicaragua en el Diálogo Nacional de 2018, en el Seminario de Fátima. Y habría muerto estando bajo custodia policial 15 días después de haber sido secuestrado por la misma Policía.
Ningún medio de comunicación independiente, ni las organizaciones sociales y políticas que han denunciado la muerte en la cárcel del doctor Cárdenas Zepeda como otro crimen de Estado de la dictadura han podido verificar la noticia. Primero por el hermetismo absoluto del régimen y segundo porque ningún miembro de su familia se ha atrevido a confirmarlo. No lo han querido hacer ni siquiera bajo condición de anonimato, que es como se tienen que verificar en Nicaragua las informaciones políticas, por la situación de miedo e incluso de terror que impera en el país.
Según los psicólogos, el terror es el mismo miedo, sólo que exacerbado y llevado a tal extremo que las personas aterrorizadas no pueden ni siquiera razonar con normalidad.
El terror es un instrumento de sometimiento de la gente, en manos de las tiranías absolutistas y las dictaduras totalitarias, que en lo que se refiere a la crueldad de la represión son lo mismo. Usan el terror como política de Estado, para someter a la gente e impedir —o reprimir si es el caso— cualquier manifestación de inconformidad, protesta, oposición o disidencia.
El terror totalitario es definido por la doctrina política como “el uso sistemático y extremo de la violencia y el control por parte de un régimen político”. Su propósito es someter y silenciar a la gente, ante todo por medio de la represión sistemática y despiadada, pero también mediante cualquier otro mecanismo de presión, económica, social, cultural, política e incluso familiar.
La escritora de origen alemán y nacionalizada estadounidense, Hannah Arendt, quien sufrió personalmente las atrocidades del totalitarismo, escribió sobre la naturaleza y características de este régimen político archicriminal. Explica Arendt que la diferencia del régimen totalitario con las demás dictaduras es que practica el terror estatal no sólo contra sus oponentes reales y declarados, sino también contra todas las demás personas, aunque ni siquiera se metan en política, incluso desde dentro de sus mismas familias.
El objetivo principal del totalitarismo con respecto al ser humano es aniquilar la singularidad de cada persona, despojarla de su espontaneidad, convertirla en un individuo sin valor. Así lo hizo Stalin en la antigua Unión Soviética comunista, donde nadie podía estar tranquilo, no había seguridad jurídica, se generalizó la delación y la falsificación de documentos, la simulación de pruebas y la detención sin fórmula de juicio. Los jueces en realidad eran verdugos, se cometían asesinatos en la cárcel y la acusación de “enemigos del pueblo” o “vende patrias” se imputaba a todo aquel que discrepara de la opinión del “líder” o a quien este considerara su adversario.
Eso ocurría en la antigua Unión Soviética de Stalin y en la Alemania de Hitler en la primera parte del siglo pasado. Pero con algunas variantes y actualizaciones es lo mismo que está ocurriendo actualmente en Nicaragua, donde el poder estatal comete atrocidades como la de detener a una persona por algún motivo político, o simplemente sospecha, y al poco tiempo, y sin dar ninguna explicación, entregan el cadáver a sus familiares.