¡Bendita independencia!, gritaron llenos de alegría sus promotores aquel 15 de septiembre de 1821 en que Centroamérica se independizó de España. Atrás quedaban sus diferencias. “Todo fue unión y gozo”, dijo el conservador Montúfar; “el júbilo más puro”, exclamó el liberal Marure.4 Ahora los centroamericanos serían dueños de su propio destino, libres para crear patrias nuevas sin injerencia extranjera. Mas tres décadas después no sería remoto que muchos de sus firmantes la llamaran ¡maldita! Porque lo que vino, cuando aún estaba fresca la tinta del documento declaratorio, fue una orgía de violencia, sangre y destrucción, sin precedentes.
No deja de ser una de las ironías de la historia el que eventos que son celebrados como liberación, o comienzos de una nueva epifanía, suelen ser más tardes llorados como tragedias. Como aquel 19 de julio de 1979, en que millares de nicaragüenses salieron jubilosos a las calles, porque ahora serían libres de la dictadura dinástica más prolongada de su historia, pero que pocos años más tarde lamentarían haber caído en otra incomparablemente más dura.
Tras la independencia las élites que gobernaban las distintas ciudades de la región, unas más republicanas, otras más conservadoras, pero todas recelosas de las otras y deseosas de afirmar su propia soberanía, pronto alzaron sus espadas para defender su hegemonía. En lugar de paz, privó la guerra. En lugar de orden, anarquía. En lugar de unión, divisiones. En lugar de prosperidad, miseria. En lugar de independencia, sometimiento a tiranos.
Uno de los casos más patéticos fue Nicaragua. Entre 1821 y 1857 sería asolada, por seis guerras civiles que culminarían con la Guerra Nacional de 1856, en la que sus élites pusieron al país al borde de extinción definitiva. Caudillo tras caudillo levantaban tropas en una sucesión interminable de cuartelazos, asesinatos y saqueos. Los indios, protegidos por la paz y los derechos comunales que les había garantizado la corona por casi tres siglos, se vieron reclutados a la fuerza para servir de carne de cañón en guerras que no entendían. Al final León, que había sido una de las joyas arquitectónicas del continente, más la igualmente hermosa Granada, eran ciudades en ruinas. El hato ganadero había quedado diezmado, el hambre y el cólera hacían estragos y la instrucción pública abandonada. Nicaragua había retrocedido décadas y sus habitantes no eran más libres o felices que antes.
Anarquías similares plagaron gran parte del continente hispano americano. El mismo Simón Bolívar, quien luchó tan denodadamente por librar Latinoamérica del imperio español, escribiría al final de su vida este extraordinario lamento: “América Latina es ingobernable, el que sirve a una revolución ara en el mar, la única cosa que puede hacerse en América Latina es emigrar; este país caerá infaliblemente en manos de multitudes desenfrenadas para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles de todos los colores y razas…”
Estos tristes desenlaces fueron producto de circunstancias complejas y algunos fallos humanos que a todos nos asechan. Uno de ellos es la propensión por tirarse al agua sin saber nadar. La independencia, al eliminar el elemento unificador que era la corona española y su tejido de autoridades, creó un grave vacío de poder. Las élites regionales se lanzaron a él buscando construir repúblicas independientes, pero sin ninguna experiencia republicana: no tenían mayor práctica en auto gobierno, en parte por el centralismo con que España manejaba sus colonias, ni una población alfabetizada, como sí ocurría en Norteamérica. Tampoco tenían experiencia con comicios generales y elecciones de autoridades. Ideologías portadoras de conceptos nuevos poco entendidos, como el de la voluntad popular, llevaba a que las autoridades locales se considerasen tan soberanas como el gobierno central y a que surgieran caudillos deseosos de tomar el poder en nombre del pueblo.
En fin, faltó reflexión, alma de la prudencia y sobró en cambio la soberbia, que lleva a preferir ser cabeza de ratón que cola de león. Igual sobró el emocionalismo, que hace que la razón se doble ante los cantos de sirena de las ideologías. Ante las Fiestas Patrias es importante tratar de ver, más allá del bullicio de los tambores las lecciones qué puede enseñarnos la historia. Ella puede ayudarnos a no llorar después nuestras celebraciones.
El autor fue ministro de Educación y es sociólogo e historiador aficionado. Publicó el libro “Buscando la Tierra Prometida; historia de Nicaragua 1492-2019, disponible en librerías locales y en Amazon.