Para los demócratas de Bolivia haber ganado las elecciones generales del pasado domingo 17 de agosto ha sido una tarea muy difícil. Sin embargo, gobernar ese país tan dañado en todos los órdenes por el socialismo revolucionario que lo ha desgobernado durante casi veinte años será mucho más complicado.
Como sabemos, las elecciones bolivianas del domingo pasado confirmaron todos los pronósticos que hicieron previamente los principales analistas independientes y las encuestas.
Primero, las elecciones fueron libres, limpias y tranquilas, a pesar de que el gobernante partido Movimiento al Socialismo (Mas) no se ha distinguido precisamente por ser respetuoso de las instituciones y las reglas de la democracia. Además, la realización de estas elecciones ha demostrado el craso error de algunos doctrinarios de la derecha radical que han calificado al régimen de Bolivia como una dictadura revolucionaria igual a las de Venezuela, Nicaragua y Cuba.
Segundo, en la elección del domingo pasado ninguno de los candidatos presidenciales alcanzó la mayoría absoluta de votos. De manera que habrá una segunda vuelta electoral el próximo 19 de octubre con la participación de los candidatos que quedaron en los dos primeros lugares. En este caso, la única sorpresa fue que en el primer lugar no quedó el candidato que previeron las encuestas, sino el que era ubicado en tercer lugar.
Tercero, la izquierda autoritaria que gobernaba en Bolivia no sólo perdió el poder presidencial. También fue barrida de escaños en el Senado y la Cámara de Diputados, en las que era mayoritaria, pero quedó reducida a una ínfima minoría.
Cuarto, a partir de la segunda vuelta electoral presidencial que tendrá lugar el próximo 19 de octubre, el Estado Multinacional de Bolivia (como es su nombre oficial) será gobernado por un presidente de derecha democrática, con un programa de gobierno completamente opuesto al de los socialistas. Esto será prácticamente una revolución pacífica, sin derramamiento de sangre, que impulsará de manera reformista, gradual y evolutiva los cambios económicos, sociales y políticos que necesita el país para salir de la crisis que va a heredar del socialismo.
Además, el próximo gobierno democrático tendrá que lidiar con la oposición de una izquierda opositora cimarrona, que a pesar de la derrota apabullante que ha sufrido en las urnas de las votaciones tiene suficiente fuerza, experiencia, organización y falta de escrúpulos para acosar al nuevo —y al comienzo necesariamente débil— gobierno democrático con toda clase de protestas y asonadas subversivas.
Consciente de esa situación muy compleja que podría enfrentar el próximo gobierno democrático, el candidato que quedó en segundo lugar y que disputará la Presidencia de Bolivia en la segunda vuelta, Jorge Tuto Quiroga, planteó el mismo domingo pasado que se debe procurar la unidad nacional para poder gobernar exitosamente.
Ya lo veremos. Los dos candidatos son personas políticamente responsables con la preparación y la experiencia necesarias para enfrentar el enorme desafío que enfrentará Bolivia después de la segunda ronda electoral. Y ambos saben muy bien que la división entre fuerzas políticas de la misma naturaleza que tienen iguales propósitos, sólo conduce a hacer más difícil la tarea de gobernar y que, en determinadas circunstancias, las lleva también al fracaso
¿Acaso no lo ha demostrado así la patética derrota de la izquierda revolucionaria hasta ahora gobernante en Bolivia, por su división fraccional, apetitos particulares de poder, y enfrentamientos a muerte entre sus mismos seguidores?