Llegué a LA PRENSA poco después del año 2002, en una de aquellas pasantías que la Facultad de Comunicación de la Universidad Centroamericana (UCA) negociaba con los medios, según las habilidades de cada estudiante.
Los que tenían buena voz iban a la radio; los que se manejaban con cámaras, a la televisión; y los que creíamos que podíamos escribir como Vargas Llosa o García Márquez, íbamos a los periódicos. No tardé en descubrir que escribir una crónica para la clase de Prensa Escrita II no era lo mismo que escribir noticias y que la solemnidad de las grandes entradas literarias se evaporaba en la urgencia de un cierre de edición.
Mi primera cobertura fue una conferencia del Partido Conservador denunciando irregularidades electorales de cara a las elecciones electorales de esos años. Volví a la Redacción con mil frases grandiosas en la cabeza, pero la editora de Política me recibió con una orden seca:
—Haceme una fotonota.
Eran 30 o 40 palabras, nada más. Pasé casi una hora tratando de escribirlas y cuando terminé, la editora ni siquiera las miró. Las fotos de la conferencia no le gustaron y ordenó a los diseñadores eliminar ese espacio y ampliar otra noticia ya puesta en plantilla, así que mi primera cobertura murió antes de nacer. Salí de la Redacción a las 9:00 de la noche, derrotado.
Mis otros colegas tuvieron mejor suerte. Sus notas fueron publicadas en Nacionales, Deportes, Economía, hasta en la Revista. Pero yo, que me creía un Gabo del oficio, tuve que aprender a escribir en pequeños “pinochos” de 200 palabras, un proceso que al principio me tomaba dos horas.
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La historia del Diario
La historia de LA PRENSA la había leído tantas veces en las clases de la UCA que si me hubieran hecho un examen sobre ella, no sacaba 100, sino 300.
Pero una cosa era aprender la historia en los libros y otra muy distinta era entrar por primera vez a esa Redacción y sentir el peso de sus páginas impresas en la realidad. Nunca dejaba de sorprenderme la idea de que yo, un simple estudiante con ínfulas de escritor, había terminado formando parte de esa historia.
Había aprendido que LA PRENSA nació en 1926, cuando Managua todavía era una aldea polvorienta, y que pasó a manos de Pedro Joaquín Chamorro Zelaya cuatro años después. Sobrevivió a terremotos, incendios y a un bombardeo de la Guardia Nacional en 1979, cuando Somoza intentó callarla con fuego y tanques de guerra. Setenta días después, el Diario reapareció con un titular que resumía su propia resistencia: “Los enterrados fueron ellos”.
Y cómo olvidar aquella edición color sepia que colgaba en uno de los pasillos del Diario: «En 30 segundos, Managua y Hiroshima».
Esa frase la había leído tantas veces en los libros de Historia del periodismo que podía repetirla de memoria. Se refería al terremoto de 1972, que en cuestión de segundos había reducido a escombros la vieja Managua y con ella la primera sede de LA PRENSA.
El Diario, golpeado pero no vencido, se trasladó al kilómetro 4.5 de Carretera Norte, donde sobrevivió hasta su asalto final en 2021.
Me sabía casi de memoria el año de fundación, los nombres de sus primeros dueños, las persecuciones de Somoza, las censuras de los ochenta y hasta el origen de su icónico lema de «La República de Papel».
Leí ese relato del 7 de julio de 1973, cuando el poeta Pablo Antonio Cuadra, entonces director de LA PRENSA, bautizó al periódico como «La República de Papel» en un editorial para la historia.
No fue un lema casual. Cuadra, con su ironía afilada, escribió un editorial diciendo que en Nicaragua, bajo la dictadura familiar de los Somoza, la democracia estaba reducida a un solo espacio: las páginas del periódico.
Mientras la dictadura familiar se burlaba diciendo que LA PRENSA no era más que un «pedazo de papel», Cuadra le respondió que era la última mesa redonda de la República, el último lugar donde el pueblo podía discutir su destino sin armas ni amos.
Por eso, cuando entré por primera vez a la Redacción, me di cuenta de que en LA PRENSA la historia no estaba en los archivos ni en los libros: se respiraba en cada rincón, se vivía en cada jornada y se escribía en cada cierre de edición.
