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Después de que la dictadura concluyera con éxito la sanguinolenta “Operación Limpieza” del 2018, los que con su complicidad y cercanía han hecho del totalitarismo ortegamurillista un sistema más fuerte, robusto y despiadado, creyeron que lo que seguía era lo más cerca que iban a estar del cielo pues con los enemigos muertos, encarcelados, desterrados o desaparecidos, en adelante sólo restaba dedicarse al disfrute y deleite que dejan las mieles embriagantes del poder.
Pero nada más lejos de lo esperado, quienes se alzaron como el brazo armado de los dictadores hoy son los dueños de una pesadilla que lejos de terminar amenaza con alargarse en el tiempo y refinarse en crueldad. Quizás sin darse cuenta, con su apoyo, habían firmado un pacto con el demonio donde el rechinar de dientes apenas comienza.
La escalada de purgas en la Nicaragua de Rosario ha desatado, en todos sus cómplices, una especie de psicosis colectiva pues la disyuntiva no estriba en que si van a caer o no, sino cuándo.
La caída en desgracia del otrora laureado comandante de la Revolución, Bayardo Arce, me recuerda las purgas que orquestó uno de los criminales más grande que registra la historia, José Stalin, quien instauró en la Rusia Soviética un invierno de terror. Al igual que lo hace la Chayo hoy, Stalin creó la época de los hombres vacíos, de los gritos y las voces que se ahogaron antes de nacer, las purgas, destierros, encarcelamientos y desapariciones convirtieron el sueño revolucionario en una pesadilla dominada por el terror. Stalin tejía sus apetitos de poder con los cadáveres de sus allegados y disidentes, el país entero se volvió en el gran teatro del absurdo donde el acusado agradecía a su verdugo antes de morir.
El Partido, que alguna vez soñó con liberar al proletariado, ahora devoraba a sus propios camaradas. Bujarin, Zinoviev, Kamenev y muchos hombres más que caminaron junto a Lenin, caían como moscas bajo el veneno de las confesiones forzadas. ¡Larga vida a Stalin!, gritaban, ya muertos en vida, antes de que una bala les rompiera el cráneo en algún sótano olvidado.
En los juicios del asesino Stalin, el acusado se convertía en su propio fiscal. Los revolucionarios, antiguos camaradas de Stalin, ahora confesaban crímenes inverosímiles con una sonrisa demacrada. Sí, fui un saboteador, un fascista, un traidor. ¿Era hipnosis o tortura?, no, era la lógica siniestra del poder absoluto, donde la sumisión incondicional está por encima de la justicia y la verdad.
Hoy es Moncada, ayer fue Bayardo, antier los Baltodano, antes de antier Marvin y la Alba Luz, mas mañana puede ser usted. Pero, cuidado señora, porque el 26 de julio de 1794 Maximilien de Robespierre dio un discurso donde dijo que, “dentro de la Asamblea hay traidores y conspiradores”, pero su negativa a dar los nombres generó pánico y paranoia entre los diputados quienes dos días después hacen caer la cabeza de Robespierre bajo el peso de la guillotina.
Nadie está a salvo de la paranoia de la Mariposa de Hierro, los otrora verdugos y cómplices que oprimieron al pueblo son devorados sin piedad por el poder que ellos mismos ayudaron a consolidar.
El autor es un nicaragüense en el exilio.