El 19 de julio de 1979 la Revolución sandinista encontró a LA PRENSA desarticulada: su director mártir Pedro Joaquín Chamorro Cardenal había sido asesinado 18 meses antes, su principal edificio yacía colapsado con sus hierros retorcidos sobre su moderna rotativa Goss Urbanite, tras haber sido bombardeado y quemado 40 días antes por la guardia somocista.
Pero, aparte de esos retos inmensos materiales como volver a imprimir, volver a volar como el ave fénix, pronto surgió un reto aún más profundo al que tendríamos que enfrentarnos: era la división interna, entre los que querían convertir a LA PRENSA en un vocero de la Revolución y los que queríamos que fuera un diario independiente y crítico, que era la razón misma de su existencia.
La disyuntiva era muy sencilla: apoyar a la Revolución ciegamente, tal como era la moda de aquel entonces, o apoyarla desde un espíritu crítico constructivo, señalando el derrotero, lo bueno y lo malo… que para muchos no existía. Todos queríamos volar, pero en dos bandadas y en diferentes direcciones: crítica constructiva o acrítica propagandística.
La mayoría del sindicato y la Redacción encabezados por el director del Diario, mi tío Xavier Chamorro, apoyaban fervientemente a la Revolución y se inclinaban por la segunda tendencia; por lo tanto, comenzaron a elaborar el Diario consecuentemente como un nuevo vocero de la Revolución sandinista.
Yo pensé entonces que lo que me correspondía en tales circunstancias era escribir desde la página editorial artículos críticos eminentemente constructivos para mantener la línea independiente que era esencial para la propia sobrevivencia del Diario en aquellas circunstancias y siempre pensé que mi padre hubiera hecho lo mismo.
Como LA PRENSA no tenía editoriales, cada artículo con mi firma que se publicaba, el editor de la página de Opinión, el memorable Chepe Chico Borgen, lo ubicaba en la columna izquierda de la página de Opinión (que era la segunda página) en el lugar donde tradicionalmente aparecían los editoriales.
Cada artículo levantaba un revuelo, una polémica y una controversia a lo interno de LA PRENSA, por sus títulos el lector puede imaginar su contenido, algunos son: “Revolución no es copia”, “Lo nacional es nacional”, “El neosapismo”, “El Estado narcisista y la democracia”, “Idolatría y revolución”, “¿Apoyaría mi padre este proceso?”, “La educación liberadora”, “Fragmentación familiar”, “El Himno Nacional y la voz de Nicaragua”, “Ser o no ser periodista”.
La primera embestida fue la creación del colegio de periodistas y la colegiación obligatoria para el ejercicio del periodismo por medio de una ley que establecía que solo podían ejercer la profesión de periodista quienes tenían un título universitario que los acreditaba como tales o quienes tenían más de 5 años ejerciendo empíricamente la profesión.
Pronto me di cuenta, según declaraciones del comandante de la Revolución, Tomás Borge Martínez, que para la Revolución la única crítica que era constructiva era la que se hacía desde adentro de la Revolución, la que se hacía desde afuera era contrarrevolucionaria o somocista, por eso cuando se referían a mí decían que yo aún no me había dado cuenta que en Nicaragua había ocurrido una Revolución, que en el mejor de los casos era un joven desubicado.
Los artículos iban encabezados con mi firma manuscrita como lo solía hacer mi padre, causaban tanto enojo que mi tío Xavier me pidió un día que no los firmara con mi nombre, sino con un pseudónimo porque se “confundían” con la línea editorial del Diario.
Muy enojado llevé el caso a la Junta Directiva compuesta entonces por mis tíos: Carlos Holmann Thompson, Ana María Chamorro de Holmann, Jaime Chamorro Cardenal, Xavier Chamorro Cardenal, mi madre Violeta Barrios de Chamorro y el suscrito, quedando solo mi tío Xavier en su propuesta. No obstante, le aceptaron su solicitud de que mis artículos no se publicaran en el espacio que se destinaba al editorial, al lado izquierdo, sino a la derecha y que fuesen revisados y autorizados previamente por el otro director, el poeta Pablo Antonio Cuadra.
Yo acepté las dos condiciones y para mi sorpresa y satisfacción al día siguiente de la reunión recibí una nota manuscrita de mi abuela Margarita Cardenal de Chamorro que decía: “Querido Pedro: no te preocupes donde te ponen tus artículos, porque aunque te los pongan en la página de clasificados, la gente te va a leer”.
Así las cosas, entre agosto de 1979 que salió LA PRENSA impresa en El Centroamericano y mayo de 1980 las tensiones dentro del gobierno revolucionario y dentro de LA PRENSA siguieron creciendo, hasta que en mayo de 1980 se produce la primera crisis política de la Revolución: el sindicato de LA PRENSA se toma las instalaciones e impide la publicación del diario y casi simultáneamente, el 19 y el 21 de abril renuncian de la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional (JGRN) respectivamente, los miembros Violeta Barrios de Chamorro y Alfonso Robelo Callejas.
