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“Dicen que vienen cinco jugadores de los Indios del Bóer a jugar con La Carpio este año”, dice un señor moreno y rostro curtido, con suéter deportivo y una bola de beisbol que rota entre los dedos de su mano derecha.
Platica con otro sobre lo bien que está pichando Marvin Zelaya, expelotero de los Indios del Bóer que lleva años jugando aquí. Los interrumpe el sonido sólido del bate golpeando una bola.
“¡Batazo largo por el jardín central!”, anuncia desde las graderías detrás del home play el cronista deportivo nicaragüense Giovanny Rodríguez, quien transmite los partidos de las ligas de beisbol costarricense a través de su sitio en redes sociales Los Gigantes del Beisbol.
Rodríguez se convierte, cada fin de semana, en la voz autorizada para dar a conocer las últimas novedades del juego de las bolas y los strikes a cientos de nicaragüenses que siguen religiosamente las noticias sobre el beisbol en Nicaragua y Costa Rica.
“Hoy se ve un poco más apagada la afición porque es fin de año y acaba de terminar la liga mayor, pero ya en enero vuelve el rancho a arder”, dice a DOMINGO, mientras anuncia un negocio local, manda saludos a la familia de Ana García en Alajuela y cuestiona el tercer strike que el umpire acaba de cantar al bateador de turno.
Epicentro del béisbol nicaragüense en Costa Rica
Cada fin de semana, los sábados desde el mediodía y los domingos desde la mañana, el inmenso Parque Metropolitano La Sabana en San José se transforma en el epicentro del béisbol nicaragüense en Costa Rica.
Aquí se desarrollan tres ligas diferentes, una oficial mayor y las dos recreativas. Todas autorizadas por la Federación Costarricense de Beisbol. También se imparten cursos y prácticas de juego y cuando no hay juegos formales hay partidos “perreras” entre aficionados nicaragüenses, venezolanos y cubanos.
Pero quienes dominan las ligas, por mayoría, son los nicaragüenses y sus barras.
Decenas de equipos, como los Mets, los Dantos, los Gigantes y los Orioles, se enfrentan en la Liga Relámpago Metropolitana, una competencia que mezcla la nostalgia del terruño con la pasión deportiva.
“Venir aquí es como regresar a Nicaragua, aunque sea por un rato”, dice Reynaldo Guerra, aficionado de Los Toros de Chontales, equipo que ahora mismo va perdiendo por un error del tercera base.
Guerra, originario de Estelí, lleva más de cinco años viniendo a La Sabana desde Heredia para ver los juegos de beisbol. Un poco reticente para comentar cuando mira la libreta de apuntes dice: “El béisbol es nuestra conexión. Es algo que llevamos en la sangre los nicaragüenses”.
En las gradas, el ambiente es festivo. Familias enteras se congregan para animar a sus equipos favoritos y hacer bromas de los contrarios: “Comprate una guitarra, tal vez así no te ponchás”, grita una mujer.
En un país como Costa Rica donde el futbol es el deporte rey, Xiomara Espinoza ha encontrado tiempo para venir a ver jugar a su novio y a un tío de ella.
“Aquí no hay fútbol, esto es puro béisbol, como en nuestra tierra”, comenta con orgullo Xiomara, quien viaja desde Alajuela cada fin de semana para apoyar a los Gigantes.


Fritanga, beisbol e identidad nica en La Sabana
El Parque Metropolitano La Sabana, con 72 hectáreas en el corazón de San José, es el pulmón verde más grande de la ciudad y un espacio emblemático de recreación, deporte y cultura.
Sus extensas áreas incluyen canchas para deportes como béisbol, fútbol, tenis, softbol y rugby, además de una pista de atletismo, piscinas y un polígono de tiro. También es hogar del moderno Estadio Nacional de Costa Rica y el Gimnasio Nacional, que son sedes de importantes eventos deportivos y culturales.
Este parque no solo ofrece infraestructura deportiva, sino también un ambiente natural con amplias zonas de picnic, senderos para caminar y correr, y un lago artificial que aporta tranquilidad en medio del bullicio urbano.
