Por qué el socialismo es el ideal fallido que no muere

El medio internacional PanAm Post ha publicado un artículo de opinión en el que explica, o trata de explicar, por qué las ideas socialistas siguen vigentes, a pesar de que han fracasado en muchos países. Y continúan fracasando.

Su fracaso más reciente es en Bolivia, donde el gobernante partido Movimiento al Socialismo (Mas) perdió por barrida las elecciones del 17 de agosto corriente, después de permanecer casi 20 años en el poder durante los cuales sus políticas socialistas arruinaron la economía y empobrecieron más al pueblo trabajador de ese país andino y suramericano.

Además, en Honduras, según las encuestas, el partido prosocialista que gobierna actualmente ese país centroamericano perderá las elecciones de noviembre de este año. Y tendrá que dejar el poder a menos que se imponga por medio de un gran fraude electoral como los que se acostumbran en Venezuela y Nicaragua.

El artículo que mencionamos en el comienzo de este editorial es suscrito por el historiador y sociólogo alemán Rainer Zitelmann, autor del libro The Power o Capitalism, publicado en 2019. Y en su artículo, Zitelmann cita a su vez a otro autor alemán, Kristian Niemietz, quien en su libro Socialismo: La idea fallida que nunca muere escribe que en el último siglo ha habido intentos por construir una sociedad socialista en más de dos docenas de países, incluyendo a Nicaragua. “Pero todos han terminado en fracasos de diversos grados”.

Niemietz se pregunta: “¿Cómo puede una idea (el socialismo) que ha fracasado tantas veces, con diferentes variantes y en tantos entornos radicalmente distintos, seguir siendo tan popular?” La explicación, según él, radica en que los socialistas “han logrado distanciarse exitosamente de esos ejemplos fracasados”.

Según Niemietz, cada experimento socialista ha pasado por tres fases: Primera, la ilusión por el proyecto de construir una nueva sociedad libre, próspera y feliz. Segunda, el desencanto ante el fracaso y la búsqueda de culpables: los capitalistas saboteadores, la contrarrevolución, el imperialismo, los traidores, etc. Y, tercera, la negación de que el experimento fracasado era el verdadero socialismo. La URSS, China, Corea del  Norte, Cuba (y ahora Venezuela), nunca fueron verdaderos países socialistas, aseguran.

Pero la explicación del porqué —a pesar de sus fracasos— el socialismo sigue cautivando la imaginación de mucha gente en el mundo, hay que buscarla sobre todo en la realidad de la extrema pobreza y la falta de oportunidades para una vida digna.

En esas condiciones el socialismo se manifiesta como un ideal de justicia social y de equidad económica; apela a los valores de la solidaridad, la cooperación y la dignidad humana, los que resultan atractivos frente a la realidad de la competencia desigual y del “principio” egoísta de progrese y sálvese quien pueda que plantea el capitalismo.

A mediados del siglo 19, el desarrollo del capitalismo en Europa y América del Norte impulsó un gran desarrollo material y la creación de riqueza como nunca antes se había visto. Pero al mismo tiempo condenó a mucha gente a la miseria y dividió a la sociedad en clases antagónicas.

En esas condiciones surgió la doctrina del socialismo de Carlos Marx y Federico Engels que en El Manifiesto Comunista llamaron a la destrucción violenta de la sociedad capitalista, la aniquilación de la burguesía y la construcción de una sociedad comunista que sería “el paraíso bello de la humanidad”.

La Iglesia católica, por medio de la encíclica Rerum Novarum (De las cosas nuevas) del papa León XIII, advirtió sobre la amenaza del socialismo marxista que en vez de abolir las desigualdades e injusticias sociales establecería un orden socioeconómico y político más opresivo y empobrecedor que el capitalismo.

“La amenaza del socialismo debe ser rechazada rotundamente, ya que solo perjudica a quienes parecería beneficiar, es directamente contrario a los derechos naturales de la humanidad e introduciría confusión y desorden en el bien común”, advirtió el papa León XIII en aquella histórica encíclica.

La propiedad privada es una necesidad y un derecho natural, proclamó León XIII en Rerum Novarum. Pero también lo es la dignidad del trabajo y de los trabajadores, su derecho a un salario justo y a organizarse y formar sindicatos, así como la obligación del Estado de intervenir en la promoción de la justicia social, la colaboración obrero-patronal para mantener la armonía social, y el rechazo a la falsa solución que ofrece el socialismo.

Donde se atendieron de manera explícita o implícita los postulados de la doctrina social de la Iglesia, la sociedad progresó con orden y justicia. Pero donde el capitalismo siguió funcionando de manera injusta  e inhumana, allí la engañosa prédica socialista siguió —y sigue— engañando a la gente. Con las desastrosas consecuencias económicas, sociales, políticas, culturales y morales que sufren actualmente los pueblos de Cuba, Venezuela, Nicaragua y Bolivia.

COMENTARIOS

  1. Hace 10 meses

    En mis años recién graduado de la universidad, realicé mi pasantía en el proyecto de construcción de una iglesia católica. Después de seis meses, la obra no contaba con los recursos suficientes para pagar a un ingeniero residente. El párroco encargado, un anciano con todas las características de un hombre bondadoso y entrañable, transmitía la sensación de creer con honestidad en su doctrina, pero sin imponerla. Mis prácticas habían concluido y no tenía ofertas laborales, así que decidí quedarme otros seis meses como voluntario hasta concluir el proyecto, con el propósito de adquirir experiencia y fortalecer mi currículo.

    Desde mis años de adolescente había simpatizado con las ideas del Manifiesto Comunista. A los 14 años, en mi inocencia, lo descubrí y quedé fascinado con aquella promesa de compartir la riqueza y los bienes. Sin embargo, no entendía entonces de dónde saldría esa riqueza si nadie la producía. Pronto comprendí que aquel ideal nacía con una falla de origen: colocar los medios de producción en manos del Estado, cuya ineficiencia terminaba siendo una condena a la miseria. Podríamos teorizar desde Hegel hasta Kant, pasando por Engels y Marx, pero la sabiduría popular resume mejor la cuestión: “El ojo del amo engorda el ganado”. Así, al inicio de mis veinte años, me desilusioné del socialismo. Conservé mi sensibilidad social, pero encontré en el liberalismo un marco más justo para la sociedad. Y ya en mis cincuenta, me reconozco como libertario.

    En paralelo, también en esos años adopté el ateísmo, convicción que hoy mantengo con mayor firmeza. Sin embargo, siempre he procurado hacerlo desde la humildad, sin la intención de convencer a nadie de mis no creencias, y con el debido respeto hacia quienes sí creen.

    Tuve un gran respeto por el fallecido Monseñor Vallina. Su carisma y ternura lo hacían parecer el clásico abuelo dulce y comprensivo. Después de recibir sus bendiciones cotidianas, nunca me atreví a confesarle que era ateo. Una vez, al llegar tarde al trabajo, él comentó a mis compañeros que yo era “un buen cristiano”. Ellos le replicaron que en realidad yo era “comunista”. Cuando entré, Monseñor me preguntó directamente:

    —¿Es cierto, hijo?

    Yo le respondí que, para mí, el socialismo ya era un experimento fallido y que, aunque de joven había simpatizado con él, había comprendido sus limitaciones.

    Con gran lucidez, Monseñor les dijo a mis compañeros, que poco sabían del tema:
    “Quien a los 14 años no es comunista, es un insensible; pero quien todavía lo es en sus veinte, merece más bien lástima que reproche”.

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