En los cien años de Ernesto Cardenal (prólogo a un libro inédito)

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EN CONMEMORACIÓN del centenario natalicio de Ernesto Cardenal (Granada, Nicaragua, 20 de enero de 1925), este volumen contiene siete trabajos sobre su trayectoria biográfica y creadora. Incluye además dos bibliografías ––lo más completas posible— de las ediciones de sus obras (214) y de los múltiples estudios (más de 400) suscitados en el mundo occidental desde mediados del siglo XX hasta las dos primeras décadas del XXI. Se trata de un homenaje al poeta centroamericano más famoso, fecundo y reconocido en vida.

Consecuentemente, en estas páginas prescindo de las críticas detractoras del autor de la Hora 0 (1960), ya que ––en palabras de Álvaro Urtecho–– él era «un personaje amado y exaltado por unos y odiado y vilipendiado por otros». Sin concretarse en un ensayo profundo, o al menos amplio, confirmaban una incomprensión de la poética cardenaliana, asimilada de Ezra Pound (1885-1972), renovador de la poesía moderna en lengua inglesa; o, simplemente, respondían a envidias o amarguras por la trascendencia literaria y el protagonismo político del mismo Ernesto. Fue el caso de CMR (Carlos Martínez Rivas) y el de sus seguidores como Beltrán Morales y Edwin Yllescas, quienes solían referir oralmente: «Su musa es Somoza»; «publica tanto que no tiene tiempo para escribir» y «Ernesto Cardenal no existe: es el seudónimo de una monja lesbiana que traduce del inglés».

No obstante, desde Los Ángeles, California, CMR había escrito esta perspicaz valoración de Gethsemani, KY, segundo poemario de su compañero Ernesto Cardenal en carta que le dirigió el 29 de junio del 60: «Todo el breve, dilatado libro, me ha deleitado […] Cada poema y el libro en su totalidad tienen una superficie tersa y brillante, además de un ritmo muy grato, cotidiano, pero cósmico. Temporal y objetivo y perplejamente intemporal. En sordina, con intensidad sensorial y visión interior. Antes nunca tuviste visión interior. Y en cuanto a lo exterior, en lo que siempre tuviste fortuna, ahora añades una mayor limpidez de retina […] Uno puede seguir las diferentes fases en que se envuelve y desenvuelve su leiv motiv (que es tridimensional): MEMORIA-OLVIDO-RESURRECCIÓN = Nicaragua-Gethsemani-Dios» (El Hilo Azul, núm. 7, invierno, 2003, p. 135).

El Cardenal mítico

Al mismo tiempo, mis exégesis no pretenden una lectura totalizadora de la vasta y longeva creatividad de Cardenal ––solo superada por Nicanor Parra, fallecido a los 103 años––, sino contribuir al registro de sus vivencias y pensamientos a través de una documentación plena (citando, por ejemplo, los cuatro tomos de sus memorias prodigiosas: Vida perdida, Los años de Granada, La revolución perdida y Las ínsulas extrañas). Por eso también prescindo de su mito construido por él mismo y especialmente por sus lectores. En efecto, nunca fue encarcelado ni perseguido político, como afirmó en 1968 la mexicana Rosario Castellanos: «Ha padecido cárceles y persecuciones» (El Güegüence / Boletín Literario de Nicaragua, núm. 5/6, junio-julio, 1971, p. 3). No tomó las armas en la montaña ni en la ciudad, como imaginó el italiano Pietro Cimatti en su Antología della poesía Nicaraguense rivolucionaria (Parma, Guanda Editora, 1969, p. 36), donde lo considera un «ex-guerrillero». Al respecto, confesaría Cardenal: «En Hora 0 digo falsamente que aprendí a manejar una ametralladora Rising, pero no aprendí; nunca he aprendido a manejar un arma» (La revolución perdida, 2003, p. 16). Confesión que cuestiona la «verdad» del siguiente verso de Oráculo sobre Managua (1973): la mano de los epigramas de amor manejó una Madzen.