Es un espacio de convivencia comunitaria, recibiendo alrededor de 38,000 visitantes semanales, desde familias que buscan esparcimiento hasta deportistas que lo usan como centro de entrenamiento.
Además, La Sabana es un punto de encuentro multicultural, con actividades organizadas por diversas comunidades.
Entre ellas destaca la migrante nicaragüense, que celebra su tradición beisbolera en sus predios cada fin de semana, como ahora donde el olor a fritanga se mezcla con los gritos de los aficionados y el sonido del bate al golpear la pelota.
“El vigorón y las tajadas con queso nunca faltan. Hasta chicha de maíz vendemos”, señala Yahoska, una mujer joven que improvisó un pequeño puesto de comida junto al cuadro de beisbol.
Hoy ha vendido 35 servicios de carne asada con tajadas y ya solo le quedan cinco raciones de cerdo para asar. “Hoy traje poco porque esta liga es recreativa y es fin de año, no vino mucha barra”, dice.

Mientras tanto, el narrador desde un altavoz improvisado comenta las jugadas, dando un toque profesional al torneo. “¡Y allá va un batazo de línea que pone a los Toros en ventaja! Saludos hasta La Carpio para los que nos escuchan en vivo por Facebook”, grita emocionado Giovanny Rodríguez, quien ha convertido su narración en una atracción propia desde las plataformas Los Gigantes del Beisbol.
A consulta de los aficionados y para información de los presentes, anuncia las noticias del beisbol en Nicaragua y en Costa Rica. “¿Se acuerdan de Javier Robles, aquel muchacho jardinero de los Indios del Bóer? Está entrenando duro con Los Tigres de La Carpio”, anuncia.
“¿Es verdad que El Tren de Norte de Estelí va traer a los profesionales cuando terminen la liga profesional en Nicaragua?”, le preguntan y se guarda la respuesta: “Esperen esta y otras primicias en los próximos días”, dice con aire de misterio, mientras su voz se apaga entre el griterío de la afición ante un batazo descomunal que se pierde allá por la barda del jardín central.
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La Merced y un poco del alma nicaragüense
A pocos kilómetros del bullicio de La Sabana, el parque La Merced traspira una efervescencia propia con ruidos de carros, campanas de iglesia y voces de charlas y risas.
Aquí, bajo los árboles frondosos y entre las bancas de concreto, grupos de migrantes se reúnen para conversar, buscar trabajo, ofrecer productos con discreción o simplemente compartir el día.
Entre ellos está don Manuel Mejía, originario de Chontales, quien luce atento tratando de encontrar a alguien entre la gente que va y viene: “Uno viene aquí porque siempre hay alguien conocido. Es como un refugio para los nicas. Yo hoy vine porque se me acabó el zepol y hay una señora que me lo trae a buen precio, pero hoy no la he visto”, dice.
A su alrededor, vendedores ambulantes ofrecen sim card de teléfonos móviles, vitaminas para levantar la libido y ungüentos caseros como “Pomada de la Vaca” y “Mariguanol”.
“¿Ya probaste la Pomada China? Esto te cura la flacidez, ya te pone como riel”, promociona con picardía don Ricardo Alemán, un vendedor de Managua que asegura sobrevivir en Costa Rica entregando ungüentos en este parque.
El Parque La Merced en realidad se llama Braulio Corrillo Colina, en honor a un destacado político costarricense del siglo XIX.
Ubicado en el centro de San José, es un espacio público que ha sido durante décadas un punto de encuentro para la comunidad migrante nicaragüense en el país.
Situado frente a la histórica iglesia de Nuestra Señora de La Merced, este parque combina tradición religiosa, vida comunitaria, estación de transporte y comercio informal, convirtiéndose en un reflejo multicultural en pleno corazón de la capital costarricense.
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Diversidad internacional en La Merced
A lo largo del día, el parque se llena de actividades sociales y comerciales. Ahora la presencia de migrantes es más amplia: salvadoreños, venezolanos, chinos, colombianos y cubanos, junto a nicaragüenses y costarricenses que se encuentran aquí.
