Oposición no es opción para tomar el poder ante una implosión de la dictadura

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Este comentario irritará a gran parte del liderazgo opositor, pero no es posible evitarlo porque las verdades son amargas. Y corrosivas.

La última gran purga en el gobierno dada en días recién pasados con la captura de Bayardo Arce, y la “fuga” de Lenín Cerna y su esposa antes de que llegaran a aprehenderlo a su casa, “me hacen temer” una acelerada descomposición de la dictadura que sería mejor que no colapse muy rápidamente, porque con una oposición desunida, desorganizada y confrontada, lo que sobrevendría sería el caos.

Lo deseable ante las señales que podrían augurar la caída del régimen Ortega-Murillo a corto plazo, es que estas circunstancias especiales de la historia deberían ser un extraordinario aliciente para que la oposición se ponga en orden, a la altura de las circunstancias, en correspondencia con la vocación de servicio que deberían tener en favor del pueblo nicaragüense.

Con una oposición dispersa “matándose”, acusándose y criticándose de manera desbocada, no habría una opción de gobierno. La situación es grave, porque algunos liderazgos tienen perspectivas antagónicas, como si fueran enemigos, sólo porque uno es de izquierda y otro de derecha y otro socialdemócrata. Estando así las cosas nada bueno pasaría si cayera la dictadura, pues quién sabe a qué berenjenal nos meteríamos, y la historia ya nos enseñó que no es cierto que después de una dictadura, es mejor cualquier cosa.

La masiva insurrección cívica nacional de abril —excepto en algunos tranques con muy pocas armas— nos dejó lecciones valiosísimas, entre ellas fuertes indicios de que buena parte de la población quiere trascender, y con su lucha formar un gobierno que rompa con la tradición bélica, de antagonismos, corrupción, amiguismo, militarismo, autoritarismo, etcétera, e inaugurar una nueva época que siente las bases institucionales para marchar hacia el desarrollo.

Abril nos enseñó que hay que desterrar de la política toda forma de aprovechamiento personal, familiar y empresarial, que nos ha atado a la pobreza y el subdesarrollo, para lo cual es indispensable un gobierno y un programa nacionales, que a su vez requieren de una fuerte, dinámica y sostenida unidad nacional.

No se trata de “quitate vos para ponerme yo”, eso es de un pasado funesto, sino de crear sólidas bases y pilares para ir creando una institucionalidad funcional, que haga realidad los preceptos básicos de la democracia formal, donde sea verdad que nadie estaría por encima de la ley, y que el empresariado no solo se engorde desmesuradamente, sino que no se aproveche del Estado, sino que contribuya con efectividad al desarrollo.

El canibalismo político al que hemos estado acostumbrado debe ser cortado de raíz, de manera que todos, personas y partidos, cumplamos con la Constitución y las leyes, y que con reglas transparentes funcionemos de modo proactivo en favor de la sociedad, aceptando el rol que nos asigne el voto de verdad secreto de la gente.

Estamos acostumbrados a un ejercicio político tan pervertido, que suena inocente que no haya emboscadas, pisotones, cascaritas de bananos puñaladas por la espalda, etc., sino un juego limpio, de modo que la política sea en realidad en beneficio del bien común.

Las prácticas políticas negativas en Nicaragua desde la proclamación de la independencia nacional hasta nuestros días han sido de lo peor: golpes de Estado, conspiraciones civiles y armadas, coimas y sobornos, extorsiones, amenazas, secuestros, asesinatos, y toda la galería de acciones y actividades delictivas de las que es capaz el ser humano. 

En el corto plazo no es posible “reconvertir” a las fuerzas políticas del país en el exilio, para que la caída de la dictadura tenga un relevo de decencia, de lúcida reconstrucción moral y material del país para abrirle las puertas a Nicaragua hacia un futuro de libertad y justicia social en un Estado de derecho.

Sabemos que “a todo chancho le llega su sábado”, y la descomposición que sufre la dictadura Ortega-Murillo indica que “ese sábado” llegará pronto, pero esto podría ser solo “una llamarada de tuza” para el pueblo, y un gran festín para los depredadores de siempre: políticos, empresarios y sociedad civil corruptos.

Hay que prepararse para la toma y ejercicio el poder desde la perspectiva del interés nacional, lo que demanda una actitud nueva, de servicio, y un esfuerzo colectivo en el que participen todas las fuerzas del país: partidos políticos, empresarios grandes, medianos, pequeños y micros, sindicatos, cooperativas, organizaciones sociales sin ánimo de lucro, mujeres, obreros, campesinos, estudiantes, profesionales, etc.

Urge realizar esfuerzos unitarios para que las circunstancias no nos hallen movidos porque a esta dramática cita con la historia debemos llegar listos, y puntualmente, con todas las capacidades y herramientas indispensables para aprovechar de una vez y para siempre la nueva oportunidad que nos dará la historia.

La bebemos o la derramamos, podríamos decir, pero en realidad no hay opción, solo un camino.

El autor es ex preso político exiliado.

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