Costa Rica ha sido durante mucho tiempo una excepción admirable en una región marcada por la violencia, la corrupción y el autoritarismo. Un país sin ejército, que apostó por la educación, por los derechos humanos y por un modelo democrático ejemplar. Una nación que, cuando Nicaragua ardía en represión en 2018, abrió sus puertas a miles de jóvenes, familias y defensores de derechos humanos que huíamos de una dictadura asesina. En ese momento, Costa Rica no sólo nos ofreció refugio: nos dio esperanza.
Pero hoy esa esperanza está bajo amenaza. Y no por una causa natural, ni por un fenómeno ajeno, sino por la invasión silenciosa, sistemática y criminal del terror político transnacional. Lo que estamos enfrentando no es un incidente. No es un caso aislado. Es parte de una estrategia del régimen de Daniel Ortega y Rosario Murillo para expandir su control más allá de las fronteras de Nicaragua. Su objetivo no es sólo reprimir dentro, sino perseguir fuera. Y lo están logrando, en parte, gracias al silencio, la omisión y la debilidad institucional.
Los exiliados lo hemos advertido desde hace años. Lo hemos dicho en entrevistas, en informes, en comparecencias públicas. Hemos señalado cómo las redes del sandinismo se han infiltrado en Costa Rica. Cómo monitorean a líderes, cómo intimidan, cómo siembran miedo en comunidades migrantes. Pero nuestras voces fueron archivadas, nuestras denuncias desestimadas, nuestras alertas tratadas como exageraciones.
El Organismo de Investigación Judicial (OIJ) ha dado algunos pasos importantes en los últimos meses. Pero también es cierto que durante demasiado tiempo las denuncias se recibieron con frialdad burocrática, como si hablar de “represión transnacional” fuera una fantasía. No lo era. Y hoy, cuando ya es evidente, cuando hay rastros, cuando hay amenazas cumplidas, cuando el miedo ha vuelto a instalarse incluso en quienes encontraron en Costa Rica una nueva vida, ya es tarde para decir que “no lo sabíamos”.
Esta estructura criminal no es abstracta. Tiene rostros, tiene nombres, tiene operadores. Uno de ellos, Valdrack Jaentschke, actual ministro de Relaciones Exteriores del régimen, ha sido clave en la expansión de una red de influencia e inteligencia paralela. Desde su posición ha promovido misiones diplomáticas de fachada, utilizado plataformas religiosas y sociales, y mantenido comunicación con estructuras del crimen organizado para vigilar, perseguir y neutralizar a opositores. No actúa solo. Hay células, hay dinero, hay alianzas que se han construido durante años y que ahora operan con relativa tranquilidad en suelo costarricense.
Y mientras esto ocurre, la Asamblea Legislativa, específicamente la bancada oficialista, permanece en una zona gris de evasión. Ni una sola iniciativa firme. Ni una comisión investigadora. Ni una defensa clara de la soberanía nacional. ¿Dónde están los que juraron defender la democracia costarricense? ¿Dónde está el compromiso con la libertad, con los derechos humanos, con la integridad del país?
Porque esto no es un tema migratorio. Esto no se trata solamente de los nicaragüenses refugiados. Esto es una amenaza directa a la seguridad nacional. Una operación criminal ejecutada por una dictadura aliada con el narcotráfico, con regímenes autoritarios como Irán y Rusia, y que utiliza el territorio costarricense como zona de resguardo, influencia y expansión. Lo que se vive hoy no es casualidad: es la confirmación de un proyecto transnacional para desestabilizar, silenciar y controlar.
Yo no escribo esto desde la comodidad de una oficina. Lo escribo desde la experiencia de haber vivido el exilio, de haber tenido que empezar de cero, de haber caminado con miedo, de haber visto a compañeros quebrarse emocionalmente porque sentían que no había salida. Y lo escribo con rabia, porque sé lo que significa construir tu proyecto de vida en Costa Rica, estudiar, trabajar, contribuir, y al mismo tiempo vivir bajo la amenaza de que en cualquier momento puedan arrebatarte todo otra vez.
Pero también quiero dejar algo claro: los jóvenes nicaragüenses no nos estamos victimizando. No venimos a pedir lástima ni a escondernos. No tenemos miedo. Lo que estamos haciendo es levantar un grito. Un grito por la vida. Por la paz. Por la libertad. Porque ya no se trata sólo de resistir: se trata de impedir que el miedo y la impunidad vuelvan a imponerse. Esta es una lucha moral, una defensa existencial de todo lo que nos hace humanos. ¿Hasta cuándo vamos a fingir que aquí no pasa nada? ¿Qué más tiene que suceder? ¿Acaso tiene que morir otro joven, otra mujer, otro ciudadano que encontró en este país un segundo hogar, para que finalmente se actúe con la firmeza que esta situación requiere?
Costa Rica está a tiempo. Pero el tiempo no es infinito. La democracia no se defiende con discursos vacíos, sino con acciones valientes. Y la seguridad no se garantiza desde la indiferencia, sino desde el coraje político de enfrentar al crimen organizado, al terrorismo y a la dictadura, sin concesiones.
Hoy, el silencio no es neutral. Es cómplice. Y cada minuto que pasa sin que se tomen medidas, es un minuto más en el que la red del FSLN se fortalece, se extiende y se vuelve más peligrosa.
Costa Rica no puede permitirse perder su esencia. Esta nación fue construida sobre valores de paz, justicia y libertad. Pero esos valores no sobreviven por sí solos. Hay que defenderlos, incluso cuando es incómodo. Incluso cuando hay presiones. Incluso cuando el enemigo no lleva uniforme, pero sí lleva muerte en la mirada.
A la juventud costarricense le digo: esta es su lucha también. Porque lo que hoy enfrentamos no es solo una amenaza contra los exiliados, sino contra el alma misma de esta nación. Y si no se defiende hoy, mañana puede ser tarde.
Que nadie se equivoque: este no es un llamado al miedo. Es un llamado a la conciencia. Este no es un mensaje de resignación. Es una advertencia urgente. Porque cuando la libertad está en juego, el silencio deja de ser opción.
La historia no se escribe con excusas. Se escribe con valentía. Y hoy, Costa Rica tiene que decidir: o se pone de pie, o deja que la oscuridad avance.
Nosotros, los jóvenes, ya decidimos. No vamos a retroceder. No vamos a callar. No vamos a rendirnos. Porque no hay causa más justa que la defensa de la vida, la paz y la libertad.
El autor es nicaragüense exiliado, exprisionero político.