Desde temprano, vendedores ambulantes se sientan en las bancas para ofrecer productos medicinales artesanales o de venta libre, cigarrillos y cachivaches de tecnologías, de modo discreto por la presencia siempre activa de agentes de la Fuerza Pública que prohíben la exhibición de mercancías.
Las conversaciones son variadas: desde anécdotas de la vida en Nicaragua hasta discusiones sobre las noticias recientes. “Siempre estamos al pendiente de lo que pasa en nuestro país. Aquí comentamos todo, desde las protestas hasta los logros de nuestros deportistas”, asegura doña Olga Gutiérrez, trabajadora de una soda cercana que mata el tiempo en espera de un bus que la lleve a su casa en Desamparados.
“Pero sí hay que tener cuidado con los sapos. Aunque usted no lo crea, aquí hay gente sandinista, sospechosa de andar buscando a quien joder”, advierte en un tono de voz más bajo.
También se desarrollan reuniones espontáneas de familias y amigos que comparten historias, noticias sobre Nicaragua y su día a día en Costa Rica. Una señora reparte unas volantes ofreciendo curar el mal de amores y garantizando el regreso de la persona amada.
La mayoría de las volantes terminan en la cesta de la basura a pocos metros de donde ella entrega en silencio los papeles.
La Merced no está exento de tensiones históricas. En 2018, fue escenario de manifestaciones xenofóbicas de un sector de costarricenses contra nicaragüenses acostumbrados a pernoctar en el sitio.
Hubo insultos, forcejeos y mucha presencia policial, pero desde entonces no se ha repetido el incidente.
A pesar de ello, La Merced sigue siendo un refugio cultural para miles de migrantes nicaragüenses que encuentran allí un espacio para conectar con sus raíces, intercambiar información sobre oportunidades laborales y sentirse un poco más cerca de casa, además de llevar el zepol de vuelta a la mesa de noche.
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Sodas nicas: un festín de sabores y olores en San José
La cocina nicaragüense también ha conquistado espacio en San José, especialmente con el auge de sodas y restaurantes que ofrecen un menú cargado de recetas nicaragüenses.
En los últimos cinco años, según datos de la Municipalidad de San José, los negocios de comida gestionados por nicaragüenses han crecido un 58 %. Actualmente, unas 82 patentes pertenecen a emprendedores pinoleros, que han formalizado su talento culinario.
Uno de estos lugares es “Antojitos Nicaragüenses”, ubicado frente a Cuesta de Moras, en San José.
Sus paredes están adornadas con retratos del lanzador ex grandes ligas Denis Martínez, el poeta Rubén Darío, el excampeón mundial de boxeo Alexis Argüello, junto a banderas azul y blanco y máscaras de El Güegüense. Hasta Sheynnis Palacios, Miss Universo 2023, posa en tamaño gigante en una esquina del local.
Aquí, el olor a indio viejo y sopa de gallina con albóndigas te recibe desde la entrada y se combina con música tradicional como El Nandaimeño. “Lo más vendido es el nacatamal, aunque el baho y el vigorón también son muy populares”, explica Rosa, mesera del local.


Don Felipe Mendieta, quien emigró hace más de 20 años, engulle con placer una sopa de cola de res junto a un grupo de trabajadores costarricenses que han adoptado los sabores nicas.
En la mesa hay quesillos, sopas, carne asada con tajadas y gaseosas. A la par, una pareja come nacatamales con pan y más allá una señora ordena a su hija adolescente que coma su baho sin estar viendo el celular.
Aquí la clientela no solo busca un plato que les recuerde el sazón pinolero y las recetas de la familia allá en Nicaragua, sino también productos para llevar como tiste por libra, chicha de maíz en masa y pinol en bolsa.
“A veces traigo amigas ticas que nunca ha probado el indio viejo y se enamoran. Es bonito compartir nuestra cultura”, dice doña Martha Rivas, quien degusta un gallo pinto con queso frito y tajadas, mientras la voz de Camilo Zapata se oye de fondo diciendo: “Soy granadino, nací en Nandaime…”.
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