Tampoco sufrió tortura alguna ni permaneció en inexistentes campos de concentración, según la uruguaya Cristina Peri Rosi (Marcha, Montevideo, 5 de junio, 1970). Igualmente no era «un virtuoso de la guitarra», como lo informó el argentino Horacio Salas tras visitar Solentiname (Siete Días, Buenos Aires, 30 de julio, 1972); y el peruano José Miguel Oviedo creía que Cardenal reelaboró cada uno de los 150 textos del salterio bíblico, pero apenas fueron 26: los 25 de la primera edición de sus Salmos en 1964, más uno escrito años después: el 57, titulado «Señores defensores de la Ley y el Orden». Se ha sostenido también que Ernesto demostró poseer, en forma permanente, vocación sacerdotal. Sin embargo, él aclararía que su verdadera vocación era la de contemplativo y que siempre aspiró a ser monje, no cura. Por otra parte, ha sido erróneo identificarlo como «sacerdote trapense», pues fue ordenado a sus 40 años en Managua (el 15 de agosto de 1965) de presbítero diocesano.

En realidad, Ernesto no hizo los votos de monje. El 30 de julio de 1959, dos meses antes, fue obligado a marcharse de la Abadía de Nuestra Señora de Getsemaní (en el Estado estadounidense de Kentucky) por razones de salud (una constante migraña) y carecer de suficiente oído para entonar diariamente los Salmos. No sería más que un aprovechado y excepcional discípulo del gran escritor Thomas Merton (1915-1968), su segundo y decisivo maestro después de su tío (hijo de Blanca, hermana menor de su abuela materna Argentina): el nicaragüense José Coronel Urtecho (1906-1994), quien lo guiaba desde 1942, a sus 17 años.

La interrelación Merton-Cardenal

 En mi monografía Presencia de Merton en Nicaragua: correspondencias, homenajes, traducciones (Managua, JEA-Editor, abril, 2021. 240 p., il.) detallo una de las convicciones del llamado (por monseñor Fulton J. Sheen) «San Agustín del siglo XX» transmitida a Cardenal. Me refiero a las grandes reservas espirituales de los indios de nuestra América y de los del Norte. Entre otros libros, Merton dio a conocer al novicio latinoamericano el clásico libro de Miguel Covarrubias (1904-1957) sobre el arte antiguo de México y el de Black Elk (Alce Negro: 1863-1950): The Sacred Pipe, editado por la Universidad de Oklahoma. Por esa revelación de su mentor en La Trapa, Ernesto decidió profundizar en los legados de los pueblos originarios del continente, los cuales serían objetos y sujetos de su Homenaje a los indios americanos (León, Editorial Universitaria, 1969), poemario enriquecido en otras ediciones y con su definitivo título modificado: Los ovnis de oro. «Fue él [Merton] quien me descubrió el valor de los indios. Porque yo desconocía el valor de nuestras culturas indígenas, tal vez no tanto en teoría, pero sí en la práctica» (Vida perdida, 1999, pp. 197-198).

En ese primer tomo de su autobiografía, Cardenal no olvidó una influencia suya en su maestro trapense, señalada por Michael Mott: que la lectura de «Hora 0» hizo cambiar la poesía de Merton. «El ejemplo de esa poesía básicamente documental y su presentación objetiva de la realidad, le hicieron posible escribir la poesía social y política que antes no había podido hacer […] En su diario, Merton considera Hora 0 quizás el mejor poema político del siglo XX» (Vida pérdida, 1999, p. 200).

Sus difusiones masivas

Los más antiguos datos desplegados aquí se remontan a los que me compartió Ernesto de sí mismo en mayo de 1967 y a su correspondencia inédita con no pocos destinarios que, custodiada por Enrique Fernández Morales (1918-1982), transcribió en 1970 el sacerdote dominico Antonio González Deliz, de nacionalidad puertorriqueña. Consultando ambas fuentes, prologué la segunda edición de Epigramas (Buenos Aires, Carlos Lohlé, 1972) y reconstruí los primeros 32 años de su autor en Cuadernos Hispanoamericanos (Madrid, núm. 289-230, julio-agosto, 1974, pp. 163-183), dentro de la sección «Arte y pensamiento».

