No sin cierto sentido del humor, el director de cine Steven Spielberg se pregunta por qué los extraterrestres nunca se han acercado a él con alguna señal. Lo comenta en una entrevista realizada recientemente en el podcast del New York Times, The Daily, con motivo del estreno de su nueva película, El día de la revelación.
Es lógico que el cineasta estadounidense se haga dicha pregunta porque desde hace años, y su cinematografía es prueba de ello, tiene la certeza de que los humanos no somos los únicos que habitan el vasto universo. En parte, su amor por el cine nació de las películas que vio siendo un niño en las que, influenciadas por la tensión de la Guerra Fría, la amenaza de un ataque o invasión más allá del conflicto terrenal entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética, se ilustraba con alienígenas que pretendían conquistar la Tierra para fines nada halagüeños. Y el aspecto de esas criaturas que aparecían en platillos voladores infundía tanto miedo como sus intenciones.
Sin embargo, en la imaginación del niño que muy pronto soñó con ser director de cine y rodaba películas caseras con sus hermanas, los pobladores de otros planetas no eran monstruos malvados, sino seres delicados, con cabezas de tamaño desproporcionado y grandes ojos con expresión melancólica. Los esbozos que hacía Spielberg se inspiraban en los dibujos de personas, muchas de ellas niños, que han asegurado haber tenido algún contacto con extraterrestres. Las criaturas que han descrito se asemejan a las que años después retrató en Encuentros en la tercera fase (1967), la primera cinta en la que abordó esa inquietud que lo ha acompañado desde la juventud hasta sus 79 años con El día de la revelación. De hecho, el imaginario de Spielberg sobre la vida extraterrestre ya forma parte de la fantasía colectiva.
Si Spielberg puede no tener la convicción absoluta de que un Dios superior existe, de lo que no duda es que no estamos solos en la inmensidad del universo. Para él, se trata de una certeza que se apoya en las investigaciones de los sucesivos gobiernos de su país y los documentos que se han desclasificado al respecto a lo largo de los años. Todo hay que decirlo, esos papeles no clarifican el gran interrogante que se han planteado los científicos y que hasta ahora no tiene una respuesta definitiva porque no hay evidencias fehacientes. Podría decirse que creer en avistamientos de Objetos Voladores no Identificados (OVNIS) es una cuestión de fe como el milagro de la aparición de la Virgen de Fátima que relataron tres niños portugueses en 1917. Por eso el propio Spielberg reconoce que pertenece a los creyentes en ovnis, aunque él nunca haya vivido en carne propia ese fenómeno particular, lo que no le ha impedido hacerlo realidad en la gran pantalla.
Como todo creyente, el director de clásicos como Tiburón, La lista de Schindler o E.T. construye el hilo de una narrativa, o si se quiere, una mitología, en la que los extraterrestres hacen el esfuerzo colosal de viajar hasta nuestro planeta no para hacer la guerra o reducirnos, sino para conocer mejor a tan distantes vecinos en busca de la concordia planetaria. Precisamente, sus criaturas poseen cabezas desmedidas por su gran inteligencia y capacidad de observación. En su trilogía sobre esta hipótesis —Encuentros en la tercera fase, E.T y ahora El día de la revelación— los extraterrestres se tropiezan con la falta de empatía de unos habitantes más interesados en deshumanizarlos que en entablar una relación de entendimiento mutuo.
A diferencia de Spielberg, se puede ser un total descreído de que haya vida en otras galaxias, pero quien haya seguido su prodigiosa filmografía cae rendido ante esos seres que en sus películas llegan en son de paz y desprovistos de las herramientas para defenderse del mal hasta dar con terrícolas empáticos (que los hay), capaces de desentrañar el significado del mensaje que traen. Lo logró con Encuentros en la tercera fase, lo bordó hasta las lágrimas con E.T. y se aproxima nuevamente con El día de la revelación, donde aparece un extraterrestre envejecido, pero con el mismo rostro noble que nos evoca al que un día apareció en la vida de un niño llamado Elliot en un suburbio de California.
Steven Spielberg no renuncia a esa señal que siempre ha esperado al dirigir la mirada al firmamento estrellado de su cine. [©FIRMAS PRESS]
La autora (La Habana, 1960) es periodista y escritora. Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald y en diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viaje. Memorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).
Twitter: ginamontaner