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Katia Cardenal vive desde 2019 en Noruega, país que ya conocía por su trayectoria musical previa en los años 80 y 90. Esta vez Europa la recibió en un momento distinto de su historia y la cantautora ha tenido que reinventarse y readaptarse a un nuevo entorno.
Lejos de los escenarios masivos, Katia Eugenia Cardenal Barquero, de 62 años, ha redescubierto su antigua vocación de educadora y ha reencontrado en la niñez que ahora cuida y con la cual trabaja, la inspiración para una nueva etapa musical.
Katia Cardenal recuerda cómo, tras salir de la Nicaragua convulsa en 2019, llegó a Oslo y en medio del silencio que trajo la pandemia, comenzó a componer canciones de cuna y arrullos, como un bálsamo para la soledad y la nostalgia.
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La Katia Cardenal de hoy es distinta a aquella que junto a su hermano Salvador formaron el célebre Dúo Guardabarranco en los años 80, música que marcó una época en la canción latinoamericana con temas que hablaban de amor, naturaleza, paz y compromiso social.
Por entonces grabó más de veinte discos —solista y en dúo— y su repertorio fue una referencia constante para generaciones de artistas y oyentes.
En este entrevista Katia Cardenal habla de su nuevo disco: La luna y yo, un álbum dedicado a la niñez, pero especialmente a las madres. Conversamos con Katia para conocer las raíces y los impulsos de esta nueva etapa, en la que la música vuelve a surgir desde la realidad de su propia cotidianidad.
Has tenido una carrera musical de más de 40 años, desde tus inicios con el Dúo Guardabarranco hasta tu trayectoria como solista. ¿Cómo describirías la evolución de tu música a lo largo de estas décadas y qué lugar ocupa tu nuevo disco en esta trayectoria?
La música ha ido de la mano con mis experiencias personales, ha sido mi compañera de vida, mi forma de recoger lo que sucede a mi alrededor y traducirlo a un lenguaje universal a través de la poesía, y así acompañar a otros al cantarla, buscando cómo coincidir con quien me escucha, en los sentires de la vida misma. Por eso este nuevo disco de arrullos viene a ser precisamente el relato de lo que me acontece en esta nueva etapa que estoy viviendo. Lejos de los escenarios, pero con los brazos llenos.

Vives en Oslo, Noruega, desde hace varios años, un lugar muy diferente culturalmente de Nicaragua. ¿Cómo ha influido este entorno en tu proceso creativo y en la forma en que concibes tu música hoy en día?
Estar en Noruega de regreso, después de muchos años de no haber estado acá, ha sido una experiencia muy distinta a la que tuve con anterioridad. La primera vez que vine tenía 33 años, firmé con una disquera local, grabé siete álbumes, obtuve un disco de oro. Hice conciertos por todo el territorio y hasta representé a Noruega en otros países como Guatemala, Colombia, España y Cuba, cantando canciones noruegas en español. Esta vez es muy distinto. Vine casi a mis 60 años, en condiciones muy distintas a la vez anterior, y además vino el covid justo después de instalarme acá y el mundo se paralizó. Entonces llegó un gran silencio y pude sentir claramente la soledad al estar lejos de mi casa y de mi país. Me puse a escribir y grabé un disco que se llama Aletea, que salió en el año 2020, donde pude soltar muchas cosas guardadas: perder a mi padre, a mi hermano y salir de Nicaragua. Ahora he grabado un disco con arrullos titulado La luna y yo. Ambos reflejan los diferentes estados y vivencias que he experimentado desde que me mudé a Noruega en 2019.
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Tu nuevo disco está dedicado a la niñez según lo que publicas en Instagram. ¿Hay alguna experiencia personal o profesional que te haya acercado especialmente a este tema?
Durante la pandemia empecé a trabajar como maestra, esa es la opción que se abrió para mí, y desde entonces trabajo con niños pequeños. Por eso este nuevo álbum La luna y yo contiene arrullos inspirados en mi nueva situación. Esto ha revivido mi instinto maternal primario y, aunque no tengo nietos, los bebés que arrullo y con quienes comparto mis días, me han inspirado a escribir canciones de cuna de nuevo.
