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La fórmula para hacerse multimillonario de Bayardo Arce es tan meteórica que en la actualidad se estudia —con gran asombro y avidez— en las universidades más prestigiosas del planeta. Los economistas más renombrados del mundo como Joseph Stiglitz, Thomas Piketty, Ester Duflo y Amartya Sen, se verían en serios problemas para crear una fórmula que sea capaz de convertir a un periodista pobre y necesitado en un gran potentado, en un empresario exitoso, en un acaudalado multimillonario que alcanzó tal estatus sin pasar si quiera por millonario.
Hasta hace poco, el actual convicto se pavoneaba por los pasillos del poder con velados delirios de grandeza, su trayectoria guerrillera le daba ese talante petulante del que tanto disfrutaba en exhibir. Bayardo era el único de los serviles y compinches de la dictadura que se le toleraba dar declaraciones a los medios de comunicación.
Gracias a su poder, fama y riqueza, vivía literalmente al margen de la justicia. El Bayardo de ayer era polifacético, era político, una celebridad, un empresario, un servidor público que había logrado salir indemne de sonoros escándalos, protegidos por su manto de impunidad que lejos de acotar sus privilegios los refrendaba. Los carbones arden Bayardito y día tras día Rosario le recordaba al comandante que los bienes de su protegido, en nombre de la Revolución, se los había robado al Estado de Nicaragua y desde entonces se había hecho el gato bravo con ellos.
Pero la historia que se está escribiendo de Bayardito ya antes la había escrito Nicolás Fouquet (1615˗1680) corrupto ministro de finanzas del rey de Francia Luis XIV. Tanto Bayardo como Fouquet caen por una combinación fatal de ambición personal, error de cálculo político y la determinación absoluta de la Rosario y Luis XIV para atornillarse en el poder.
En el caso de Fouquet, la Construcción del Palacio Vaux-le-Vicomte fue el símbolo máximo de su error. Fouquet reunió a los mejores artistas y arquitecto de la época para crear un palacio y unos jardines insuperables. El 17 de agosto de 1661 invita a su majestad a una fastuosa fiesta de inauguración con el ánimo de impresionarle y a la vez ganarse su favor, pero en realidad Luis XIV vio la prueba palpable de que su súbdito vivía mejor que el propio rey. La belleza del palacio le recordó que el suyo, el Louvre, era anticuado y modesto en comparación al de Fouquet. El día cinco de septiembre de 1661 Fouquet fue arrestado y condenado a prisión perpetua por malversación.
El pecado de Bayardito no fue construir un palacio sino ver con desdén y desprecio a la mujer toda poderosa y que hoy comparte la banda presidencial. Encerrado en los calabozos por donde pasaron valientes opositores, besa el hacha de su verdugo que él y los otros caídos en desgracia afilaron con gran afán y mal tino.
El autor es escritor nicaragüense exiliado en España.