La izquierda no sabe perder

El título es deliberadamente provocador. También es, por supuesto, una generalización. Pero detrás de esa provocación hay algo que llevo buen rato pensando: una parte de la izquierda nicaragüense no ha aprendido a ser minoría.

Porque ser minoría no significa estar excluido. Significa participar, tener voz, defender una posición y aceptar algo quizás más incómodo: que después de todo eso los demás pueden tener los votos para decidir sin vos.

Hace unos años, en una asamblea de la Unidad Nacional (UNAB), Félix Maradiaga acusó a un sector de estar actuando como “filibusteros”. Yo me enojé y le reclamé que por favor respetara la asamblea. Con los años he regresado varias veces a aquel episodio. Me parece que entonces me indigné más con la palabra que preguntarme porque Félix la estaba utilizando con nosotros.

Yo venía de la Articulación de Movimientos Sociales (AMS) y conocía nuestras dinámicas. Nos organizábamos para votar en bloque, y personas que pertenecían a la AMS, aunque ocuparan espacios en representación de otras organizaciones, podían terminar votando conforme a una misma posición. Y cuando los números no alcanzaban, siempre queda la búsqueda del “consenso”.

No tengo nada en contra del consenso. El problema es cuando deja de servir para construir acuerdos y comienza a servir para impedir decisiones. Y entonces ocurre algo bastante conveniente: quien no tiene los suficientes votos para ganar, termina teniendo suficiente poder para que nadie más gane.

He estado pensando de nuevo en todo esto con el tema de las propuestas de transición. Hace un par de semanas, en una entrevista, una dirigente de la Articulación cuestionaba estas propuestas. El entrevistador entonces le pregunto cuál era la propuesta de ellos y por qué no la presentaban. Respondió que no estaban obligados a presentar una. Y tiene razón: no están obligados.

Se puede criticar una propuesta sin tener otra, se puede rechazar sus planteamientos y tratar de convencer a los demás. Pero esa libertad funciona en ambas direcciones: los demás tampoco están obligados a esperarte.

El derecho a estar en desacuerdo no incluye el derecho a detener a quienes sí quieren avanzar. La democracia que aspiramos para el futuro debe comenzar a ejercitarse desde hoy. Y una democracia protege los derechos de las minorías, pero no las convierte en mayorías artificiales ni les entrega el poder de veto para compensar que perdieron.

Yo creo que por eso también deberíamos revisar la obsesión que tenemos con que toda la oposición debe de estar unida. Compartir un adversario, no significa que tengamos que compartir un mismo proyecto de país. Podemos coincidir en que queremos que se acabe la dictadura, y tener ideas diferentes sobre la nicaragua que queremos que sea el día después. Y está perfecto.

A lo mejor no tenemos que aprender a estar todo el tiempo juntos. Pero sí necesitamos, con urgencia, aprender a estar separados sin considerarnos enemigos unos a otros.

También percibo en algunos sectores de izquierda una especie de presunción de exclusión: si la “derecha” desarrolla X proyecto de país, ellos necesariamente quedaran afuera.

¿Pero por qué? Que vos y yo no compartamos lo que pensamos no significa que en mi proyecto de país no estes vos incluido. Puede que mi idea de Nicaragua del futuro sea muy distinta a la que vos te imaginás, pero en ella ya está contenido tu derecho a organizarte, protestar, criticarme, competir contra mí y tratar de derrotarme. Incluso esta también tu derecho a ganar.

Porque estar incluido no significa tener garantizada una parte del poder. Significa conservar todos tus derechos y tener garantizada la posibilidad de convencer a otros para convertirte mañana en mayoría. Y yo creo que esa es una de la preguntas que deberíamos estarnos formulando pensando en el día después de la dictadura: ¿Quién está dispuesto a ser minoría en la nicaragua que venga después?

Porque querer democracia cuando uno imagina que va a ganar es relativamente sencillo. La cosa se pone complicada cuando las elecciones las gana alguien que piensa distinto, cuando una votación no sale como queríamos o cuando una propuesta avanza sin nuestro consentimiento.

Yo creo que ahí es donde se mide mejor nuestra vocación democrática: no nada más en nuestra disposición a participar cuando podemos ganar, sino en la capacidad de aceptar que podemos perder sin sentir solo por eso que dejamos de pertenecer al país.

Por eso sigo pensando que la izquierda tiene que aprender a perder. O mejor dicho, tiene que aprender a ser minoría.

El autor es máster en Administración de Empresas y activista político.

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