La muerte de Humberto Ortega ha desatado un torbellino de acusaciones. Una grotesca caricatura presentó a HOS en el infierno, ilustrando la propensión a juzgar con severidad a nuestros adversarios. Una excepción notable ha sido el artículo de Pedro Joaquín Chamorro B. (“Reflexiones Póstumas sobre HOS”, LA PRENSA, 2 de octubre), quien haciendo gala de su característica ecuanimidad ha ofrecido una versión muy balanceada de los méritos y deméritos de Humberto.
Estas discusiones sobre HOS han puesto de relieve la necesidad de examinar los criterios usados para juzgar personas y atribuir culpas. No es tarea fácil, pues en ella convergen sentimientos encontrados: por un lado, la repugnancia a la impunidad. Por otro lado, lo difícil que es juzgar los comportamientos humanos. Esto en parte es así porque nunca conoceremos bien la interioridad de las personas y sus circunstancias. Decía San Agustín que él se sentía capaz de cometer los peores crímenes y que si no los había hecho se debía a la misericordia de Dios. Todos llevamos un criminal en potencia. Quizás si hubiéramos estado en los zapatos del acusado hubiéramos hecho lo mismo o peor.
Otro factor que complica el tema son las distintas clases de culpa. No es lo mismo la maldad de quien premeditadamente quiere hacer daño, por venganza, odio o motivos rastreros, de la de quien lo hace por ignorancia. Por eso Jesús pidió perdón para sus ejecutores, “porque no saben lo que hacen”, aunque cabe advertir que hay ignorancias culpables. Tampoco tiene el mismo grado de culpa quien actúa por impulsividad o inmadurez. Este último fue el caso de muchos guerrilleros idealistas, bien intencionados, pero seducidos por los cantos del marxismo.
Hay también culpabilidades directas e indirectas. Al igual que los pecados, las puede haber por acción u omisión. Estas últimas afectan a muchísimos sin ser reconocidas. Incluye a los que, por pereza de pensar, comodidad, o temor, dejan de opinar o actuar cuando deberían hacerlo, o se refugian en frases como “eso no es asunto mío”.
Otra complicante es el hecho de que en los acontecimientos históricos las culpas y responsabilidades se extienden mucho en antigüedad y en anchura. La revolución de 1979 produjo uno de los peores desastres de nuestra historia. ¿Pero fue culpa exclusiva de los sandinistas? Dentro de las filas del FSLN hubo, como HOS, miembros activamente involucrados en el reclutamiento forzoso de adolescentes, las navidades rojas y otros crímenes de lesa humanidad, pero también hubo otros que no abrieron la boca sino hasta después que el FSLN perdió las elecciones en 1990. Pero la culpa no termina allí. Si escarbamos un poco encontraremos dosis de responsabilidad en grandes sectores fuera del sandinismo.
Uno de ellos fue el somocismo, quien a través de su continuismo creó condiciones favorables para la rebelión. También el de aquellos antisandinistas que no quisieron ver la bestia que iba a devorarlos y gritaban “mejor que Somoza cualquier cosa”. También quienes desconfiaban del Frente, pero que viendo impopular o incómodo dialogar con Somoza, prefirieron nadar con la corriente También el del ingenuo sector privado que avaló con sus huelgas la caída del gobierno, sin reparar en las innegables credenciales marxistas del FSLN. También los teólogos de la liberación que enseñaron a muchos jóvenes que no se podía ser cristiano sin ser revolucionario. También a presidentes como Carter, Carlos Andrés Pérez, Torrijos, Carazo Odio y otros que se confabularon en forma frívola e irresponsable para derrocar a Somoza sin prever las consecuencias.
En resumen, cuando se suman todos los posibles culpables puede concluirse que, aunque en distinta medida, estos son muchos más numerosos de lo sospechado, con el agravante de que pocos ven razón para arrepentirse. Los profetas del antiguo testamento advertían a los israelitas que las desgracias que le acontecían era producto de sus pecados y que nadie era inocente. Jesús, por su parte, los retó a que tirase la primera piedra a la adúltera quien estuviese libre de pecado. No implica esto que no haya que procurar justicia, sino que debe hacerse con mucho cuidado y humildad, viendo nuestras propias miserias y recordando que con la misma vara que juzguemos seremos juzgados.
El autor es sociólogo e historiador, autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019