La democracia, a pesar de su buena fama, es un sistema que permite que imbéciles y malvados sean electos para gobernar. La democracia da poder de elección al pueblo y si el pueblo es estúpido elegirá estúpidamente. Poner en manos del pueblo la elección de sus gobernantes es su gloria y desgracia. Gloria porque es hermoso y un gran avance que sea el mismo pueblo quien pueda poner y quitar, libre y pacíficamente, a sus gobernantes. Desgracia porque se presta a elegir personas que pueden ser muy dañinas.
Es cierto que, si estos no son tan malos y el pueblo puede reemplazarlos en las siguientes elecciones, las consecuencias no serán tan graves. Pero si es verdaderamente malvado darle las riendas del poder puede llegar a ser una tragedia. La historia es pródiga en estos ejemplos. Hitler llegó al poder por medios democráticos. Igual Chávez y aparentemente también Maduro, en su primera elección
Lo anterior es así porque que el éxito o fracaso de la democracia depende del grado de sabiduría de sus ciudadanos; del grado en que tengan discernimiento para distinguir quién es peor o mejor. Si estas cualidades están presentes elegirán bien y será una bendición para la república. Pero si no lo están corren el riesgo de elegir gobernantes malvados o destructivos.
Paradójicamente, el riesgo de las malas escogencias es cultivado, en parte, por la misma democracia al requerir que sus aspirantes a gobernar tengan que competir por el voto popular. Esto crea el incentivo, a veces perverso, de endulzar el oído de los votantes con promesas que no pueden cumplir, o con políticas que suenan atractivas, pero pueden ser contraproducentes —como congelar las rentas o los precios—. Esto se agrava cuando grandes sectores de la población ven al estado como el gran proveedor. Entonces favorecen a candidatos que prometen subir los beneficios públicos —aunque creen déficits inmanejables, como ha ocurrido en Argentina— y más aún cuando esgrimen el popular slogan de “que paguen más los ricos” (Tax the rich).
Cuando en la población predomina la mentalidad clientelar la democracia se convierte en campo propicio para los demagogos y se dificulta elegir candidatos honestos que ven indispensable adoptar medidas austeras. El peligro mayor, empero, es cuando se combina un populacho propenso a los resentimientos y prejuicios irracionales, con líderes que saben explotarlos.
La única forma en que un sistema democrático puede funcionar bien es cuando cuenta con una ciudadanía capaz de pensar bien. Pero para esto no basta educación. Dietrich Bonhoeffer, filósofo alemán ejecutado por los nazis, señalaba como hay momentos en la historia de los pueblos en que grandes sectores de la población se vuelven estúpidos. Entonces “los hechos que contradicen el prejuicio de una persona estúpida simplemente no necesitan ser creídos y cuando son irrefutables, simplemente se dejan de lado como intrascendentes”. Lo grave es que esta “infección” de la estupidez puede afectar a las élites educadas, realidad que lo llevó a concluir que “la estupidez, en esencia, no es un defecto intelectual sino moral”.
Los pensadores de la antigüedad ya habían descubierto esa íntima relación entre la oscuridad mental y la falta de moralidad y virtudes. San Agustín diría que “el hombre mientras más gusto da a su debilidad más se introduce en la oscuridad”. Milenios atrás también lo había profetizado Isaías: “Con el oído oiréis, pero no entenderéis, con la vista miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos y han cerrado sus ojos”.
El problema entonces, para la supervivencia de la democracia, es que hay síntomas de un creciente embotamiento moral en grandes sectores de la población; en las universidades, en los medios, en las mismas iglesias; en el gran porcentaje de la población presa de una ética individualista en la que cada uno puede darse los valores que quiera, o convencida que toda verdad o moral es relativa con lo cual no pueden exigirse comportamientos de valor universal.
Esta anarquía moral lleva a un correspondiente eclipse de la claridad mental y lo que el profesor Allan Bloom llamó The closing of the American Mind. (El cierre de la mente americana). También lleva a que democracias respetables, con tradiciones e instituciones prestigiosas, tengan hoy los pies de barro.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación.