Lo dijo el papa y ha causado conmoción: en las próximas elecciones norteamericanas los votantes estarán ante “un candidato que persigue a los inmigrantes y otro que mata niños”. Si uno tiene que elegir entre ambos, añadió, habrá que votar por quien proponga el mal menor. Pero sabia y deliberadamente se preguntó: “¿Cuál es el mal menor, el señor o la señora?”, para responderse: “No lo sé. Cada uno debe decidir de acuerdo con su conciencia”. Quiso pues trasladar a cada votante la responsabilidad de ejercer su propio discernimiento moral, no sin antes haber proporcionado algunos criterios sobre las implicaciones morales de ambas posiciones.
La primera, la de Trump, es bloquear radicalmente la entrada de inmigrantes ilegales y deportar en masa a quienes lo han hecho. Sobre ella Francisco consideró que “expulsar a los migrantes, no darles la posibilidad de trabajar es pecado. Y es grave. La inmigración es un derecho establecido en el viejo testamento que defendió a los forasteros, los huérfanos y las viudas”.
La segunda, la de Harris, es legalizar y financiar el aborto en todo el país, sin restricción alguna y hasta el noveno mes o instantes antes del nacimiento. Al respecto Francisco dijo: “La ciencia ha establecido que al mes de concebido (el feto) todos los órganos del ser humano están ya presentes. Practicar un aborto es matar un ser humano. Les guste o no la palabra, es matar. La Iglesia puede por eso ser acusada de cerrada, pero si no lo permite es porque mata; porque es un asesinato”.
Como síntesis el papa concluyó diciendo algo que deja entrever las diferencias morales entre ambas posiciones: “No dejar entrar a los migrantes, no dejarlos desarrollarse o no tener una vida, es algo chocante… sacar al niño del vientre de la madre, es un asesinato”, he invitó a los votantes a decidir cuál de las dos posiciones es moralmente peor: si negar a un inmigrante la entrada o estadía en el país, por cruel que pueda ser, que matar un bebé inocente en el vientre materno. En este esfuerzo de discernimiento caben algunas consideraciones adicionales.
La temática de la inmigración tiene matices y complejidades que condicionan las condenas morales. Uno no tiene obligación de abrir las puertas de casa a todo el que quiera entrar. Las fronteras son como las puertas de la casa grande que son los países. Todos tienen derecho a abrirlas o cerrarlas. Es, por supuesto, un deber de caridad acoger al perseguido. Pero no es obligación abrirlas a todos, indiscriminadamente. Ningún partidario de “fronteras abiertas” dejaría entrar en su casa a todo el que toque la puerta. Ni invitaría a quedarse al que entró furtivamente por el tejado.
El aborto no tiene tales ambigüedades morales, aunque algunos alegan que debe ser permitido antes del tercer mes o en casos de violación, incesto, o amenazas a la salud o vida de la madre. A estos hay que recordarles el dato científico de la humanidad del no nacido y el hecho que la señora Harris lo aprueba sin restricciones cuando el niño es plenamente viable. Otros tratan de disimular el horror del aborto con el eufemismo de “interrupción del embarazo”, cuando interrumpir es algo que se suspende para reanudarlo después, como cuando se interrumpe la energía eléctrica. Pero el aborto no interrumpe sino termina, mata. Y como lo hace contra una víctima inocente e indefensa, y en forma claramente intencional y premeditada, no es un simple homicidio sino un asesinato.
No hay pues comparación entre la maldad de una posición y la otra, realidad que interpela profunda y seriamente a todos los votantes. El adversario de la inmigración quiere cerrar al extranjero las puertas de su país. El o la abortista quiere cerrar a su hijo la puerta de la vida. Por muy repugnantes que puedan ser algunas posiciones de Trump, quienes voten por Harris estarán siendo, quiéranlo o no, cómplices, corresponsables, del asesinato en masa de inocentes. Los católicos, en particular, deben considerar la completa incompatibilidad entre los mandatos de su fe y el aborto. El catecismo (2272) citando el Código Canónico, advierte que incurre en excomunión (separación radical de la iglesia) “ipso facto”, es decir, automáticamente y sin necesidad de sentencia, quien lo procura o practica. De ninguna forma pueden votar por la plataforma más antivida e inmoral de la historia electoral americana, y considerarse todavía católicos.
El autor es sociólogo e historiador. Exministro de Educación de Nicaragua.