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El ruido y los olores de LA PRENSA
Lo primero que me impactó de LA PRENSA no fue su historia contada desde los viejos periódicos exhibidos como cuadros en sus paredes, sino su ruido.
La Redacción era un bullicio interminable, un mar de gente que entraba y salía, pantallas de televisión por todos lados, gente apurada corriendo de una sección a otra, rostros tensos, a veces discusiones a sala abierta, bromas y carcajadas explosivas en cualquier momento, como si aquella tensión que se sentía bullir en el ruido del tecleo de las computadoras explotaba a través de una broma.
Mi generación llegaba en bus, de modo que al inicio no estábamos claros del problema de falta de parqueo, pero ya con los años cuando compré mi primera carcacha, sufrí por buscar dónde estacionarme porque la mayoría de los lugares ya estaban asignados y los vehículos de transporte que salían y entraban todo el tiempo, solían reclamar los pocos espacios disponibles.
Al inicio era atemorizante que te dijeran: «Ahí no podés parquearte, ese lugar es del jefe tal». Luego, con el paso de los años, ellos mismos te avisaban: «Esta semana no viene la editora de tal sección, podés ocupar su espacio».
Si algo competía con el ruido, eran los olores de los almuerzos. Había algo inconfundible en ese ambiente donde la tinta del papel se mezclaba con el aroma del café y con el olor de las comidas que salían del microondas. No siempre era una experiencia agradable.
A la hora del almuerzo, la Redacción se convertía en un crisol de olores: arroz con pollo, gallopinto, sopa recalentada, comida de días que, tras horas empacadas en bolsas plásticas, terminaban agriándose y llenaban la sala con un tufo difícil de ignorar.
En aquellos días en que el calor de Managua parecía más cercano al infierno y los aires acondicionados hacían más ruido que frío, el olor se podía pegar en la ropa como si fuera una maldición y no pocas veces veía a reporteras cuidadosas con su aspecto rociar spray de olores en sus cubículos para espantar los tufos.
Y si el olor era ya cosa de mal rato, el ruido era asunto de locura.
A LA PRENSA llegaban de todo: artistas nacionales e internacionales, bailarinas, poetas que declamaban en medio de la sala, mariachis y bandas de chicheros que convertían la Redacción en una fiesta improvisada.
Pero también llegaban pistoleros a asaltar la Redacción, fanáticos sandinistas a lanzar morteros, policías a amenazar periodistas, taxistas a protestar y ancianos jubilados o campesinos víctimas del Nemagón a pedir justicia.
También conocí y aprendí a ver llegar a los nuevos pasantes con la misma ansiedad que yo había tenido al principio. Fueron decenas y decenas de estudiantes. Algunos se quedaron y construyeron sus carreras, otros se fueron cuando entendieron que el periodismo no era para ellos.
También vi cambiar los ánimos políticos. Antes del 2007 la Redacción era un lugar de tolerancia y compañerismo, donde el sesgo político no definía las relaciones; conocí colegas que venían de familias o medios sandinistas, incluso exmilitares o exmilitantes de antiguos órganos sandinistas de los años 80.
Sin embargo, toda aquella camaradería se fue con el retorno de Ortega. La desconfianza se filtró como un veneno, la opinión se convirtió en sospecha, la política en una guerra soterrada dentro de la sala de Redacción.
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La caída de un gigante
Los mejores años del periódico fueron antes de 2007. A la altura del kilómetro 4.5 de Carretera Norte, fácilmente se podía divisar el edificio del Diario LA PRENSA, con sus paredes blancas y su bandera azul y blanco gigante.
Sus portones grandes de verjas negras siempre estaban abiertos y el estacionamiento frente a la calle lucía lleno siempre.
Quienes trabajaban y transitaban por esa zona, podrán recordar la actividad comercial generada alrededor del edificio de LA PRENSA, donde funcionaba además el Diario Hoy y la imprenta comercial de Editorial La Prensa.
En sus alrededores había ventas de alimentos, restaurantes, bares y vendedores de todo tipo, que tenían por clientela a los más de 600 trabajadores directos e indirectos que llegaban cada día a LA PRENSA, en sus mejores tiempos cuando se hacían dos turnos en las rotativas.
