El fin del sandinismo

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Se acerca el 19 de julio, y el régimen dictatorial de Ortega y Murillo ya tiene montada toda la parafernalia triunfalista para la ocasión. Las escuelas, hospitales, ministerios, alcaldías y poderes del Estado están enfocados, no en su razón de ser, sino en planear marchas, pintar murales, armar tarimas y pasar lista de sus prójimos: quién va y quién no, quién alaba y quién rezonga, quién es más falso y quién es un verdadero revolucionario.

Ortega sueña con una plaza al estilo de Kim Il-Sung. Pero su desdén por la educación sólo le otorga ridículos espectáculos en cada tarima municipal, donde, desgraciadamente, la juventud forjada bajo su pobre sistema educativo muestra al mundo —a través de las redes sociales— su ignorancia.

Fuera del círculo de poder, los otrora sandinistas se lamentan de la decadencia de su revolución: “Esto no fue por lo que luchamos. La revolución ha sido traicionada”. Y se dedicarán a llenar páginas tras páginas suplicatorias en las que piden que dejemos de confundir al sandinismo con el orteguismo. Nos remontarán a las épocas donde todo comenzó: la cruzada antimperialista de Sandino, la ética y mística revolucionaria, la inspiración latinoamericana, Cuba, Fidel, la Sierra Maestra y su descenso hasta aquel triunfo del 1 de enero en La Habana.

Escritos, prosas y lágrimas en defensa de un “algo”; un algo que a la generación que les seguimos —y aún a quienes venimos de ahí— ya no nos importa.

Del otro lado de la acera, está la todavía poco integrada mezcla entre la generación exiliada por el sandinismo en los 80 y el nuevo exilio, estancados en sus discusiones cotidianas sobre cómo se verá la Nicaragua post-Ortega, sin detenerse aún hoy —siete años después de abril— a construir la ruta para llegar ahí.

Sus muros y barreras intergeneracionales, su contradictoria cosmovisión, el choque en la interpretación del mundo que los rodea y lo lesivo de las distancias de pensamiento entre unos y otros nos siguen dejando estancados. Pero probablemente seguimos de acuerdo en una de las pocas cosas que compartimos: la imperiosa necesidad de que en nuestro país el sandinismo no tenga cabida. Nunca más.

En lo discursivo estamos alineados, también en los deseos de vernos librados de una bandera y unas siglas que son sinónimos de persecución, presidio y muerte. Pero si en realidad queremos vernos en un futuro libre de cualquier indicio del sandinismo, debemos también erradicarlo de nuestras propias acciones, con las cuales —quizás de forma inconsciente— estamos condenando al país y a nuestra gente a seguirlo padeciendo, incluso con Ortega fuera del poder.

El fin del sandinismo no llegará sólo con el fin del régimen, sino cuando expulsemos de nuestros propios espacios los liderazgos personalistas, el sectarismo ideológico, la usurpación de la verdad, la exclusión del otro, la falta de lealtad. Se necesita una crítica lúcida y honesta que no sólo apunte a lo que hizo mal el FSLN, sino que sirva como espejo para todas las fuerzas políticas y sociales de Nicaragua.

El autor es activista político democrático en el exilio

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