La mentira no es privativa de ningún grupo político. Mienten izquierdistas, derechistas, centristas e indefinidos. La mentira es uno de los pecados más comunes del ser humano. Quien nunca haya mentido que tire la primera piedra. Pero hay grupos más mentirosos que otros. Si existiera un campeonato por el primer lugar la izquierda ganaría el mayor trofeo. Es justo reconocer, sin embargo, que no todas las izquierdas son iguales. A la que me refiero aquí es a la izquierda marxista, aquella que, aunque no suele reconocerlo públicamente, comparte las premisas ideológicas de dicho credo y su vocación autoritaria. Su actuación en Venezuela revela su uso sistemático del engaño. Maduro y sus secuaces mienten y mienten delante de todo el planeta. Sin pena. Sin rubor. Pero con mucho aplomo. Inventan historias inverosímiles para justificar su robo electoral y se muestran indignados ante quienes lo denuncian.
El fenómeno no es nuevo. Uno de los precursores latinoamericanos más emblemáticos en el uso del engaño fue Fidel Castro. En su etapa guerrillera declaró que no era comunista, sino partidario de la democracia representativa. En enero de 1959 entró triunfante en la Habana en medio de una multitud alborozada que no sospechaba la tiranía que les tenía preparada. El 2 de diciembre de 1961 confesó: “Soy marxista-leninista y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida”. (1. FSLN. Dirección Nacional, en Somewhere in Nicaragua 1977).
Algo similar ocurrió en Nicaragua con la revolución de 1979. La dirigencia sandinista camufló su filiación marxista leninista previo a la toma del poder. Un documento interno del FSLN lo explicaba a su membresía: “Factores de orden táctico y estratégico no nos permiten decir, en esta fase, ni nacional o internacionalmente, la meta del socialismo de manera abierta” En palabras de Sergio Ramírez, el juego político de los comandantes “consistió en negar ante aliados y el público en general, la identidad del FSLN como un partido marxista leninista (2. Ramírez Sergio Adios Muchachos).
Hoy, tras el derrumbe del bloque socialista y la Unión Soviética a finales del siglo pasado, las izquierdas neo-marxistas ya no buscan derrocar gobiernos ni proponen abiertamente dictaduras socialistas. Ahora se disfrazan de social demócratas y buscan llegar al poder mediante elecciones para luego desmontar el sistema democrático e implantar autocracias. Con el engaño y disimulo de siempre: elecciones en las que el pueblo vota, pero no elige, poderes del Estado supuestamente independientes, pero que les están totalmente subordinados.
¿Qué explica este uso sistemático de la mentira de la que hacen gala estas izquierdas? La repuesta se encuentra no tanto en la maldad de sus integrantes como en la maldad de sus presupuestos ideológicos. Como tributarias de Marx, ellas ven el mundo divido entre opresores y oprimidos. Los primeros encarnan el mal y la opresión. Los segundos el bien y la liberación. En consecuencia, estas izquierdas son mesiánicas y con ello narcisistas y peligrosas. Se creen destinadas a ser las parteras de la historia, las que con sus acciones desterrarán para siempre la opresión de las odiadas clases dominantes, del capitalismo explotador y del imperialismo demoníaco y creen que todo, absolutamente todo lo que contribuya a su triunfo, es moral o permisible.
Ni Castro, ni los sandinistas, ni los chavistas, han visto innoble o antiético ocultar su credo y mentir sobre sus intenciones. Desde su concepción ideológica los engañados son enemigos de clase y el resto de la población destinatarios, tal vez inconscientes, de la liberación que ellos traen.
Mentir, engañar, es en sí algo repugnante para cualquier persona con un mínimo de decencia. Pero no lo es para estas izquierdas. Rusia, China, Cuba, Nicaragua, Honduras y otros, lejos de mostrar indignación o rubor ante el escandaloso fraude de Maduro, han corrido a reconocer la farsa. Saben que ha sido una puñalada a la voluntad del pueblo venezolano, pero no les importa. Lo único que vale es que las fuerzas “progresistas” se impongan a sus enemigos.
Es cierto, como se advirtió antes, que no todas las izquierdas comparten esta ideología siniestra, degradadora del espíritu humano y coautora de múltiples genocidios y tiranías. El gran problema es cómo distinguirlas, porque quienes sí la comparten suelen ocultarlo. No queda entonces más que ser prudentes como serpientes, y afinar el ojo para detectar los lobos vestidos con piel de ovejas.
El autor es sociólogo e historiador. Fue ministro de Educación de Nicaragua.