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Si Dante Alighieri (1265-1321), el italiano y célebre autor de La divina comedia existiera en estos tiempos, estoy seguro de que les anunciaría al comandante Ortega y a su señora Rosario, que su futuro destino está en el círculo del infierno donde deben estar Hitler, Stalin y todos los execrables tiranos que en la historia han sido.
Hago esta afirmación categórica después de haber leído con detenimiento los últimos informes que han presentado a la consideración pública las Comisiones de Derechos Humanos de la ONU, OEA, y el informe Nicaragua: una Iglesia perseguida, de la distinguida investigadora y abogada doctora Marta Patricia Molina.
Los nicaragüenses y el mundo entero lo saben, que el régimen de los Ortega-Murillo desde que reasumieron el poder en el 2007 se han convertido, según el exembajador de Uruguay ante la OEA, Washington Abdalá, “en la peor dictadura de todas las que imperan hoy en suelo americano”.
En la Nicaragua actual no hay libertad de expresión, no hay libertad para elegir a sus gobernantes, no hay libertad empresarial, no hay libertad sindical, no hay autonomía para las minorías étnicas (miskitos, sumos y ramas), no hay libertad para movilizarse dentro o fuera del país, y para el colmo de males se violan las leyes humanas y divinas.
El estado de cosas es tan lamentable que si usted quiere comparar a Nicaragua con otro país, región o tribu debe hacerlo con los hotentotes de África, ya que sólo falta que a cada ciudadano(a) le den su pito y su tambor y que con su bandera rojinegra lo manden como policía auxiliar a espiar a sus vecinos.
Mas, en cuanto a la libertad religiosa, considerada como un derecho sagrado en casi todas las Constituciones de América Latina, quiero dar vuelo un poco a mi imaginación, reflexionando en un pasado que ya nunca volverá: qué dirían mi vecina de hace casi 50 años, doña Lidia Saavedra de Ortega (q.e.p.d.) o Germania (q.e.p.d.), madre y hermana respectivamente, del comandante Daniel Ortega, si vivieran hoy y les preguntara: “¿Qué les parece a ustedes el empeño, digno de Satanás, de Daniel y su consorte, en tratar de destruir a la Iglesia católica y erradicarla de Nicaragua?”
Ellas, que con tanta devoción y lágrimas en sus ojos vieron en el terremoto del 72 que asoló Managua, convertirse a la iglesia de San Antonio en un montón de escombros ¿Qué dirían sobre lo que su hijo y su hermano están haciendo ahora? Hago estas tristes remembranzas porque me parece inconcebible que los hijos de ejemplares matrimonios cristianos estén tratando de destruir la obra redentora e imperecedera del Cristo crucificado.
De acuerdo con los informes que ya he mencionado desde 2018 hasta el 2024 se han producido 971 ataques ordenados por el binomio presidencial en contra de la Iglesia católica, se han prohibido 11,763 actividades de piedad popular, se ha expulsado del país a 62 sacerdotes, centenares de monjas, monaguillos y diáconos. Se han cerrado arbitrariamente medios de comunicación como Radio María. Entre los expulsados se encuentran los monseñores: Silvio Báez (obispo auxiliar de Managua), Rolando Álvarez (obispo de Matagalpa), Isidoro Mora (obispo de Siuna) y monseñor Carlos Enrique Herrera (obispo de Jinotega y presidente de la Conferencia Episcopal de Nicaragua).
En cuanto a la relación entre el Vaticano, la dictadura anticristiana de los Ortega-Murillo, y el pueblo nicaragüense, puedo decir que los nicaragüenses recordamos con mucho cariño a Juan Pablo II, quien en una de las visitas que nos hizo en el siglo pasado y en momentos sumamente difíciles para la colectividad nacional, nos dijo: “¡No tengáis miedo!” Del papa Francisco, para muchos de nosotros los católicos, pasó sin pena ni gloria, con una política neutra de “dejar hacer, dejar pasar”. Y con respecto al actual papa León XIV hay grandes expectativas sobre su próximo desempeño, no sólo por el nombre que escogió, que nos recuerda a León XIII, el autor de la encíclica Rerum Novarum que pasó a ser parte fundamental de la doctrina social de la Iglesia católica sino también por la vinculación y conocimiento que tiene, por su trayectoria, de los problemas que afligen a los pueblos latinoamericanos. Esperemos que no nos defraude.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).