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Regresando a Washington desde mi finca, el sábado 14 de junio, me enteré del fallecimiento de doña Violeta Barrios de Chamorro, una extraordinaria nicaragüense y un tesoro nacional.
Me conmovió la noticia y durante el resto de mi viaje me puse a recordar los inmensos logros de doña Violeta, a como la mayoría de nuestras compatriotas la llamaban. Al llegar a mi casa vi en mi computadora cómo todos los influyentes diarios norteamericanos —incluyendo el Washington Post, el New York Times y el Wall Street Journal— le habían dado amplia cobertura a su fallecimiento, a pesar de lo pequeño que es nuestro país. No es para menos en vista de sus importantes logros.
Estos logros incluyeron (i) ser la primera mujer en ser electa presidente en Latinoamérica, algo que, por cierto, todavía no ha ocurrido en Estados Unidos; (ii) lograr la pacificación de Nicaragua después de la cruenta guerra que desangró a nuestra patria por ocho años en los años ochenta; (iii) abolir el Servicio Militar obligatorio; (iv) heredarnos a nosotros, los nicaragüenses, paz, reconciliación, plena libertad y democracia; y (v) iniciar la recuperación de nuestra economía después de su “ïmplosión” durante la década perdida de los años ochenta.
Durante mi tiempo como canciller, y posteriormente, llegué a conocer bien a doña Violeta. La visitaba casi semanalmente a su casa en Las Palmas y platicábamos, bastante. Ella me comentaba su tiempo en la Presidencia y analizábamos cómo andaba Nicaragua. Pero también hablábamos del campo y de su querido Rivas. Disfruté enormemente de su hospitalidad. Aprendí mucho. Y llegué a quererla, y no sólo porque éramos parientes. Tanto ella como yo éramos Sacasa.
¡Doña Violeta era única! Tenía un estilo campechano en su trato conmigo …y con todos los demás. Y era sencilla y espontánea. Para ella no era importante el protocolo. Su personalidad amistosa “ganaba” a la gente …desde los campesinos de nuestra patria hasta el papa Juan Pablo II a quien ella recibió con un abrazo y un beso en su visita a Nicaragua.
Su casa era custodiada, pero sólo por un policía. Cuando yo le comenté eso en una de nuestras primeras pláticas, ella insistió que no necesitaba más, porque no temía a su pueblo.
Otra cosa que recuerdo de doña Violeta era que ella veneraba a su marido, el Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, con quien estuvo casada por 26 años antes de que él fuera asesinado en 1978. En una de mis primeras visitas a su casa, me mostró recuerdos de su marido, incluyendo ropa y una motocicleta que ella guardaba en una suerte de altares a su memoria en su residencia.
Por su generosidad, estilo campechano y su honradez cuando gobernó a Nicaragua, doña Violeta sentó las bases para una Nicaragua democrática y próspera. Le dio esperanza a Nicaragua y ganó la confianza y, por ende, el respaldo financiero de las democracias del mundo y de las financieras internacionales como el Banco Mundial y el Interamericano. Gracias a ella, Nicaragua retomó el camino hacia el desarrollo.
¡Qué contraste con la Nicaragua de hoy, y qué falta nos hace doña Violeta ahora!
El autor fue canciller de Nicaragua y director del Banco Mundial. Ahora está en Washington después de 550 días encarcelado en Nicaragua antes de ser deportado a EE.UU.