Abril: la tarea inconclusa

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Héroes son aquellos, que por la patria se han empinado para tocar las estrellas del cielo, los que combaten las dictaduras con denuedo y ardor y los que no descansan hasta abatir las tiranías, que constituyen el principal baldón para nuestras Américas. Por su entrega a un noble ideal son inmortales y al momento de su consagración dejan de pertenecer a una secta o partido político para convertirse en parte indisoluble del tesoro de la nación.

Han pasado 7 largos años de aquella gesta gloriosa del 18 y 19 de Abril del 2018, cuando el pueblo inerme portando su bandera azul y blanco desafió en las calles a los 54 criminales que armados hasta los dientes —según el Informe de GHREN de la ONU— arremetieron con saña inaudita en contra de ciudadanos (as) que protestaban cívicamente en defensa de sus derechos humanos.

En su afán desmesurado de poder y riquezas la gavilla de los 54, no sólo ha seguido expoliando el erario, sino que ha extendido su mal entendida munificencia hacia ciudadanos de tierras lejanas como chinos, rusos, iraníes que cada día hincan más sus garras afiladas sobre el cuerpo lacerado de nuestra querida Nicaragua.

Y lo que es peor, quieren que mientras ellos siguen nadando en el hartazgo de la corrupción impunemente, nosotros, el pueblo sencillo, el que clamó en las calles para que se fueran y nos dejaran en paz, quieren que nos olvidemos de nuestros héroes y mártires como Alvarito Conrado, Hugo Torres, el periodista Eduardo Gahona y 355 ciudadanos más que pasaron a la posteridad nimbados de gloria y cuyo recuerdo imperecedero permanecerá siempre con nosotros.

Igualmente, no podemos olvidar a los héroes populares que con gran fervor patriótico y sin claudicar ante los halagos y amenazas, acompañaron siempre nuestras marchas: María del Socorro Matus (doña Coquito, q.e.p.d.) que con su balde lleno de agua helada calmaba la sed de los marchantes; doña Flor Ramírez que con su baile folclórico levantaba el entusiasmo de los escépticos y Alex Vanegas, el maratonista, que incansable no dejaba de correr en busca de la victoria.

De idéntica manera no podemos pasar por alto a nuestros guías espirituales que como los monseñores: Abelardo Mata, Silvio Báez y Rolando Álvarez, al igual que Constantino El Grande levantaron la cruz y enarbolaron la bandera de la Iglesia en defensa no sólo de la feligresía católica sino también de la generalidad de la población.

Como se ve, mientras los héroes nacionales gozan del beneplácito de la ciudadanía y son aplaudidos donde van, los 54 criminales del frentismo son tratados como parias internacionales, que despiden fetidez como las cosas podridas y son repudiados donde van. Mientras estos últimos cuando mueren son candidatos a morar atormentados por los siglos en las cavernas infernales, a los héroes Dios les tiene reservadas todas las bienaventuranzas de la gloria eterna.

Por la represión brutal que desataron después de las protestas iniciales el Ejército y la Policía por órdenes de la señora Murillo (“vamos con todo”) nuestro pueblo vacila en cuanto a la posibilidad de volver a retomar las calles. Tiene sobrada razón. No obstante lo anterior, pensadores políticos de fuste como Abraham Lincoln y Thomas Jefferson no sólo están de acuerdo con las protestas, sino que van más allá al afirmar que “el pueblo tiene derecho a cambiar el gobierno cuando éste ya resulta intolerable”.

Es justo y necesario rendir tributo y homenaje de admiración a los héroes y mártires que no escatimaron ningún sacrificio, hasta dar sus vidas, por la causa libertaria del pueblo nicaragüense. Ellos sembraron con su preciosa sangre, el árbol de la libertad, que habrá de cubrir a la presente y futuras generaciones. Tampoco nos olvidemos que tenemos pendiente de concluir la más grandiosa tarea que Dios nos ha dado: liberar a nuestra patria y liberarnos a nosotros mismos. Tenía razón Don Quijote cuando daba a Sancho el siguiente consejo: “La libertad Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

El autor es periodista y secretario general de la Asociación de Nicaragüenses en el Extranjero (ANE).

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