Venezuela, Trump y la OEA

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Hace algún tiempo, hombres notables como Abraham Lincoln, el emancipador de esclavos y el que mantuvo contra viento y marea la unión de los Estados Unidos, proclamó solemnemente en Gettysburg que la democracia es el mejor de los sistemas políticos posibles y la definió como “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Algunos años antes, otro inmortal americano, Simón Bolívar, el que liberó con su espada vencedora a 5 naciones latinoamericanas del yugo colonial, habiendo querido advertirnos sobre los peligros que nos presagiaba el porvenir, expresó: “Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder. El pueblo se acostumbra a obedecerle y él a mandarlo de donde se origina la usurpación y la tiranía”.

He querido invocar el pensamiento de nuestros próceres, porque veo con preocupación cómo cada día, en vez de avanzar por el camino del perfeccionamiento de nuestras instituciones democráticas, nos alejamos más y nos hundimos irremisiblemente en el albañal del despotismo y la tiranía.

Entonces, se preguntarán mis lectores: ¿Qué hacer? ¿Qué hacer cuando una pandilla de facinerosos, armados hasta los dientes, se meten a tu casa y amenazan con matarlos a todos si no atienden a sus requerimientos? “Dialogar con ellos”, dirán los pacifistas. ¿Cómo vas a dialogar con una pandilla de malandrines, que no tienen un resquicio por donde les pueda entrar la razón y que en última instancia no cumplen a lo que se comprometen? 

Me he permitido hacer todas estas lucubraciones para que no nos olvidemos, que el próximo 28 de julio se cumplirá el primer aniversario (1 año) del rotundo triunfo de la oposición democrática venezolana en las elecciones nacionales. Tanto el presidente electo, Edmundo Gonzáles Urrutia como la vicepresidenta María Corina Machado, demostraron con las actas electorales en las manos cómo habían derrotado a la troika dictatorial de Nicolás Maduro, Diosdado Cabello y Vladimir Padrino. El monstruoso fraude que habían urdido fracasó cuando se demostró con dichas Actas que el 70 por ciento del bravo pueblo venezolano había votado por la oposición y apenas el 30 por ciento por el partido de la dictadura. No obstante lo anterior, los usurpadores basados en la fuerza de las armas se han negado hasta hoy a entregar el poder y siguen descaradamente al frente del gobierno de forma ilegítima.

Tanto la dictadura venezolana, como las de Nicaragua y Cuba, según el secretario de Estado, Marco Rubio, siguen siendo una amenaza para la seguridad de los Estados Unidos. Por lo que ha llegado la hora de preguntarnos: ¿Cuáles son las perspectivas que tienen, para un futuro cercano, esos tres países?

Una presión más fuerte de la OEA para que la dictadura venezolana cumpla con lo estipulado en la Carta Democrática. En esa Carta, aprobada por unanimidad de los 34 países miembros, se establece claramente la obligatoriedad de todos esos países de realizar elecciones libres y de respetar sus resultados. Si he de ser sincero, por sus anteriores declaraciones y actitudes me parece que, a pesar de las amenazas del representante de los Estados Unidos (EE.UU.) con abandonar la organización, al nuevo secretario general de la OEA señor Albert Ramdin, no lo miro que esté en disposición de asumir esa ingente tarea. Según parece su política tiende más a cohabitar con las dictaduras que a eliminarlas.

Al presidente Trump ya tampoco lo veo con la vocación libertadora que mostró durante la campaña electoral cuando dijo que “en Venezuela es necesario el cambio de régimen”. Un día amanece como un halcón y al siguiente se despierta como una paloma en busca de negociaciones.

El otro imponderable para salvar a Venezuela que no hay que descartar todavía, es una implosión que ocurra en las Fuerzas Armadas. La experiencia nos dice que los ejércitos siempre que participan contra las dictaduras lo hacen a última hora, cuando ven que el barco se está hundiendo y apoyar al pueblo es la única tabla de salvación que les queda.

Ya el bravo pueblo de Venezuela se ha sacrificado bastante, al igual que los de Cuba y Nicaragua, por lo que merecen que el lauro de la libertad ciña sus frentes en vez de la corona de espinas que ahora tienen.

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).

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