Doña Violeta y la lógica de las madres

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A finales de los ochenta, mientras Nicaragua se abocaba a elecciones presidenciales, Violeta Barrios de Chamorro, de 61 años, se movilizaba apoyada en un bastón o en una silla de ruedas. Parecía imposible que aquella mujer pudiese superar tantas dificultades durante una campaña en que el partido de gobierno la aventajaba en recursos. El Frente Sandinista tenía un control total del Estado, mientras la polarización dominaba un ambiente marcado por la muerte de miles de personas en la guerra civil. Sangre de un bando y del otro.

En Nicaragua y América Latina, la historia ha oscilado, salvo excepciones, entre los caudillos y los rebeldes dispuestos a derribarlos. Por lo tanto, su figura tenía otra dimensión. Ella promovía la paz y la reconciliación. Lo decía de una manera clara. Le hablaba a la gente. Era también heredera de los valores democráticos de Pedro Joaquín Chamorro, el director del Diario LA PRENSA, asesinado por sicarios en 1978, un periódico que ella misma había dirigido con entereza.

Gobernó en un contexto difícil con una herencia pesada entre 1990 y 1997: la economía destruida, mucha pobreza, y el FSLN intentando gobernar desde “abajo”, como Daniel Ortega había prometido en su discurso de derrota electoral. Su condición de madre creó también una conexión inmediata con las mujeres a lo largo y ancho del país. Durante la guerra civil, ellas sufrieron las pérdidas de sus hijos e hijas, y enfrentaron la división por razones políticas en sus hogares. Hermanos y parientes que no se podían ver ni sentarse a la mesa, porque unos estaban con la Contra y otros con el FSLN. En ese momento, parecían enemigos irreconciliables.

El hogar de la expresidenta fue también un laboratorio democrático. Conversaba con hijos de una y otra tendencia política. Parte de su filosofía quedó retratada en un reportaje que El New York Times publicó en 2009 sobre la vida de su hijo, el periodista Carlos Fernando Chamorro, exiliado por segunda vez tras la persecución del régimen de Daniel Ortega contra la prensa independiente desde 2021.

A ese periódico estadounidense le dijo que la relación con sus hijos la manejaba de esta manera: “Cada uno tiene derecho a pensar como quiera (…) Una madre no abandona a nadie. Las relaciones familiares son relaciones familiares”. Para este momento, ella se encontraba ya retirada de la vida pública. Habían pasado 12 años desde que había entregado el poder a su sucesor Arnoldo Alemán, que se convirtió en artífice del pacto político corrupto que permitió a Ortega regresar al poder en 2007, y con quien se repartió las instituciones.

Por ese legado vigente de institucionalidad democrática, doña Violeta representa todo lo contrario a la maldad enquistada de Ortega. Sencilla, campechana, muchos decían que solo se trataba de una ama de casa para criticarla. Con esa observación, yo creo que más bien la estaban enalteciendo. Igual que las madres en cualquier rincón de Nicaragua, ella tenía mucho sentido común.

Recibió la orden Rubén Darío en su máximo grado de Gran Cruz del gobierno del ingeniero Enrique Bolaños (2001-2007). Doña Violeta dijo entonces que hizo su trabajo con honestidad y lamentó que le tocó resistir violentas asonadas, refiriéndose a las protestas orquestadas por el orteguismo para intentar siempre sacar ventajas políticas. “Pero nunca me hicieron retroceder en la voluntad de defender la democracia y el bienestar de los ciudadanos (…) en política, como en las artes, el único juicio acertado es el de la posteridad, el de las generaciones futuras”, afirmó. 

El 14 de junio, su familia anunció que sus restos descansarán temporalmente en Costa Rica hasta que Nicaragua vuelva a ser “República”. Por su parte, Ortega y Murillo publicaron un pronunciamiento cargado de cinismo. Destacaron el papel de doña Violeta —exiliada desde 2023— y aseguraron que es la paz que están defendiendo en la actualidad.

“La expresidenta Chamorro, postulada para unas elecciones cuyos resultados reflejaron el infinito cansancio y sufrimiento de la guerra impuesta a Nicaragua por los imperialistas de la tierra, representó la posibilidad de ratificar la conclusión de esa guerra injusta y sangrienta. Al reconocer su gobierno, nos dispusimos a trabajar todos por la estabilidad y la seguridad de la vida de las familias nicaragüenses”, dijo el régimen en un comunicado.

Sin embargo, la mentira del régimen actual se cae por su propio peso. No dicen que el FSLN cometió abusos de poder, violaciones a los derechos humanos, mientras se armaron hasta los dientes y se aliaron con la Unión Soviética. Hoy también han buscado a Rusia para evitar rendir cuentas por los graves abusos de derechos humanos cometidos en 2018.

Desde febrero, el fortalecimiento actual del aparato de la represión —paramilitares, policías y el Ejército— y el intento de constitucionalizar la dictadura bicéfala, busca mostrar a la pareja de dirigentes como un dúo fuerte en apariencia. Sin embargo, son muy graves los abusos de derechos humanos cometidos contra sus propios ciudadanos: ejecuciones extrajudiciales, cárcel por motivos políticos, privaciones de nacionalidad, destierros, apatridia de facto y confiscaciones. No dejaron “piedra sobre piedra” como dijo su antiguo procurador.

A doña Violeta la recordarán por su labor presidencial, su faceta de madre y la persecución de la que fueron objeto sus hijos a manos de Ortega (tres exiliados y dos de ellos expresos políticos). También por su tesón por la paz. En septiembre de 1990, ella enterró 15,000 fusiles en un parque de Managua para simbolizar el fin del conflicto. Y recuerdo que, antes de elegirla presidenta, las madres se llamaban unas a otras para garantizar que votarían por aquella señora vestida de blanco. Y lo lograron: desalojaron pacíficamente a Ortega del poder, el mismo personaje que se entronizó 35 años después de aquella inesperada derrota.

El autor es periodista.

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