La crisis política se resuelve con el nombramiento de dos nuevos miembros JGRN de credenciales democráticas: Arturo Cruz Porras y Rafael Córdova Rivas y la crisis a lo interno de LA PRENSA se resuelve tras una dura negociación entre mis tíos Jaime y Xavier Chamorro por medio de la cual los 3 socios restantes mayoritarios, Violeta, Anita y Jaime, acuerdan comprarle sus acciones a Xavier y entregarle insumos para la producción de un nuevo diario que se llamó precisamente: “El Nuevo Diario”.
Este nuevo diario se estableció a dos cuadras de LA PRENSA y se comienza a publicar con el 80 por ciento del personal de LA PRENSA, la mayor parte de sus redactores, editores, entre los cuales destacan: Danilo Aguirre Solís, Manuel Eugarrios, Hermógenes Balladares, y muchos otros que abogaban por hacer un diario pro-revolucionario que por muchos años, hasta en los 90, fue de una línea totalmente pro-sandinista.
En LA PRENSA quedaron Pablo Antonio Cuadra, Horacio Ruiz, Carlos Ramírez, Chepe Chico Borgen, Edgard Castillo (Koriko), Iván Cisneros, Oscar Leonardo Montalván, entre otros y se contrató nuevo personal, retomando su tradicional línea independiente y crítica, volviendo a la calle apenas 11 días después de la salida de El Nuevo Diario; pero con una circulación mucho mayor porque el público se percató del cambio. Horacio Ruiz fue nuestro gran maestro y se dedicó a entrenar al personal de Redacción durante estos días aciagos.
Allí comenzó una nueva etapa de LA PRENSA, pero poco después a fines de 1980 el Gobierno emitió el decreto 511, que prohibía la publicación de noticias relativas a la seguridad del Estado, y el 512, que vedaba temas relativos a la economía. Estos decretos eran muy amplios y sujetos a la interpretación, por lo que tenían como objetivo la autocensura, que efectivamente aplicábamos.
No obstante, entre diciembre de 1980 y marzo de 1982, LA PRENSA fue cerrada en cinco ocasiones por términos de 24 y 48 horas por supuestas violaciones a dichos decretos, siendo la primera vez en diciembre de 1980 por publicar fotos, sin comentarios, “de los sucesos de Bluefields”, que no fueron otra cosa que la primera manifestación espontánea contra la presencia cubana en Nicaragua.
En enero de 1981 fui nombrado codirector de LA PRENSA al lado de Pablo Antonio Cuadra, quien fue ratificado como director. La edición del diario la elaborábamos alternadamente, tres días cada uno, Horacio Ruiz, Carlos Ramírez y yo.
El 15 de marzo de 1982, habiendo acumulado ya cinco cierres temporales, el gobierno sandinista decretó el estado de emergencia por la creciente actividad de la “contra” y con ello impone la censura previa. Todo el contenido del diario y cantidades de “material de relleno” levantado y titulado, debería de ser aprobado por la Dirección de Medios de Comunicación del Ministerio del Interior, bajo la jefatura de la teniente Nelba Cecilia Blandón.
Se prohibió entonces terminantemente, bajo amenaza de cierre, dejar espacios en blanco o en negro y la popular columna humorística “Rionsito”. De ese momento en adelante, y por lo siguientes 5 años, todos los días se enviaban dos fotocopias al tamaño de cada página y otras levantadas con “material de relleno” a dicha oficina, donde por espacio de 3 a 4 horas era analizado y censurado meticulosamente.
Luego enviaban de regreso a LA PRENSA un “acta” registrando todos los cambios ordenados junto con una de las fotocopias sin tachones, para no semejarse a la censura de los tiempos de Somoza del 27 de diciembre 1974 a octubre 1977, cuando los censores militares simplemente tachaban lo que no les gustaba, en un proceso mucho más rápido y expedito que retrasaba menos la salida del diario.
La censura previa, ya de por sí extenuante y prolongada, da paso a otro capítulo en la sobrevivencia de LA PRENSA: el cierre indefinido que fue ordenado en octubre 1986 siendo Daniel Ortega presidente. Esta vez ya no por lo que publicaba, que era aprobado por la férrea censura, sino en represalia o castigo por la aprobación del Congreso de los Estados Unidos de un paquete de ayuda a la “contra”. El cierre duró 18 meses, hasta que LA PRENSA volvió a circular, esta vez sin censura, como resultado de los acuerdos de Paz Esquipulas II promovido por el presidente costarricense Oscar Arias Sánchez.
He hecho esta recapitulación de mis memorias como testigo de una etapa poco conocida de LA PRENSA en conmemoración de su larga y accidentada vida a lo largo de sus 99 años de existencia, con la convicción de que los retos actuales que son aún mayores, serán narrados también, en libertad.
El autor es periodista, político y escritor nicaragüense, expreso político desterrado y autor del libro testimonial “Destinos Heredados” y de “Un cauce hacia la democracia”.