Reforma constitucional contra la democracia en El Salvador

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La Prensa Libre de El Salvador —periódico hermano de LA PRENSA de Nicaragua— editorializó en su edición del viernes 1 de agosto sobre la reforma constitucional que el día anterior aprobó la Asamblea Legislativa de ese país. La reforma es para permitir la reelección indefinida del presidente Nayib Bukele, extender el período presidencial a seis años y eliminar el requisito de la mayoría absoluta de votos para la elección del presidente de la República.

“Regresión y precarización de la democracia en El Salvador”, es el título del editorial de La Prensa Gráfica sobre la aprobación de la reforma constitucional que ha conmocionado políticamente a ese país hermano y ha sido calificada por algunos como la muerte de la democracia salvadoreña.

Como es fácil suponer, dicha reforma ha sido promovida —casi que ordenada— por el presidente Nayib Bukele que controla todos los poderes del Estado, con el propósito de asegurar su permanencia en el poder de manera indefinida. Lo mismo que ha hecho Daniel Ortega en Nicaragua.

El editorial de La Prensa Gráfica informa —o más bien dicho, denuncia— que la reforma constitucional de marras fue aprobada “sin previo aviso, sin ningún tipo de consulta popular, sin consultarle a ningún panel de juristas, sin ninguna comisión técnica de por medio”. Todo eso “para permitirle a quien detenta el poder competir las veces que estime convenientes, sin límites de ninguna índole”.

Agrega el prestigioso periódico salvadoreño que la imposición de la reelección presidencial sin límite hace retroceder y socava gravemente la democracia salvadoreña, es “un ejercicio del poder crudo, puro y duro”. Y advierte que “detrás hay un análisis que, lejos de hacer cuentas alegres, prevé tiempos difíciles, de erosión de la imagen y de volatilidad social debido a las medidas de ajuste, a la situación económica, al desempleo y al estrechamiento del espacio cívico a mínimos que no se sufrían desde antes del conflicto armado”. O sea, la guerra civil que asoló a El Salvador entre 1980 y 1992 y en la que, dicho sea de paso, se inmiscuyeron los sandinistas después de que derrocaron al régimen somocista.

La Prensa Libre dice que “los estrategas oficialistas ojalá adviertan que la transformación del sistema político en poco menos que uno de partido único, a partir de todas las decisiones que se han tomado, generará mucha desazón, porque a la proverbial inmovilidad social habrá que agregarle la parálisis de la alternancia y una representatividad que no hará sino agotarse”.

Y les advierte que, “si no reparan en esa consecuencia, lo que estarán haciendo es darle rienda a un círculo vicioso de reacción represiva, gestión pública deficiente, predominio del interés sectorial sobre el general, efervescencia social, asfixia de la democracia y más reacción represiva”.

Por su parte, la directora de la División de las Américas de Human Rights Watch (HRW), opinó que el partido del presidente salvadoreño Nayib Bukele, Nuevas Ideas, que es ampliamente mayoritario en el país, “está recorriendo el mismo camino que Venezuela, al impulsar una reforma constitucional que permite la reelección presidencial indefinida”.

Realmente la vocera de HRW debió decir que el camino que está recorriendo El Salvador es el de Nicaragua, donde Daniel Ortega ha impuesto su reelección indefinida, no permite ninguna competencia política y electoral, y se aferra al poder mediante una brutal represión policial, militar y paramilitar.

La diferencia entre Nicaragua y El Salvador es que en ese país el presidente Bukele socava la democracia y amenaza liquidarla, con el respaldo de la mayoría de los salvadoreños que han sido seducidos por la mano dura del presidente autoritario quien ha restablecido la seguridad pública nacional, pero a cambio de abolir el Estado de derecho y de mantener suspendidas de manera indefinida las libertades fundamentales de los salvadoreños.

“Dios te salve‚ Patria Sagrada”, dice en su inicio la oración cívica a la Bandera Nacional salvadoreña. Pero la verdad es que no le corresponde a Dios, sino a los mismos ciudadanos salvar su democracia que tanta sangre de hermanos tuvieron que derramar para conquistarla. La que ahora les está siendo arrebatada por un político populista autoritario, audaz, aventurero y sin escrúpulos.

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