El derecho de los pueblos a la defensa

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Hay que reconocer que para bien o para mal, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha sido para los pueblos latinoamericanos motivo de profunda inquietud y preocupaciones. Nuestros abuelos, como reflejo de esa actitud decían que “cuando los Estados Unidos estornudan América Latina se resfría”.

Y tenían razón. Porque tradicionalmente, por ser los EE. UU. una potencia mundial su influencia en nuestros países ha sido muy importante, principalmente en lo económico y en lo político. En lo económico, en la mayoría de los países de América Latina entre el 60 y 70 por ciento de sus exportaciones van a los Estados Unidos.

En lo político, era tal el dominio que pretendían ejercer sobre las Américas al sur del río Bravo, que uno de sus presidentes, James Monroe (1758-1831) creó en 1823 su propia doctrina para evitar en nuestras tierras el asentamiento de los europeos. El lema de esa doctrina es: “América para los americanos”. El libertador venezolano, Simón Bolívar, en 1829 se refirió a tal pretensión en los siguientes términos: “Los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.

La historia nos recuerda con terror que después de las sangrientas tiranías militares del siglo XX, como la de Pinochet en Chile, con la fundación del socialismo del siglo XXI, basado en falsas promesas de justicia, progreso y libertad, se consolidaron las dictaduras de Cuba, Venezuela y Nicaragua. Pandillas de facinerosos, usurparon descaradamente los nombres de nuestros próceres: Martí, Bolívar y Sandino. Y se confabularon militares corruptos con mercenarios y narcotraficantes, para apoderarse del poder público a perpetuidad. Como el sistema político que trataron de implantar fracasó y como necesitan recursos económicos para mantener el aparato represivo, hoy se confunden en franco maridaje con los cárteles de la droga para vergüenza de los países que dicen representar.

Es en estos casos seguramente cuando los próceres de nuestras repúblicas llegaron hasta justificar la rebelión de los pueblos reprimidos en contra de sus opresores. En los Estados Unidos, por ejemplo, que el próximo año cumplirá su 250 aniversario de vivir en democracia, tanto Jefferson como Lincoln reconocieron el derecho que tienen los pueblos no solo a protestar sino a cambiar el gobierno cuando se considera que este por sus abusos ya resulta intolerable.

En un discurso que Lincoln pronunció ante el Congreso en 1848 expresó: “Todo pueblo, en cualquier parte, si lo desea y tiene poder para hacerlo, posee el derecho de rebelarse y derrocar al gobierno existente y formar uno nuevo que le convenga mejor. Se trata de un derecho valioso, muy sagrado, un derecho que confiamos y creemos ha de liberar el mundo”.

En esa misma línea de pensamiento, Jefferson en la Declaración de la Independencia (1776) después de valorar “que todos los hombres hemos sido creados iguales” ya había dejado establecido lo siguiente: “Para garantizar estos derechos se instituyen gobiernos entre los hombres, pero previo consentimiento de los gobernados. Siempre y cada vez que una forma de gobierno imposibilite el acceso a aquellos derechos el pueblo puede modificarla o abolirla y crear un gobierno nuevo”.

Si nos basamos en las últimas declaraciones y actitudes salidas tanto de la Casa Blanca como del Departamento de Estado, tanto del presidente Trump como de su principal asesor en política exterior, Marco Rubio, fácilmente puede deducirse que hay fundadas esperanzas de que ¡por fin! los Estados Unidos deje la posición blandengue, que han tenido en los últimos años con las dictaduras del socialismo del siglo XXI y asuma el papel que le corresponde como líder del mundo libre en la América continental.

Es inaceptable y hasta absurdo que mientras nuestros pueblos derraman su sangre y sufren toda clase de vejámenes en calles y ciudades, por defender los valores y principios que nos son comunes con los Estados Unidos, estos, que cuentan con los recursos necesarios para enfrentar dicha situación, se limiten a estar dando declaraciones e inocuas sanciones de dudosa efectividad. Todavía es tiempo de parar esa maldita plaga que amenaza con inficionar a países como Bolivia, Honduras, Colombia y otros que no quiero mencionar. Mañana puede ser demasiado tarde.

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).

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