Luego tuve a mi cargo el curso de verano en la Universidad Centroamericana: «Personalidad y poética de Ernesto Cardenal» (marzo-abril, 1975). Para entonces, la traducción al alemán de sus Salmos, ejecutada en 1967 por el rumano Stefan Baciú (1918-1993) ––máximo difusor de la poesía nicaragüense en otros países desde 1950––, había catapultado a Ernesto en Europa. De ahí que sus Salmos se editaran en holandés (1968), francés (1970), inglés (1971), catalán (1973), italiano (1974), y luego en portugués (1979), reeditado antes varias veces en Alemania y siempre con el estudio preliminar y consagratorio de la teóloga protestante Dorothee Sölle.

El mismo Cardenal también había seleccionado sus poemas en antologías, llegando a millares de lectores. Por ejemplo, las editadas en Santiago de Chile y La Habana (ambas en 1967), Buenos Aires (1971), con magnífico prólogo de Pablo Antonio Cuadra; San José de Costa Rica (también del 71), precedida por un obsoleto artículo de Mario Benedetti escrito en 1961; Barcelona, Caracas, Wuppertal (en alemán): las tres lanzadas en 1972. Asimismo, había sido bien difundida la pionera y notable colección de estudios críticos: Ernesto Cardenal: Poeta de la Liberación Latinoamericana (Buenos Aires, Fernando García Cambeiro), terminada de imprimirse el 27 de enero del 75. Seis eran sus trabajos marcados por la lucidez crítica y el rigor metodológico. En síntesis ––concluía Elisa Calabrese en la «Introducción»–– «nos acercan, desde diferentes perspectivas, a la comprensión de uno de los poetas actuales más comprometidos con la angustiosa problemática del hombre americano y universal: el trabajoso nacimiento del Hombre Nuevo».

Sustentado en dicha obra, adquirida por los asistentes al referido encuentro académico ––tal vez el primero impartido en el mundo sobre el ya célebre, celebrado e inevitable paisano–– pude concebir la fórmula hermenéutica: EC (a = D ES = R). O sea: del amor (pasando por Dios, el Evangelio y el Socialismo) a la Revolución, expuesta en la tercera edición ––resumida y aumentada–– del Panorama de la literatura nicaragüense (Ediciones Nacionales, marzo, 1977, pp. 153-154). Allí intenté explicar su evolución política e ideológica, la cual culminó concretamente en el verso de su Canto nacional (1972): Comunismo o reino de Dios en la tierra que es lo mismo, ampliado en estos otros de su «Epístola a José Coronel Urtecho» (1976): Le han dicho que yo solo hablo de política. No / es de política, sino de revolución / que para mí es lo mismo.

En el citado curso de verano del 75, asimismo expliqué los elementos de la estilística cardenaliana, aprendida del maistro Pound: el recurso de trasformar en versos ajenas escrituras en prosa de toda clase, de apropiárselas legítimamente mediante el corte y la síntesis, la acumulación y el polisíndeton (uso extremo de la conjunción /y/), onomatopeyas y palabras mal sonantes, aliteraciones (como esta: y canto como el guardabarranco, ronco, en los barrancos), giros coloquiales, trozos de conversaciones… En fin, de reescrituras de textos religiosos e históricos, como las crónicas de indias y los Salmos bíblicos. Y en forma directa y visual, fácilmente comprensible.

Para concluir, este libro obedece a un afán por encontrar y difundir las raíces y circunstancias nicaragüenses de nuestro homenajeado (sobre todo las fuentes de sus poemas o textos reelaborados); y fue posible, en parte, gracias a quienes me facilitaron documentos inéditos, entre ellos María Ana Benítez (viuda del genial pintor Armando Morales) y Rolando Steiner (su correspondencia completa con EC). Por lo demás, estas páginas conmemorativas no tienden a confirmar la predicción de un crítico, cuyo nombre no vale la pena recordar: que en el futuro inmediato la obra y vida de Ernesto Cardenal se limitará a una nota al pie de la historia de la revolución sandinista. Porque, sin duda, él será siempre valorado como un clásico contemporáneo de la lengua española.

El autor es miembro de la Academia Nicaragüense de la Lengua y de la Academia de Geografía e Historia de Nicaragua.

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