El sueño continental: las Américas sin dictaduras

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En recientes declaraciones a los medios de comunicación social la líder de la oposición democrática venezolana, María Corina Machado, se apuntó un gran acierto al declarar enfáticamente que en su país la lucha que hoy se está librando por distintos medios, no sólo es para que se respeten los resultados de las elecciones presidenciales del pasado 28 de julio en las que resultó electo el ciudadano Edmundo González Urrutia y ella como vicepresidenta, sino que va mucho más allá, en cuanto a sus alcances para el porvenir de la democracia en todo el continente americano.

Agregó la libertadora —como ya se le conoce internacionalmente, quizás en remembranza de la gesta gloriosa de Simón Bolívar, quien liberó del yugo español a 5 naciones—, que la lucha que hoy lleva el bravo pueblo de Venezuela “no termina con la victoria de mi pueblo contra el usurpador Maduro y sus secuaces, sino hasta que también los cubanos y los nicaragüenses se encuentren libres de las dictaduras que los oprimen”.

El mundo se mostró aterrorizado al siguiente día de estas alentadoras declaraciones, cuando el ministro del Interior de la dictadura, Diosdado Cabello, en un programa que dirige en la televisión venezolana amenazó no sólo a María Corina con matarla sino a todos los dirigentes democráticos opositores, a los que calificó de “quinta columnas del imperialismo” en caso que la fracasada revolución socialista del siglo XXI fuera defenestrada del poder en Venezuela. Las amenazas del tiranuelo hay que tomarlas muy en serio, ya que en la hermana República de Chile está siendo acusado en el poder judicial de haber mandado a asesinar al teniente Ojeda hace algunos meses. Él era un exiliado venezolano.

Cuando Fidel Castro y Hugo Chávez fundaron hace más de 20 años, basados en los petrodólares venezolanos, el socialismo del siglo XXI, anunciaron días de felicidad y progreso para nuestros pueblos. Y no es por simple casualidad que ha ocurrido precisamente todo lo contrario. Si recurrimos a las estadísticas tangibles de las Naciones Unidas (ONU) nos encontramos con la trágica realidad de que tanto en desarrollo social como en libertades ciudadanas los 3 países (Cuba, Venezuela y Nicaragua) que abrazaron con mayor entusiasmo esas funestas ideas hoy son los más atrasados en el escalafón mundial. Y es natural que así sea. Dice el refrán que “no se le puede pedir peras al olmo” y no se les puede pedir que hagan buenos gobiernos a las pandillas de corruptos que han asaltado el poder en esas naciones.

Sería prolijo enumerar aquí toda la barbarie que han perpetrado esos regímenes en contra de sus propios pueblos, pero para estar absolutamente seguros de la verdad basta con que uno se pregunte: ¿cuántas personas han tenido que abandonar su país huyendo de la represión o por la falta de trabajo? Venezuela (8 millones), Cuba (2 millones), Nicaragua (1 millón). Es obvio que de aquellos países donde prevalece el sistema democrático y se respetan los derechos humanos nadie huye.

Si bien se está acercando la hora fatal del hundimiento total del socialismo del siglo XXI, es un imperativo necesario estar preparados para el advenimiento de una nueva era en la que la democracia se practique en función de las grandes mayorías y no sólo de unos pocos, como ha ocurrido hasta ahora. Esa transición hacia la democracia auténtica es inevitable pues como decía el eximio escritor español Benito Pérez Galdós: “Así como de la noche nace el día, después de la opresión viene la libertad”.

Pero ese cambio democrático que las grandes mayorías anhelan desde lo más profundo de sus corazones no debe ser “lampedusano”, no debe ser más de lo mismo. De eso se aprovechan los demagogos populistas que prometen el cielo y la tierra y luego cuando están en el poder se convierten en pandillas de corruptos al servicio únicamente de sus propios intereses.

Nuestros pueblos necesitan más educación, más salud, mejores trabajos de calidad, Estados de derecho, institucionalidad democrática (separación de poderes), economía de libre mercado, libertad religiosa y respeto por sus derechos humanos. De lo contrario, seguiremos en el círculo vicioso de las luchas fratricidas que nada bueno presagian para el porvenir de nuestras naciones.

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).

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