En el año 1999 salió mi primer álbum infantil En Revesladía con canciones noruegas en español, y en 2017 lancé Trampolín, con canciones que escribí a mis hijos y sobrinos cuando eran pequeños. Me encanta hacer canciones para niños, y cuando logro obtener la inspiración, la aprovecho.
Sabemos que trabajaste como educadora musical en Nicaragua, enseñando flauta y solfeo a niños y adolescentes en los años 90. ¿Ha influido esas experiencias en tu enfoque actual para crear música dedicada a la niñez?
Sí, yo me gradué de la Escuela Nacional de Música en 1984 como educadora musical y trabajé como maestra en Nicaragua y Honduras durante diez años, hasta 1994. Hoy, al hacer canciones para niños siempre recuerdo mis clases de didáctica con una profesora argentina que nos dio a conocer un repertorio muy bonito de canciones infantiles cuando estudiábamos. También las clases de dirección coral y flauta dulce contenían melodías sencillas y pegajosas que han influido a la hora de componer. Pero también recuerdo las melodías que nos cantaba mi mamá, y eso forma parte de mi escuela e inspiración.
¿Qué mensajes o emociones buscas transmitir a través de las canciones de este nuevo álbum?
La emoción principal es el amor incondicional de madre. El mensaje es atreverse a sentir que se puede tener un espacio para expresar ese sentimiento abrumador que es el ser madre, sobre todo de un bebé pequeño que depende completamente de ella y sus cuidados.
Poder hablar del gozo de ese momento tan fugaz que es la primera etapa de la maternidad con sus altibajos, desde mi perspectiva actual con mis hijos ya grandes, es parte fundamental de esta historia.
En realidad, La luna y yo es un disco para las mamás, para que ellas le canten a sus hijos, y que desde ellas se vuelva un disco para niños. La música en la primera etapa de cualquier ser humano, es el modo más sencillo y maravilloso de comunicación, y nos hace sentir arropados de una manera en que nada más lo puede hacer.
En tu álbum anterior, incluiste canciones con un toque muy personal, como Aletea ¿Hay elementos similares en este nuevo disco?
La canción Aletea la escribí para mi hijo menor, cuando lo encontré llorando por la muerte de mi hermano, Salvador (fallecido en 2010). Él estaba especialmente triste porque a su tío no le dio tiempo de escribir una canción para él, como sí le escribió a mis otros tres hijos.
Aletea entonces es una canción para ir a buscar al que se fue, en ese mundo fantasioso que los niños pueden imaginar.
En La luna y yo también quise expresar la añoranza que siento de tener a mis hijos en mi regazo. Me hizo recordar los momentos en que no pude hacerlo por compromisos laborales, y me hace pensar en todas las mamás que tienen que dejar a sus hijos aún en la cuna por tener que salir a trabajar. Esto también me ha inspirado a escribir estas canciones. A mí me ayudaron mujeres maravillosas a cuidar a mis hijos y ahora soy yo quien cuida a los hijos de otras mamás.
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Veo que has grabado canciones tradicionales de Nicaragua con partes en noruego, como en tu colaboración con el coro SKRUK para la Misa Campesina Nicaragüense. ¿Qué te motivó a fusionar estas tradiciones musicales tan distintas?
Desde niña he amado la música folclórica. Mi abuelo Salvador Cardenal Argüello fue una gran inspiración, no sólo para nuestra familia, sino para todo el que escuchó Radio Güegüense o tuvo en sus manos su álbum Nicaragua, música y canto. Antes de Guardabarranco fui parte de un grupo colegial de música donde cantábamos la Misa Campesina. Sus melodías y sus letras tan autóctonas se quedaron por siempre en mi corazón.