Era una empresa activa y con numeroso personal. Solo en Redacción llegó a estimarse en algún momento, a mediados del año 2000, poco más de 100 personas, entre periodistas de planta, fotógrafos, conductores, diseñadores, diagramadores, correctores de texto, corresponsales, colaboradores y personal administrativo de Redacción.
Aparte estaba el personal de venta y suscripciones, bodegas y mantenimiento, personal de rotativa y de imprenta, más los trabajadores de gerencia, administración y contabilidad.
A inicios de la década, LA PRENSA llegó a lanzar ediciones de más de 100 páginas a colores y un suplemento diario, con más de 45,000 ejemplares por día, con insertos publicitarios entre sus hojas.
Luego, ya con Ortega y Murillo en el poder, vinieron los ataques, los bloqueos, la censura disfrazada de impuestos y regulaciones arbitrarias. Poco a poco, el Diario empezó a adelgazar. Las ediciones, la plantilla, el ruido, todo fue disminuyendo hasta que la Redacción que yo conocí dejó de existir.
El 31 de mayo de 2018 es un día que nunca olvidaré. No solo fue la masacre de la Madre de todas las marchas, cuando la dictadura asesinó a más de una decena de manifestantes, sino que también fue el día en que despidieron a más de la mitad de la Redacción.
Era gente muy cercana. Amigos con los que celebrábamos cumpleaños, con quienes solíamos hablar y comer todos los días; gente sobre la que conocíamos cosas de sus familias, sus logros, sus duelos, sus proyectos. Nos abrazamos entre colegas, lloramos y nos despedimos; sabíamos que lo peor aún no había llegado.
Los que nos quedamos, trabajamos en condiciones cada vez más difíciles en medio de aquella ola de terror. Cada mañana contábamos muertos, enumerábamos heridos, planificábamos coberturas de protestas con más miedo que nunca.
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Esos malos recuerdos
Una de las cosas que más recuerdo con repulsión es la asignación de cobertura a la hora del almuerzo. Cada mediodía, sin falta, llegaba el mismo ritual desagradable: oír los discursos de odio de Rosario Murillo.
No había forma de escapar de ellos. Su vocecita impostada de abuelita dulce y vengativa a la vez, escupiendo insultos, repitiendo consignas gastadas, inventando falacias, torciendo la realidad con una ruindad que resultaba escalofriante.
La escuchábamos con el estómago revuelto, con la rabia de saber que sus discursos de odio tenían consecuencias en la calle, en las redacciones, en la vida de los periodistas que eran perseguidos, encarcelados o exiliados.
En 2020, cuando llegó la pandemia, LA PRENSA era ya un fantasma de lo que un día fue. La Redacción se redujo a la mitad con paredes falsas, el parqueo se vació, la rotativa enmudeció y los reporteros nos fuimos a casa a trabajar en línea.
El viernes 13 de agosto de 2021, la dictadura sandinista abrió una investigación contra el Diario y se tomó las instalaciones, luego que este publicara una edición de despedida, argumentando que por el bloqueo de papel había agotado sus insumos de producción.
Llegaron las patrullas, los medios oficialistas y arrasaron con todo. Ya la Redacción había cambiado al moderno edificio encima de la rotativa, donde antes funcionaba LA PRENSA TV, el estudio de filmación y la sala de capacitaciones.
En la vieja sala de Redacción quedaron solo los cubículos vacíos, restos de equipos de oficinas y muebles derruidos por el paso del tiempo. Para entonces era un edificio semivacío, con menos de un tercio de su personal de años atrás trabajando principalmente en línea.
El estacionamiento del frente, donde costaba encontrar un espacio, casi siempre estaba libre, sin muchos clientes que buscaran pautarse en sus páginas. Las patrullas se estacionaron ahí.
El 13 de agosto de 2021, cuando la dictadura allanó el edificio y se lo robó, yo ya no estaba en LA PRENSA, ni en Nicaragua. Pero sentí la misma tristeza, la misma impotencia que sentí aquel 31 de mayo cuando el duelo por la masacre contra la marcha de las madres se combinó con la despedida de la que había sido como una segunda familia para mí, algo que logré considerar con los años.