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Para los que profesamos la fe cristiana en la praxis, el 14 de junio pasado, mientras Nicaragua se cubría con un manto de tristeza y los manantiales se convertían en ríos de lágrimas, en el cielo todo era alegría. Y no era para menos. En el umbral de la mansión divina, dos almas, antecedida la primera por la segunda, después de haber recorrido juntos el mundo con sus albricias y sus desgracias, ahora se reencontraban para prosternarse ante el Señor y gozar juntos de la vida eterna.
Todos mis lectores saben que a las dos almas a que me estoy refiriendo es la del doctor Pedro J. Chamorro Cardenal, quien fue vilmente asesinado el 10 de enero de 1978 y la de doña Violeta Barrios de Chamorro, quien entregó su alma al Creador a las dos de la madrugada del 14 de junio pasado.
Ambos marcharon juntos por este valle de lágrimas bebiendo en el cáliz de la amargura, pero han pasado a la inmortalidad nimbados de gloria, por lo que me propongo hacer un breve repaso de sus vidas, primordialmente para que las futuras generaciones de nicaragüenses les rindan, en el altar de la patria, el tributo que se merecen.
Pedro Joaquín ha sido consagrado ya por la posteridad como Héroe Nacional y Mártir de las Libertades Públicas y doña Violeta, estoy seguro que cuando Nicaragua vuelva a ser República y regresemos a nuestra querida patria para vivir en democracia y libertad —como pueblo agradecido que somos— vamos a impulsar la idea que sugiere LA PRENSA en su editorial del martes 17 de junio pasado, en el sentido de dedicar un día del año para reflexionar en memoria de esta excelsa dama que llevó, en medio de un mar de dificultades la paz, la democracia y la reconciliación nacional al pueblo nicaragüense.
En el caso de Pedro Joaquín, todos los nicaragüenses sabemos que su vida fue una lucha constante por rescatar a Nicaragua de la dictadura de arriba (Somoza) y de la dictadura de abajo que ya se perfilaba (FSLN).
A propósito de esto en una reunión que sostuvimos, a pocos días de su muerte, unas 10 personas para unir a la familia conservadora, en las oficinas del doctor Adolfo Calero Portocarrero (Coca-Cola, en Carretera Norte), estando presente el doctor Chamorro Cardenal, alguien le preguntó sobre el rumor que andaba circulando de que “si era cierto que él sería el número 13 del Grupo de los 12 que respaldaban políticamente al FSLN”, a lo que respondió: “Sé que anda ese rumor, pero no tiene ningún fundamento. Acuérdense que los comunistas a la vuelta de la esquina le dan a uno la puñalada por la espalda”. Tenía razón el doctor Chamorro al expresarse así porque en varias reuniones de UDEL (Chinandega, Matagalpa) mientras él pronunciaba su discurso, siempre aparecía un piquete del FSLN tratando de sabotear el mitin que en contra de la dictadura somocista habíamos convocado.
En cuanto a doña Violeta, los historiadores que quieran dar a conocer su vida como ejemplo para las futuras mujeres nicaragüenses, les sugiero hacerlo en dos partes. La primera, desde su juventud hasta el asesinato de su esposo (PJCH) y la segunda, desde ese vil asesinato hasta su gobierno, exilio y muerte en la hermana República de Costa Rica.
Hay que tomar en cuenta que doña Violeta, es considerada por muchos politólogos como la mujer estadista más prominente que ha tenido Latinoamérica en sus últimos 50 años. Durante su gobierno no hubo un solo preso político, se respetaron todas las libertades públicas, lo mismo los derechos humanos, la separación de poderes, la libertad de expresión, y se restauró la paz, que es el tesoro de extraordinario valor del que solo disfrutan los pueblos privilegiados. En fin, Nicaragua volvió a ser una República como lo había demandado siempre en las plazas públicas su esposo, el doctor Chamorro Cardenal.
Vayan mis más sentidas condolencias para toda la familia de doña Violeta, especialmente para sus hijos: Pedro Joaquín, Claudia, Carlos Fernando y Cristiana, quienes en medio de su pesadumbre deben sentirse muy orgullosos, de haber tenido unos padres cuyas virtudes ciudadanas fueron tan grandes, que alcanzaron para beneficiar a todos los nicaragüenses.
El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).