La casa disquera noruega con la que colaboré se llama Taller Cultural de la Iglesia (Kirkelig Kulturverksted) y se caracterizan por lanzar música original de cantautores, proyectos multiculturales y música sacra, la combinación perfecta para mí. Por eso les propuse grabar la Misa Campesina con el coro SKRUK. Fue una grabación maravillosa entre la iglesia San Francisco de Granada y la iglesia de Volda en Noruega. Para el público noruego siempre es interesante conocer música de otros pueblos, este es un país con apenas 6 millones de habitantes y sólo ellos hablan su idioma, por lo tanto, son muy abiertos y curiosos a este tipo de proyectos multiculturales.

¿Cómo mantienes tu conexión con las raíces nicaragüenses en tu música mientras vives tan lejos?
Gracias a las plataformas de música y las redes sociales me mantengo conectada a la música nicaragüense, así como mi amistad con otros músicos nicaragüenses. Yo pienso en Nicaragua todos los días. Yo soy Nicaragua, ella vive en mí y yo en ella.
Por otro lado, la comida es el ancla a tierra para sentirme en casa de alguna manera más concreta. Yo echo y como tortillas de maíz todos los días. Rebusco en los mercados internacionales la masa de maíz, el plátano, el culantro, la yuca o los frijoles. El otro día encontré quiquisque y fue día de fiesta para mí. Esto me ayuda mucho a sentirme más cerca aún.
Has colaborado con tus hijos, Nina, Sebastián y Alex, en proyectos musicales. ¿Qué papel han jugado en este nuevo disco dedicado a la niñez?
Me siento muy afortunada de poder trabajar con mi familia. Nunca imaginé que tres de mis hijos serían músicos profesionales. He trabajado con Nina en grabaciones, giras y conciertos desde que ella tenía 12 años. Luego se sumó Sebastián (Siddhartha) y por último el cumiche Alex.
Este último proyecto lo realicé con él y su novia Tilla Gaasø, una talentosa pianista y cantautora noruega. Lo grabamos en los estudios de la universidad, ellos hicieron los arreglos para el piano, Alex fue el ingeniero de grabación y estuvo a cargo de la mezcla. Fue masterizado en un estudio noruego. Ya que son arrullos, quería algo melodioso y sencillo para acompañarme y el piano es una buena cama para una canción de cuna.
Por otro lado, mi hija Nina hizo la ilustración maravillosa que hace la portada del álbum mostrando a una madre y su bebé fundidos en un abrazo. Esta es una nueva forma de colaboración con la cual también estoy encantada.
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En tu carrera, antes cantabas sobre temas más sociales como la paz, la ecología y la patria. Hoy de niñez y madres, ¿cómo se refleja tu realidad con estos valores en tu nueva etapa?
Yo creo que todo lo que canto al final es social. Hasta una canción romántica puede ser social, porque la relación de pareja afecta a la integridad de la persona. El derecho de la niñez a tener a su madre a su lado para cuidarlo y amamantarlo al menos los primeros meses de su vida no es un derecho que se da con facilidad. Que un niño pueda gozar de alguien que le cante y tenga tiempo para acunarlo en sus brazos también es un privilegio en muchas sociedades. Ser mujer, madre y cantautora y hacer canciones de cuna es un tema social. Nadie más lo hace en Nicaragua. Me gusta ser pionera en lo que hago.
Para cerrar, Katia, ¿qué sueños o proyectos tienes para el futuro en la música?
La verdad siempre he sido una persona que le gusta vivir, explorar y experimentar a fondo los momentos que me presenta la vida, y de ahí me he inspirado para escoger lo que canto o para hacer canciones. Por ahora no tengo ningún proyecto concreto para un futuro inmediato. Este último álbum fue autofinanciado y ha sido difícil hacer realidad este sueño que alberga estos arrullos.
Hay cinco años entre Aletea y La luna y yo. Quizá es fácil entonces entender lo difícil que es para mí en estos momentos de mi vida seguir activa musicalmente. No sé lo que me depara el futuro. Es definitivo que la música vive en mí y siempre vuelve a asomarse con un nuevo color. Pero también es caprichosa la inspiración y yo no puedo forzarla. La dejo fluir nomás.
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